(InfoCatólica) La peregrinación tradicional que une Rawson con la Basílica de Nuestra Señora de Luján ha alcanzado un nuevo récord de participación en su decimoséptima edición, celebrada del 15 al 17 de agosto bajo el lema «He ahí a tu madre» (Jn 19,27). Más de 2.300 peregrinos recorrieron durante tres días los cien kilómetros que separan ambas localidades bonaerenses en una marcha organizada en capítulos, con misas celebradas en la forma tradicional del rito romano, rosarios, confesiones y adoración al Santísimo Sacramento.
De cuatro amigos a 2.300 peregrinos
La peregrinación nació en 2010 por iniciativa de cuatro amigos inspirados en la marcha de Pentecostés de París a Chartres, organizada por Notre-Dame de Chrétienté desde 1983. En aquella primera edición llegaron a Luján 18 personas. Desde entonces, la convocatoria ha crecido de forma sostenida: 1.600 inscritos en 2023, cerca de 2.000 en 2024, más de 2.200 en 2025 y más de 2.300 en este año, un centenar más que en la edición anterior.
«Siempre crecemos. Poco y despacio, pero crecemos. Al menos, un cinco o un diez por ciento por año», explicaba Nicolás Stier, uno de los fundadores de la peregrinación, en una entrevista con Javier Navascués. Stier, ingeniero agrónomo y productor agropecuario afincado en la Patagonia norte, padre de cinco hijos, atribuye el crecimiento a una sola causa: «Este crecimiento se explica por los frutos que genera en las almas. Si no, no tiene explicación. "Por los frutos los conoceréis».
Tres días de oración y penitencia
La columna partió el viernes 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen, desde la iglesia de la Inmaculada Concepción de Rawson, en plena pampa bonaerense. Los peregrinos habían comenzado a llegar desde la víspera y durante la madrugada. Durante los tres días de recorrido, los participantes, organizados en capítulos, tuvieron a su disposición sacerdotes para la confesión y la dirección espiritual a lo largo de todo el trayecto. «No puede faltar la confesión: es fundamental para que haya realmente una conversión», subrayaba Stier.
El lema de esta edición, «He ahí a tu madre», remite a las palabras de Cristo en la Cruz al confiar a María al discípulo amado. La organización centró los tres días de caminata en la maternidad espiritual de la Virgen. Los peregrinos participaron en misas celebradas en altares de campaña, adoración nocturna al Santísimo y momentos de silencio y meditación. La presencia de capítulos de familias con niños pequeños se ha consolidado como un rasgo característico de la peregrinación.
Entre los sacerdotes que acompañaron esta edición se encontraban el padre Augustin-Marie Aubry, prior de la Fraternidad San Vicente Ferrer (Chémeré, Francia), orden de dominicos de rito tradicional, y el padre Antonius Mamsery, superior de los Misioneros de la Santa Cruz (Tanzania), congregación con presencia misionera en varios continentes. Ambos predicaron las homilías de los días segundo y tercero de la peregrinación. La homilía del primer día, coincidiendo con la solemnidad de la Asunción, corrió a cargo del padre Raúl Olazábal, del Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote.
Sin misa en la basílica
La peregrinación culminó el domingo 17 de agosto ante el santuario de Luján con la adoración al Santísimo Sacramento y el rezo del rosario. Un año más, la misa de clausura no pudo celebrarse dentro de la basílica: la prohibición decretada por el obispo de Mercedes-Luján tras la publicación de Traditionis custodes sigue vigente, y la misa final hubo de celebrarse fuera del templo antes del último tramo a pie hasta el santuario.
Lejos de frenar la convocatoria, las restricciones parecen haberla fortalecido. «Los jóvenes buscan esto. Lo descubrieron y es algo que no va a parar», afirmaba Stier. «A pesar de todos los esfuerzos del modernismo para enterrar la liturgia tradicional, está más viva que nunca y vuelve con más fervor y frutos de santidad en las almas».
Una red internacional que se extiende
La peregrinación argentina es la hija mayor americana de la marcha de Pentecostés de París a Chartres, que en su última edición volvió a rozar los 20.000 inscritos. El modelo no deja de multiplicarse. Hace tres semanas, la VI Peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad-España llevó de Oviedo a Covadonga a 1.700 peregrinos (doscientos más que el año anterior, nuevo récord), con 52 sacerdotes, 21 seminaristas y cuarenta capítulos, once de ellos extranjeros.
La colaboración entre las distintas peregrinaciones es ya estrecha: organizadores argentinos y españoles comparten experiencia y gestiones, este verano caminaron peregrinos argentinos en Covadonga, un capítulo argentino participó en la peregrinación italiana con su pendón nacional, y hay voluntarios argentinos colaborando con la marcha inglesa. Se suman iniciativas en Portugal e Italia, mientras germinan proyectos en México, Ecuador y Paraguay.
«Es muy esperanzador ver cómo somos cada vez más peregrinaciones tradicionales», señalaba Stier, para quien esta floración de marchas bajo distintas advocaciones marianas expresa una misma realidad: «Nuestra Señora es la misma persona que se apareció en cada país bajo una distinta advocación. Es la misma Iglesia encarnada en la sociedad y la realidad de cada lugar».
HOMILÍAS DE LA XVII PEREGRINACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LA CRISTIANDAD
Homilía del primer día -- 15 de agosto de 2026
Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María
P. Raúl Olazábal -- Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote
Queridos peregrinos:
Es una alegría volver a encontrarlos y en una fiesta tan importante, la Asunción de María Santísima.
«Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre». Vemos el fin glorioso de la vida terrena de nuestra Madre, la Asunción en cuerpo y alma a los Cielos.
¡Nosotros nos regocijamos como hijos de su gloria!
Desde el final de su vida terrena, vamos a contemplar su paso por esta tierra para recorrerla con Ella. Entonces, Ella como Madre, que educa, nos enseñará así lo que necesitamos para alcanzar la vida eterna.
Aprenderemos de los misterios del Rosario, que Ella dio a Santo Domingo, lecciones muy importantes para nuestras vidas; lecciones que, si rezamos el Rosario diario, podremos repasar con frecuencia.
Los misterios gozosos: humildad y caridad
Los misterios gozosos nos hablan de humildad y de caridad. La humildad de la esclava del Señor, la humildad y la caridad de servir a su prima, la humildad de nacer en la pobreza, de obedecer a la Ley de Dios en la Presentación, la humildad en el silencio a la respuesta del Niño Jesús en el Templo. ¡La humildad de la Madre de Dios!
Queridos amigos, aprendamos la humildad de nuestra Madre. La humildad de ser agradecidos, la humildad de perdonar y de pedir perdón, de no buscar el primer puesto ni brillar. La humildad de rezar, de saberse indigente y pasar horas pidiendo a Dios las gracias necesarias, la humildad de no ponerse en ocasión de pecado. La humildad que nos recuerda que el bien no hace ruido y el ruido no hace bien.
La humildad es cimiento de la Cristiandad, es protección de las vocaciones sacerdotales y religiosas, es antídoto de las peleas conyugales, es remedio de las heridas, es silencio y perdón, es confianza en Dios y en el prójimo. La humildad ayuda a extirpar el feminismo, que es veneno de nuestro tiempo, destructor de familias y sociedades, que deja a la mujer sola y abandonada. Esa mujer que ya no sabe amar, porque solo sabe pelear y discutir.
Una mujer, llena de poder, la llamada Omnipotencia Suplicante es María Santísima que, en la humildad de sus tareas domésticas, participaba en lo más grande: la obra de la Redención de la humanidad.
Queridas hijas de Dios, que resurja la Cristiandad, luchen contra la impureza. Sus costumbres puras ayudarán a erradicar la lujuria más que los libros y las conferencias.
Dios quiere mujeres elegantes, que con su sentido de belleza eleven a los hombres; no mujeres que por su sensualidad, vanidad y poca ropa los hundan en el barro de la impureza. De ustedes depende que los hombres las amen mirándolas a los ojos, contemplando vuestras almas, prendados de la simpatía, belleza y virtud o que las deseen mirando vuestros cuerpos como trozos de carne para arrastrarlas a mayores impurezas. Dios quiere mujeres que se hagan respetar, que no duden en la firmeza de un no o de una cachetada bien puesta al hombre, aunque se haga llamar novio, que quiera arrastrarlas a pecar.
Los misterios dolorosos: amor y sacrificio
Los misterios dolorosos son misterios de amor. Jesús sufriendo en su cuerpo y nuestra Madre Santísima, en su alma. Nos enseñan que el sufrimiento, castigo del pecado, se transformó en medio de salvación. El sufrimiento de la oración en la angustia entre la incertidumbre y la aceptación de la voluntad de Dios. Toda la Pasión fue paciencia, la ciencia del padecer, fortaleza en el cuerpo de Jesús y en el alma de María Santísima.
Nos purificó de nuestros pecados: pues en sus llagas hemos sido curados.
No levantaremos la Cristiandad sin sacrificios. En el cimiento de la humildad debemos trabajar para construir. Somos discípulos de un Dios crucificado y por ello no somos esclavos de la pereza ni de los placeres. La Virgen, nuestro modelo, vivió sirviendo en el sacrificio de una familia humilde. Queridos hijos de Dios, necesitamos hombres esforzados, que sean responsables, que afronten las dificultades, que no huyan por el miedo, que no se escondan bajo las polleras de sus mujeres. Hombres decididos, que saben lo que quieren, que siguen firmes en la fe, que la fe los ilumina, que saben conjugar el verbo aguantarse: que aguanten el frío y el hambre, el cansancio y el sudor, el dolor y… la burla. Hombres recios, austeros, hombres de deber.
No se dejen esclavizar: estamos cansados de hombres banditos, que no pueden madrugar por la pereza; que pierden miserablemente el tiempo, esclavos de pantallas; que pueden vivir sin rezar o sin Dios, pero no sin el celular.
Hombres vagos, débiles, sin chispa, sin ideales, sin deseos heroicos, sin oración y sin fe.
Los jóvenes tradicionales deben ser fuertes, no hacerse los duros; ser humildes, no creerse superiores; piadosos, no estoicos. Si hemos recibido el tesoro de la fe, el tesoro de la Misa tradicional, no es para caer en la soberbia, siempre diabólica, sino para servir a la Verdad, para cuidar sus tesoros responsablemente y para entregarlos humilde y generosamente a los demás.
Hablé de la pureza a las chicas, les hablo a ustedes, varones, de este terrible flagelo. ¡Debemos ser puros! No es un ideal al que debemos tratar de tender, sino una realidad que debemos alcanzar. No podemos ser esclavos de la pornografía y masturbación, no podemos acostumbrarnos en conversaciones o tratos con las chicas a la impureza. No podemos dejarnos arrastrar por los ambientes de alcohol, de impureza y de vagancia. Busquemos y generemos ambientes donde reine la oración, el sacrificio, la alegría y la sana amistad.
Los misterios gloriosos: la mirada al Cielo
El dolor forja corazones, el dolor educa, despega, purifica, fortalece. El dolor nos asemeja a Jesucristo. No vivamos de la queja. La Virgen nos enseña a sufrir, a cargar con nuestra cruz. Las mujeres también deben aprender a sufrir, a no quejarse, a ser pacientes y no caprichosas, a entregarse, a ser abnegadas, generosas, ordenadas. Las mujeres sufridas son pilares del hogar.
Finalmente, los misterios gloriosos. La Asunción de nuestra Madre nos enseña a mirar al Cielo. Que el Cielo ilumine nuestra fe, que sostenga nuestra oración, que sobrenaturalice nuestros sacrificios.
El triunfo de nuestra Madre eleva nuestras miradas, aumenta nuestra confianza, da sentido a nuestra existencia. ¡La alegría de vivir en gracia de Dios!
Nuestra esperanza se apoya en el Cielo. Jesucristo recompensará cada esfuerzo, cada acto de virtud. Como en esta peregrinación cuenta nuestros pasos, mide cada uno de nuestros dolores para recompensarlos.
Aunque muchas veces no lleguemos a fin de mes, llegaremos al Cielo. Los pies en la tierra y el corazón en el Cielo. Queridos padres de familia: Dios ve vuestros sacrificios, cansancios y entrega. Eduquen a vuestros hijos para el Cielo. Vuestras dificultades serán gloriosas en la eternidad.
Que merezcamos que Jesucristo que coronó a la Santísima Virgen nos entregue, como justo juez, la corona de justicia.
¡Un día al Cielo iré y la contemplaré! Nuestra Señora de Luján, ruega por nosotros.
Homilía del segundo día -- 16 de agosto de 2026
«Este es mi destino»
P. Augustin-Marie Aubry -- Fraternidad San Vicente Ferrer (Chémeré, Francia)
Querido compañero peregrino, te hago esta pregunta: ¿sabes cuál es tu destino?
1. Nuestro Destino
Al salir de Rawson ayer por la mañana, sabíamos nuestro destino: Nuestra Señora de Luján. Y sabíamos que tendríamos que caminar, sin perdernos ni desanimarnos, para alcanzar nuestra meta. Nuestra peregrinación de tres días es una metáfora de la vida humana.
La Ciudad Santa
La meta de nuestra caminata es una basílica. Esta basílica de piedra representa la Jerusalén celestial, la Ciudad que San Juan vio y describió en su Apocalipsis:
«Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo». Entonces oí una voz que salía del trono, que decía: «He aquí la morada de Dios con los hombres. Él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos, y será su Dios» (Ap 21,2-3).
El objetivo de nuestra vida es la Ciudad Santa. En la Ciudad Santa, Dios habita con el hombre. ¿Y qué hacen los elegidos en su presencia? ¡Cantan!
¿Pero qué cantan los elegidos? Un Sanctus constantemente renovado, un Te Deum con toda la corte celestial, un Magnificat en coro con Nuestra Señora, la Reina del Paraíso. Cantan la gloria de Dios. Y esta gloria, finalmente la comprenden, porque desde ahora viven en la luz.
Cara a cara
En el Cielo, la fe y la esperanza desaparecen; solo queda la caridad, que todo lo anima. Dios se revela: «Y seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es» (1 Jn 3,2). En el Cielo, puedes contemplar el sol y convertirte en él bajo su luz.
«Ahora vemos como en un espejo, de forma desproporcionada; entonces lo veremos cara a cara», escribe san Pablo (1 Co 13,12).
¡Cara a cara, ese es tu destino!
Santa Teresa del Niño Jesús compuso un magnífico poema sobre el Cielo (Vivir por amor, 26 de febrero de 1895), que resume toda su doctrina y concluye con estas palabras:
«Quiero ser consumida por su amor. Quiero verlo, unirme a él para siempre. Ese es mi Cielo… Ese es mi destino: ¡Vivir por amor!»
Visión de Dios, unión con Dios: ¡ese es nuestro destino!
¡Baila con los ángeles!
Cuando el dominico Fra Angélico describe la entrada al Paraíso (El Juicio Final, Florencia, ca. 1430), muestra cómo las personas son recibidas en compañía de los ángeles. Bailan juntos en una alegre farandola: un hombre, un ángel; un ángel, un hombre.
¿Quién quiere perderse el banquete?
¿Quién es tan insensato como para llegar tarde?
¡Debemos apresurarnos a la puerta, no perdernos la entrada al salón del banquete!
¡Peregrino de Luján, tu destino es el Cielo!
2. Nuestro Deseo
Pero surge una nueva pregunta: ¿es tu deseo igual a tu destino?
Quizás estés pensando: ¡El Cielo es demasiado alto, demasiado lejos, demasiado difícil! El Cielo es para los grandes santos, no para los cristianos comunes…
¡Eso es un error!
Dignidad cristiana
Tu deseo debe basarse en dos cosas: lo que eres; lo que quieres. Lo que eres, te lo recuerdo.
Dios te creó. Te creó a su imagen y semejanza.
¡Eres fruto de su sabiduría! ¡Eres fruto de su bondad!
Tu alma es inmortal.
¡Estás hecho para la eternidad! ¡Estás hecho para la gloria!
¡Recuerda, cristiano, tu dignidad!
Y ahora, ¿qué deseas?
Reflexiona y dite esto: Los santos en el paraíso no están hechos de otra materia que yo. Si ellos pudieron cumplir su destino, ¿por qué yo no?
Nuestro deseo se cultiva, se doma, adquiriendo gradualmente la fuerza, la amplitud y el alcance del deseo que anima a los santos de todos los tiempos. «El corazón que ama», dijo Teresa, «trabaja con amor, es decir, con fervor; corre, vuela, no encuentra nada imposible y nada lo detiene». Tal es la grandeza y la fuerza del deseo cuando está abierto a la gracia.
Perversión del deseo
Pero también tienes dentro de ti el triste poder de frustrar el plan de Dios. Siguiendo a Cristo, la Iglesia siempre ha enseñado que el destino eterno de las almas depende de sus acciones aquí abajo.
Cito el Credo Atanasiano, testimonio de la fe de la Iglesia en los primeros siglos: «Quienes han hecho el bien irán a la vida eterna; quienes han hecho el mal, al fuego eterno. Esta es la fe católica, y quien no la guarde fiel y firmemente no podrá salvarse».
Al ser creados libres, pueden traicionar el amor de Dios que reside en ustedes. Cuando pecan, pisotean el misterio, anulan el deseo, expulsan al Espíritu Santo recibido en el bautismo. Mediante el pecado (la injusticia, la impureza, la impiedad) desfiguran su propia imagen.
Si tu deseo se dirige hacia las criaturas, tu destino estará lejos del Creador. Si tu vida es para las criaturas, tu eternidad estará lejos del Creador.
No ver a Dios, es perder tu verdadero destino para la eternidad…
Purifica tu deseo
Peregrino de Luján,
¡Reaviva tu valentía!
¡Restaura la imagen que hay en ti, sé digno de tu destino!
¿Temes tu vida pasada, la multitud y el horror de tus pecados?
¡El pecado es alimento de la misericordia de Dios!
Hoy, cambia tu vida, purifica tu deseo. Dirige tu mirada, ya no hacia las criaturas, sino hacia el Creador.
Si estamos aquí caminando, es porque estamos seguros de que tenemos un camino que seguir para pasar del pecado a la gracia, de la mediocridad al fervor, de una vida ordinaria a la santidad.
¡La verdadera pregunta no es cuántos de nosotros caminamos el camino a Luján, sino cuántos de nosotros nos convertiremos verdaderamente al llegar!
Inmensa cohorte, caminando tras la cruz siguiendo las huellas de los santos, acompañados por los ángeles, si permanecemos fieles a nuestra vocación de alabanza, nuestro camino terrenal será nuestro camino al cielo. Y el tiempo de fe culminará para nosotros en la visión de la adorable Trinidad.
¡Nuestra verdadera patria es la eternidad!
Homilía del tercer día -- 17 de agosto de 2026
La Iglesia militante en camino
P. Antonius Mamsery -- Misioneros de la Santa Cruz (Tanzania)
Reverendos padres, queridos peregrinos:
La Iglesia de Dios está en movimiento rumbo al Cielo. Sí, nuestra meta, nuestra razón de ser en este mundo, como sabemos por el catecismo de la Doctrina perenne de la Iglesia, es precisamente conocer a Dios, amarlo, servirlo y finalmente ser recibidos por Él en el Cielo.
Aquí, en el mundo, somos peregrinos… estamos de paso, así como pasamos por las estaciones y los campamentos… pero luego continuamos para llegar a la meta.
Queridos peregrinos, juntos formamos la Iglesia en camino. Hoy se habla mucho de «caminar juntos» y, a veces, sin una dirección correcta, con el peligro de caminar hacia el vacío y cometer graves errores en la fe.
Bien inspirados, comenzamos nuestra peregrinación delante del Santísimo Sacramento, en la adoración silenciosa, bajo la niebla, sin miedo a mojarnos, en medio del frío penetrante, pero en el corazón el calor del Amor a Jesús y María…
Niños pequeños en sus cochecitos, jóvenes… ¡oh, cuántos jóvenes!, adultos y ancianos; sí, ancianos, preparados como veteranos de guerra, no de la guerra de este mundo, sino de la guerra de la fe…
Con las banderas de las Hermandades, con la Gran Bandera del Cristianismo (la Cruz de la Redención), pero también con la gran Bandera de la noble Nación Argentina, extendida delante del Santísimo Sacramento, para pedir la bendición de la partida…
Poco después de la Bendición, el grito de: «¡Viva Jesús! ¡Viva Nuestra Señora! ¡Viva la Verdadera Iglesia!»…
Y así nadie se cansaba más: ni el hambre, ni el frío, ni las heridas en los pies detenían a nadie.
Los sacerdotes como médicos divinos
Los Sacerdotes, como médicos divinos, no dejaban de procurar las curaciones en el camino, es decir, las confesiones interminables, dirección espiritual, consuelos para las almas abatidas, sufrientes y lastimadas, no solamente en esta peregrinación, sino en la vida social, parroquial, etc.
Cuando veía a los sacerdotes en los campamentos, caminando con las piernas hinchadas, con músculos extremadamente doloridos, pero sin querer el consuelo de tomar un auto, sino continuar caminando con las ovejas, me acordé del Buen Pastor Jesús, que pasó sufrimientos terribles en este mundo para estar junto a sus ovejas…
¡Muchísimas gracias, Reverendos Padres! Que Jesús los recompense en esta hora.
La Iglesia militante
La Santa Iglesia aquí en el mundo se llama Iglesia militante… no «descansante»… salvar nuestras almas es una lucha… salvar la situación de la Iglesia que vivimos ahora es una guerra, no con armas humanas, sino de la Fe, de exponer las verdades eternas, sin vacilación ni adaptarlas a interpretaciones para agradar al mundo.
«No conviene contender, sino ser amables con todos, aptos para enseñar, pacientes; instruyendo con humildad a los que resisten» (2 Tim 2,24-25).
Queridos jóvenes, sé que ustedes son apasionados por conocer la verdad… eso está en su naturaleza: ¡la curiosidad!
Tenemos que ser sinceros con ustedes, decirles: «Perdón… lo que entregamos a vuestra generación, en varios lugares del mundo, desde hace décadas, no es lo que recibimos de nuestros antepasados… a veces es algo extraño. ¡Perdón!».
Ustedes merecen conocer la verdad. Y como dijo Nuestro Señor: «La verdad os hará libres».
Por eso, ya que son mucho más expertos en el uso de los nuevos medios de comunicación, utilicen este instrumento como un arma en sus manos para conocer las verdades tan antiguas y, al mismo tiempo, tan nuevas, escondidas en los tesoros de la Iglesia, en la Patrística, la Patrología y la vida de los Santos. Busquen en la vida de los santos, que son millares, cómo vivieron la Fe y la liturgia perenne de la Santa Iglesia…
Utilicen los medios de comunicación para las cosas buenas y eviten con todas sus fuerzas el mal uso de los mismos.
Padres, madres y niños en el camino
¡A los Padres y Madres jóvenes! ¡Gracias por vuestro sacrificio y coraje! Que Dios os recompense ese sacrificio, ¡y además con niños pequeños!… podrían estar durmiendo… Así nos demostraron que las mujeres fuertes descritas en las Sagradas Escrituras todavía existen.
¡Muchísimas gracias! Me emocioné al ver en el camino señoras jóvenes, empujando cochecitos, en el frío, en el barro, no por un kilómetro, sino cien kilómetros, durante tres días, bajo la lluvia, y a los niños todavía con chupetes, pero sin llorar… todos sacrificándose por la causa de la Santa Iglesia.
¡Oh, Dios mío! Escucha el grito de los niños inocentes y perdona, perdona, perdona a los que saben lo que hacen.
El Señor Dios nos instruyó por medio del profeta Joel, capítulo 2, versículo 16, diciendo: «Congregad al pueblo, santificad la congregación, reunid a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman…».
Y eso hicimos en esta peregrinación… ancianos, padres y madres, jóvenes y adolescentes, e incluso bebés… ¡caminando juntos!
Rumbo a la Basílica
Estamos ahora comenzando esta última etapa, en dirección a la Basílica de Nuestra Señora de Luján, nuestra meta terrena en esta peregrinación. Con Jesús, para Jesús, a través de Nuestra Señora, para que Ella nos acompañe y nos dé fuerza para la entrada victoriosa al Cielo…
Que todos los que participamos de esta jornada podamos, junto con María y ayudados por Ella, entrar con entusiasmo al Cielo, así como caminamos ahora, curando nuestras heridas en el sacramento de la confesión, juntos, sacerdotes y fieles, con el mismo grito de victoria:
¡Viva Nuestra Señora!
¡Viva Jesús!







