(InfoCatólica) La participación activa de los fieles en la liturgia no fue una ocurrencia del Concilio Vaticano II, sino una exigencia que los papas venían planteando desde principios del siglo XX. Y la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa «en la línea de la tradición viva de la Iglesia», aunque su correcta comprensión «permite también rechazar los abusos que se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma».
Esa fue la doble tesis que León XIV desarrolló este miércoles 26 de agosto en la Basílica de San Pedro, durante la Audiencia General, en su última catequesis dedicada a la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II. El Pontífice reivindicó la legitimidad de la reforma conciliar como fruto de un proceso iniciado décadas antes, al tiempo que señaló abiertamente que algunos de sus principios fueron aplicados de forma errónea.
A este respecto, León XIV recordó cómo la propia Constitución conciliar afirma que «las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (Sacrosanctum Concilium n. 26).
Son ya numerosas las ocasiones en las que el Santo Padre denuncia los abusos litúrgicos, no solamente en este ciclo de catequesis. Y conmina a respetar las rúbricas. De todas formas no han trascendido iniciativas que permitan deducir algo más que se vaya a pasar a los hechos.
«No pueden ni deben permanecer mudos y pasivos»
Para explicar las razones que llevaron a los Padres conciliares a promover la reforma, León XIV recuperó una carta de 1962 del entonces arzobispo de Milán, el cardenal Giovanni Battista Montini, futuro san Pablo VI, dirigida a los fieles de su diócesis. La liturgia, escribía Montini, «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio con Dios».
El futuro Papa afirmaba en aquella misma carta que los fieles «no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual». León XIV señaló que estas palabras están en consonancia con el número 48 de la Sacrosanctum Concilium, que pide a los cristianos que «no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada».
A través de las acciones rituales de la Iglesia, explicó el Papa, se realiza el memorial de la obra de la salvación y se ofrece a los fieles la posibilidad de vivir una verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el acontecimiento salvífico. «Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva», afirmó.
Una reforma preparada durante décadas
El Papa insistió en que el deseo de una «reforma general» no nació «de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los papas que se sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las demandas del Movimiento litúrgico». León XIV trazó un recorrido que pasa por la constitución apostólica Divini Cultus de Pío XI, que ya recogía la necesidad de que los fieles no asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores»; por las intervenciones de Pío XII, que reorganizó los ritos de la Semana Santa reubicándolos en las horas correspondientes a los acontecimientos pascuales, tras siglos en que se habían adelantado a la mañana; y por san Juan XXIII, que aprobó una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal mediante el motu proprio Rubricarum instructum (25 de julio de 1960), remitiendo al futuro Concilio la definición de los principios fundamentales de la reforma.
León XIV recordó asimismo la distinción formulada por Pío XII en la encíclica Mediator Dei entre los elementos divinos e inmutables de la liturgia y los elementos humanos, que «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas».
Noble sencillez y responsabilidad de los pastores
Al concluir la catequesis, León XIV apeló directamente a la responsabilidad de obispos y sacerdotes: «Es responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual, custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica».
Una liturgia así entendida, concluyó el Papa, será «un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros».
En los saludos en español, León XIV recordó la memoria de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española patrona de la ancianidad, y pidió oraciones por los ancianos y por quienes los cuidan.







