Mons. Paglia y una moral católica sin naturaleza
Vincenzo Paglia | © Michael Haynes

Mons. Paglia y una moral católica sin naturaleza

Una moral católica sin naturaleza. A propósito de la entrevista a Mons. Vicenzo Paglia.

Hace poco más de un mes, Mons. Vincenzo Paglia ofreció a Settimananews una entrevista en la que refiere que el Papa Francisco le había encomendado cambiar la orientación moral del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia. Lo que el fallecido Pontífice le demandaba, entre otras cosas, era reemplazar a los profesores y a los programas de las asignaturas que se enseñaban. A juicio de Francisco, la teología moral que se promovía era «abstracta», «de escritorio».

Las palabras de Paglia revelan no pocas cosas, las cuales confirman la orientación de mis escritos sobre Bergoglio publicados en el diario La Prensa de Buenos Aires y en InfoCatólica.

Ante todo, siempre he observado que Bergoglio, a lo largo de su Pontificado, tuvo un modo de conducirse contradictorio: por un lado, en todo pronunciamiento, evitaba dar, cuidadosamente, una definición unívoca. De este modo, impedía que el lector/oyente determinara con precisión el contenido conceptual de lo afirmado. Y si alguno de los eventuales lectores/oyentes otorgaba una significación que no le convenía, se lo objetaba diciendo que «en realidad, lo dicho no expresaba lo que el lector/oyente creía entender». Por otro lado, sin embargo, a nivel de los hechos, mantenía una clara posición univocista, expresión de la única voluntad de quien detentaba el poder.

Siempre he sostenido que la posición teórica equivocista de la realidad, se hace univocista a nivel práctico, es decir, totalitaria.

Mons. Vincenzo Paglia afirma que al Papa Bergoglio no le hacía mucha gracia el hecho de que de la idea de naturaleza se pudiesen deducir principios o valores no negociables. («Mons. Paglia: le ‘mie’ riforme con Francesco». En Settimananews, 21 maggio 2026, p. 3). Eso era lo que Francisco realmente pensaba. Pero, por otro lado, el Papa sostenía, en una de sus Encíclicas, que realmente suscribía dichos valores no negociables. ¿En qué quedamos?

Como decimos los argentinos en una metáfora bien futbolera, «siempre te estaba corriendo el arco». Esto significa que permanentemente se estaban cambiando las reglas o los criterios cuando el juego ya estaba en marcha. De este modo, todo se volvía más difícil y confuso.

Me permito citar Fratelli tutti a modo de ejemplo de lo dicho anteriormente: «Aun cuando los hayamos reconocido y asumido gracias al diálogo y al consenso, vemos que esos valores básicos están más allá de todo consenso, los reconocemos como valores trascendentes a nuestros contextos y nunca negociables» (n° 211. Ver además 206, 245; Laudato si, n° 6 y 105).

Asimismo, en Fratelli tutti 208 afirma que «Indagando la naturaleza humana, la razón descubre valores que son universales, porque derivan de ella.» Sin embargo, estos valores permanentes hacen que «no sea siempre fácil reconocerlos» (Fratelli tutti, n° 211). Y añade que nuestra comprensión del significado y alcance de los mismos podrá crecer, y en ese sentido el consenso es algo dinámico.

Observemos que ha pasado de la afirmación de que existen estos valores permanentes, a sostener que puede crecer el significado y alcance a nivel del consenso al que caracteriza como dinámico. Uno se pregunta: ¿en qué consiste ese crecimiento del significado y alcance de estos valores permanentes? Este crecimiento y alcance, ¿son producto del consenso? En ese caso, ¿qué quedaría de la permanencia de los mismos?

Como podemos advertir, nuevamente la equivocidad, la confusión.

Sin embargo, esta ambigüedad desaparece por completo a nivel de los hechos. Cuando los periodistas le preguntan a Mons. Paglia: «¿Cuál fue, en su opinión, el ‘núcleo teológico’ de esta exigente reforma?», este responde: «Uno de los puntos neurálgicos de toda la operación fue repensar el concepto de ‘naturaleza’, que constituía el fundamento de una visión estática e inmutable de la ley natural.»

Y añade: «Con ello, también se puso en cuestión el paradigma esencialista y ahistórico sobre el que se había sostenido hasta entonces toda la teología moral sexual y familiar.» (p. 8). Una concepción histórica de la naturaleza, prosigue Paglia, «… socavaba el paradigma de una ley natural entendida como un conjunto de principios inmutables…». Más claro, echarle agua.

Lo que está diciendo el prelado es que el concepto de naturaleza concebido como la «esencia en cuanto principio del fin» debía ser cuestionado y, eventualmente, desestimado. No era dado pensar más en términos de inmutabilidad. Era menester historizar el concepto de naturaleza. Y esta historización de la idea de naturaleza, reconoce Paglia, provocó críticas y resistencias. Expresa al respecto: «En este punto, los ‘opositores’ habían comprendido bien lo que estaba en juego: se trataba de una reforma muy profunda.» (lo destacado me corresponde).

Esta «nueva» moral, heredera del archiconocido nominalismo y de la consecuente ley de Hume, sería capaz de presentar, de acuerdo a la visión papal, una visión completamente acorde «… a las formas efectivas de la conciencia y a las condiciones reales de la experiencia…» (p. 3).

De ahora en más, la moral, quitándose el dispositivo electrónico de vigilancia de la idea de naturaleza, podría dar cuenta de la condición esencialmente cambiante de la vida humana y, consecuentemente, de la moralidad. En este sentido, la corrección moral de una acción voluntaria no dependería principalmente de que la misma se adecue a normas morales universales y absolutas (teología moral abstracta, de escritorio). Hay que tener en consideración las circunstancias, siempre cambiantes, de cada caso. Lo decisivo va a radicar en evaluar la situación particular y determinar qué acción resulta más adecuada en ese contexto. En este sentido, podría llegar a ser lícito, desde el punto de vista moral, amar a una mujer que no sea mi esposa si se considerara que, en esa situación concreta, ese amor realiza mejor el valor moral fundamental, como puede ser, la autenticidad, el mutuo bienestar, etc.

Sin la idea de la naturaleza, la «moral católica» tendría toda la libertad para afirmar la existencia de una libertad auténticamente creadora de lo que eventualmente se considere moralmente recto. La nueva moral busca asegurar la libertad por vía del rechazo de la naturaleza. La auténtica libertad solo va a poder moverse a sus anchas a partir de la negación de la idea de naturaleza.

El imperativo es claro: «liberarse de la naturaleza». Naturaleza implica necesidad; la libertad necesita de la absoluta indeterminación.

Aceptar la idea de naturaleza supone admitir la existencia de tendencias que se le imponen al hombre y que este debe aceptar en orden a su plena realización. Esta moral sin naturaleza, en cambio, sostendrá que dichas tendencias deben ser generadas solo a partir de la propia decisión. De este modo, «… la concepción de la voluntad pensada como apetito racional ha sido reemplazada por la idea de una voluntad absolutamente auto-referente, desvinculada de todo lo que no sea su propio querer.»[1]

Nihil novum sub sole (no hay nada nuevo bajo el sol). Pero quiero señalar, de paso y pese a las restricciones que me impone este formato, que la idea de naturaleza, para la concepción metafísica, no excluye el dinamismo del ente, en este caso del ente que el hombre es. La idea de ente, desde el mismo momento de la creación, incluye el alter de sí mismo. Y ese otro de sí, en el caso del hombre, ese acabamiento de sí, se alcanza mediante acciones. Pero se trata de acciones que, para alcanzar la plenitud humana, deben ejecutarse siguiendo las inclinaciones que brotan de la propia naturaleza humana. Esto es lo que les produce escozor.

Lo advertido precedentemente es ignorado de modo deliberado tanto por Paglia como por quien lo enviara a refundar la moral católica. Esto es así: no podían admitir la existencia de una acción libre, ejecutada a partir de una configuración inteligible ya puesta por el Creador en la criatura racional. La operación que pretendían realizar debía ser pensada al margen de toda configuración inteligible dada: solo de ese modo la voluntad humana podría llegar a ser auténticamente creadora y libre. ¡No puedo imaginar mayor tropelía!

Tiene razón Paglia cuando expresa que lo que estaban proponiendo con el Papa Francisco era un «…nuevo paradigma de la ética de la vida y de la existencia humana.» (p. 8). Ya no se trataba solo de una verdadera recreación del Instituto «Juan Pablo II», como dice Paglia (p. 7), sino de cambiar la teología moral católica enseñada y vivida por la Iglesia durante dos mil años (nuevamente: ¡qué tropelía!). ¿La sustituta?: una moral de situación, producto de un nominalismo antimetafísico, que no solo diluye la teología moral sino la teología dogmática y la teología litúrgica.

Refundar la Iglesia significaba, para Francisco, desestimar los trascendentales del ser, disolviendo, de este modo, el contenido de la verdad creída, de la verdad vivida y de la verdad celebrada.

Esta versión de una «moral a la carta», adaptada a la vida del hombre de hoy, vehiculiza una visión filosófico-teológica muy particular, situada, ciertamente, en la vereda contraria a lo que enseña la tradición de la Iglesia y la Sagrada Escritura.

Tomás de Aquino nos enseña que la naturaleza es principio del orden. Y lo es porque dispone a todas las potencias del alma, en este caso del hombre, hacia su fines propios.

Rechazar la naturaleza es rechazar el orden, y rechazar el orden es ir a contrapelo de uno mismo, negar la matriz teísta que Dios ha impreso en nuestro ser. En términos agustinianos, diríamos que este rechazo del orden procede de una voluntad que se quiere constituir como principio en lugar del Principio.

Es esta voluntad, sin lugar a dudas, la que fundó la civitas diaboli de la que nos habla el santo de Hipona en su De civitate Dei.

«Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras».

Carlos Daniel Lasa

 



[1] Carlos Daniel Lasa. “La crítica de Augusto Del Noce al personalismo no metafísico de Renouvier y Lequier”. En Salmanticensis 66 (2019) p. 270.

1 comentario

Miguel A. Parra
Soy poco versado en temas filosóficos, de modo que hay conceptos en el artículo que se me escapan. Pero entiendo que de lo que se nos advierte aquí es, nada menos, la pretensión edenica ¡otra vez! de tomar del fruto del árbol del conocimiento del Bien y del Mal para adaptarlo a nuestra propia voluntad, sin hacer cuentas de que ése árbol fue puesto por Dios como pivote de nuestra existencia, y que en nuestra naturaleza de criaturas está aceptarlo sin manipularlo. ¿Estamos, de facto, bajo la pretensión de fundar una nueva Iglesia a impulsos de un príncipe de este mundo?
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13/07/26 6:04 PM

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