Vivimos en una sociedad que, paradójicamente, habla mucho de fragilidad y cada vez tolera menos la propia vulnerabilidad. Se nos invita a reconocer nuestras emociones, a cuidar nuestra salud mental y a pedir ayuda cuando la necesitamos. Sin embargo, sigue existiendo una exigencia silenciosa: hay que ser fuerte, lo que significa poder con todo.
Esto resulta especialmente evidente en quienes han asumido responsabilidades sobre otros. Padres, profesionales sanitarios, educadores, cuidadores y, de un modo particular, los sacerdotes, que fácilmente llegamos a interiorizar que hay que estar disponibles, ser fuertes, transmitir serenidad y sostener a los demás incluso en las momentos en que nosotros mismos atravesamos momentos de cansancio, incertidumbre o sufrimiento.
El problema aparece cuando esa fortaleza deja de ser una capacidad y se convierte en una obligación interior. Entonces ya no se trata de ser fuerte, sino de no poder permitirse ser débil.
La diferencia no es pequeña. Una persona puede tener una gran capacidad para afrontar dificultades y, al mismo tiempo, reconocer que necesita ayuda. En cambio, quien ha construido su identidad sobre la autosuficiencia puede experimentar cualquier fracaso, enfermedad, pérdida o situación de conflicto como una amenaza a su propia identidad.
Ya no sufre solamente por lo que está viviendo. Sufre porque aquello que experimenta le demuestra que no es tan fuerte como necesitaba creer.
En el sacerdote este hecho puede adquirir una particular intensidad. Quien acompaña el dolor ajeno puede sentir que no tiene derecho a mostrar demasiado el suyo. Quien debe transmitir esperanza puede experimentar dificultad para reconocer su propio desconcierto.
Esto adquiere especial relevancia cuando se presentan situaciones inesperadas, extraordinarias y posiblemente límites, como cuando se enfrenta a una acusación, una sospecha o a una situación que pone en cuestión su imagen ante los demás. La necesidad de controlar lo que otros piensan puede llevar a una vigilancia permanente sobre las propias palabras, gestos y relaciones. La persona comienza a vivir pendiente de la mirada ajena.
Naturalmente, si se trata de acusaciones de abuso sexual, la gravedad del problema exige tomarse en serio cualquier denuncia, proteger a las posibles víctimas y buscar la verdad con rigor.
Precisamente por eso es necesario distinguir entre sospecha, acusación, investigación y hecho probado. La protección de las víctimas y el respeto a la verdad no son realidades enfrentadas.
Pero también es legítimo preguntarse qué ocurre psicológicamente cuando alguien vive bajo una sospecha que no puede controlar. Puede aparecer entonces una forma de sufrimiento muy particular: la imposibilidad de recuperar la imagen que los demás tenían de uno mismo. Y esto nos devuelve a la vulnerabilidad haciéndonos tomar conciencia de que no somos autosuficientes.
Asumir la vulnerabilidad no significa considerarse incapaz ni resignarse a las propias limitaciones. Tampoco significa dejar de luchar contra aquello que puede y debe ser cambiado. Significa algo más sencillo y, a la vez, más difícil: aceptar que no podemos controlarlo todo. Que no siempre podemos estar a la altura de las circunstancias.
Hay acontecimientos que podemos afrontar. Hay errores que podemos reparar. Hay injusticias que debemos denunciar. Hay enfermedades que requieren tratamiento. Hay agotamientos que exigen descanso. Hay situaciones en las que necesitamos pedir ayuda. Pero hay también realidades que, aun después de haber hecho todo lo posible, permanecen. Y ahí aparece una cuestión profundamente humana: ¿qué hacemos con aquello que no podemos reparar?
Nuestra primera reacción suele ser intentar recuperar el control. Queremos volver a ser los de antes, cerrar rápidamente lo ocurrido, eliminar las marcas, recuperar la seguridad. Sin embargo, la madurez no consiste en llegar a ser invulnerables, sino en aprender a vivir sin necesitar serlo.
Esta es, tal y como abordo en mi novela La herida abierta, una de las cuestiones que más profundamente atraviesan la historia de sus personajes. El problema de confundir fortaleza con control, fe con estabilidad, virtud con ausencia de riesgo.
Aquí la fe cristiana introduce una perspectiva que supera la mera aceptación psicológica de nuestras limitaciones. El cristiano no está llamado simplemente a decir: «Soy vulnerable y tengo que aceptarlo». Está llamado a descubrir dónde puede apoyarse precisamente cuando reconoce que no puede sostenerse por sí mismo. San Pablo lo expresa con una paradoja que difícilmente podría ser más contraria a la mentalidad de nuestro mundo: «Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad». Y por eso concluye: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Por eso la cruz de Cristo resulta tan desconcertante. No contemplamos en ella a un hombre que conserva el control, evita toda vulnerabilidad o consigue que nada le afecte. Contemplamos a Cristo expuesto, herido, abandonado y aparentemente derrotado. Y, sin embargo, precisamente allí se manifiesta el poder de Dios. La cruz nos enseña que la vulnerabilidad no tiene por qué ser el lugar de nuestra derrota. Puede convertirse, cuando es asumida y ofrecida a Cristo, en lugar de encuentro con Él.
No podemos tener fe y al mismo tiempo pretender no necesitar a Dios. Al contrario: la fe comienza cuando asumimos que no podemos salvarnos a nosotros mismos, cuando dejamos de exigirnos poder con todo, cuando aceptamos humildemente nuestra pobreza, cuando permitimos que otros nos ayuden y, sobre todo, cuando dejamos de apoyarnos exclusivamente en nosotros mismos. No porque nuestra debilidad tenga fuerza por sí misma, sino porque Cristo cobra fuerza en nuestra vida precisamente allí donde nosotros dejamos de fingir que lo somos.
Juan Antonio Moya Sánchez
Sacerdote y psicólogo






