(InfoCatólica) La asignatura de historia más solicitada de la Universidad de Yale el pasado semestre de primavera no fue el Imperio romano ni el nacimiento de Europa, sino un recorrido por el pensamiento católico desde el siglo I hasta hoy. Ochenta y cinco alumnos se matricularon en The Catholic Intellectual Tradition, una cifra que su profesor ayudante califica de sorpresa departamental y que atribuye al auge religioso de la generación Z estadounidense.
Así lo relata Sergio Infante, docente de historia latinoamericana y global en Yale, en un artículo publicado en el poco sospechoso Slate, revista digital estadounidense de línea progresista, casi con mezcla de pesar, advertencia y crónica. Infante sostiene que las universidades del país deben reaccionar ante un alumnado cada vez más creyente, y su tesis es que las grandes instituciones académicas han cedido terreno cultural a los movimientos de educación religiosa y a un número creciente de colleges católicos de perfil tradicional.
De trece alumnos a ochenta y cinco
Infante contrasta la situación actual con la que él mismo vivió como estudiante de grado en Yale entre 2014 y 2018. En su primer curso, según escribe, solo trece personas se matricularon en esa misma asignatura. Sus compañeros y él, recuerda, dedicaron aquellos años a la teoría poscolonial, a los estudios de género y étnicos, y a la impugnación del canon occidental, al que se refiere como «eurocéntrico».
El panorama que describe ahora es distinto. Los estudiantes acuden a clases y conferencias públicas para conocer su fe, se reúnen en pizzerías, se siguen en las redes sociales y engrosan unas organizaciones estudiantiles católicas en plena expansión. En el aula, añade el autor, se sentaban alumnos dispuestos a discutir sobre cristología del siglo IV, mística medieval o los debates sobre la teoría de la «guerra justa» surgidos en torno a la Segunda Guerra Mundial.
El propio autor sitúa su acercamiento a estos materiales en su investigación de posgrado sobre los debates latinoamericanos en torno a la pobreza, que le llevó a la tradición intelectual católica de estudio sobre la pobreza, la violencia, el sufrimiento y la enfermedad. Reconoce, no obstante, que durante tiempo le costó ver cómo hacer relevantes esos textos para sus alumnos.
Una década de desatención académica
Pero no se queda ahí, realiza también un diagnóstico sobre el profesorado. Infante afirma que las facultades de las universidades más prestigiosas han evitado en los últimos años la historia religiosa por considerar que asuntos como la Reforma o el puritanismo resultan poco atractivos, y que la contratación de especialistas en vida religiosa ha sido mínima durante la última década.
Esa retirada, sostiene, ha privado a estudiantes brillantes de la posibilidad de encontrarse con la fe como objeto de investigación académica seria. Y cita, como beneficiarios de ese vacío, a instituciones como Rosary College y Wyoming Catholic College, que a su juicio crecen pese a la caída de la financiación y a las turbulencias del sector educativo.
El autor apunta también al contexto público como factor de interés estudiantil: el Papa nacido en Estados Unidos, León XIV, sigue a los White Sox, defiende a los migrantes y habla de inteligencia artificial, mientras políticos y comentaristas discuten la aplicabilidad de la teoría de la guerra justa. Sus alumnos, escribe, no tuvieron dificultad para relacionar las lecturas de historia católica con la actualidad, incluidas las medidas de la Administración Trump contra las ciudades santuario y el bombardeo estadounidense de embarcaciones en el Caribe.
Las propuestas del autor
Infante detalla tres orientaciones para esos programas. La primera, incorporar voces femeninas: menciona la lectura en clase de la anacoreta Juliana de Norwich, a quien la comunión anglicana venera como santa y a la que presenta como la primera mujer conocida que escribió un libro en lengua inglesa, y de la periodista y activista Dorothy Day, cuyas críticas a la desigualdad, afirma, siguen interpelando a los estudiantes casi un siglo después de su conversión al catolicismo en 1927.
La segunda, ampliar el foco geográfico más allá de lo que su departamento denominaba hasta hace poco «resto del mundo». Desde el siglo XVI, argumenta, el catolicismo ha configurado las historias de África, Europa e Hispanoamérica; hoy, añade, el catolicismo y el fervor evangélico crecen con fuerza en África y la mayoría de los católicos de la generación Z en Estados Unidos son de origen hispano.
La tercera propuesta es la más discutible desde el punto de vista doctrinal pero viniendo de Yale y de Slate obvia: pide explorar la intersección entre la historia católica y la historia queer.
«Tolle, lege»
El artículo cierra con una nota personal. Su abuelo, seminarista que abandonó la carrera eclesiástica, solía citar a San Agustín de Hipona: Tolle, lege, «toma y lee». Infante confiesa que antes entendía esa frase como un imperativo, una orden de leer los clásicos de la civilización occidental, y que ahora percibe en ella una invitación más suave a la curiosidad y la apertura.
Su conclusión es un llamamiento al mundo académico: los católicos de todo el país, escribe, están deseosos de acoger a los jóvenes creyentes, y las universidades deberían estar también ahí.
En cualquier caso el testimonio vale por la fuente. Que Slate publique que la asignatura de pensamiento católico arrasa en Yale es significativo; el patrón no decae: la institución detecta un movimiento vivo que no controla, y su primera reacción es ofrecerse a educarlo. Una vez más la progresía da como hecho establecido un hecho, cuatro décadas después de las refutaciones académicas que recibió.







