(InfoCatólica) Desde hace años, en InfoCatólica hemos tenido el penoso deber de relatar cómo en casi la totalidad de Europa y Norteamérica van desapareciendo parroquias a pasos agigantados. En los Países Bajos, Alemania, Francia, Bélgica o los Estados Unidos esto ya es una realidad y en muchas diócesis se han eliminado la mitad o tres cuartas partes de las parroquias, fusionando unas con otras para hacer frente a la carencia de sacerdotes y de fieles. En otros países, como España o Italia, se están preparando o empezando a poner en marcha planes para hacer lo mismo.
En general, parece tratarse de un proceso inexorable, que no se puede detener, sino solo gestionar lo más adecuadamente posible. Si no hay sacerdotes, no hay fieles y el dinero escasea, ¿qué se puede hacer, aparte de intentar optimizar los recursos disponibles fusionando parroquias y reduciendo las Misas que se celebran, mientras ponemos a mal tiempo buena cara?
En ese contexto, llama la atención un artículo publicado por el periódico inglés The Catholic Herald titulado «La fusión de parroquias no es inevitable». En él se cuenta el caso de la diócesis de Búfalo, la más rural y menos conocida de las diócesis del estado norteamericano de Nueva York.
Como en tantas otras diócesis estadounidenses, en Búfalo se preparó un plan masivo de fusión de parroquias (un tercio del total), por decisión del obispo, Mons. Michael Fisher. Con este plan, denominado «Camino a la Renovación», el prelado no hacía más que ser realista teniendo en cuenta los sacerdotes disponibles y seguir el ejemplo de las diócesis cercanas. La gran archidiócesis de Nueva York, por ejemplo, había puesto en marcha previamente dos procesos de fusión de parroquias, uno en 2007 para una veintena de parroquias y un segundo proceso en 2015, que había fusionado a otras 120. Todo el mundo parecía considerar que la medida era inevitable.
Mejor dicho, no todo el mundo, porque el grupo Salvemos Nuestras Iglesias de Buffalo se opuso a la fusión. No simplemente de palabra, sino con una serie de actividades que pronto suscitaron el entusiasmo de los fieles de varias parroquias, según relata el portal The Catholic World Report.
El grupo inició actividades de movilización de los fieles, recaudación de fondos y planificación de recursos en las parroquias que iban a desaparecer, para buscar formas de que fueran viables. Asimismo, planteó un recurso contra su desaparición ante los tribunales neoyorquinos, que llegó hasta la Corte Suprema de Nueva York. Esta última desestimó el caso, por no tener jurisdicción en asuntos internos de la Iglesia, pero Salvemos Nuestras Iglesias de Buffalo también recurrió al Vaticano, en concreto al Dicasterio para el Clero y la Signatura Apostólica.
Para sorpresa de muchos, el Vaticano se tomó en serio los argumentos del grupo y varias parroquias representadas están esperando la decisión de estos organismos vaticanos. Los primeros frutos ya se han dado: el pasado catorce de agosto, Mary Pruski, directora de Salvemos Nuestras Iglesias de Buffalo, declaró a EWTN News que las parroquias de San Josafat y Nuestra Señora del Rosario ganaron sus recursos ante la Santa Sede contra los cierres impuestos por la diócesis. Al menos estas dos parroquias no tendrán que cerrar sus puertas e incluso parece que el entusiasmo suscitado por su defensa podría llevar a una revitalización de la vida parroquial en ellas.
En la cercana diócesis de Rochester, los fieles han observado el éxito de sus vecinos y han comenzado movilizaciones para frenar sus propias fusiones. La diócesis de Búfalo ha declarado que «respeta la decisión del dicasterio y no la apelará», pero que «estas parroquias serán monitoreadas de cerca para asegurar su viabilidad y autosuficiencia en el futuro».
Aquí está el quid de la cuestión, porque de nada serviría mantener las parroquias meramente sobre el papel por orden del Vaticano si no hay fieles, recursos, sacerdotes, vocaciones, catequesis y, en general, vida parroquial activa. Si algo muestra el caso de Buffalo es, por un lado, que el futuro de la Iglesia está también en mano de los laicos. No sirve de nada limitarse a echar la culpa o la responsabilidad a los sacerdotes. Si los seglares practican, tienen hijos, aprecian la fe, evangelizan, traen a sus amigos a la parroquia, apoyan a los sacerdotes y promueven las vocaciones en sus mismas familias, sus comunidades podrán subsistir y crecer. Sin fieles, no hay parroquias.
Por otro lado, la experiencia de Búfalo también indica que es absolutamente necesario dar esperanza a los fieles en lugar de limitarse a gestionar un declive supuestamente irremediable del catolicismo. Cuando los fieles encuentran a sacerdotes, movimientos u organizaciones que creen en lo que dicen y confían en la gracia de Dios, se sienten atraídos y renuevan su propio entusiasmo por la fe. Resignarse a la inevitabilidad de la disminución de fieles es, simplemente, una manifestación de desesperanza y no hay nada más letal para la vida cristiana que la desesperanza.







