(NCRegister/InfoCatólica) Estados Unidos se aproxima a un punto de inflexión demográfico del que difícilmente podrá regresar. Así lo advierte el informe The Demographic Dead End: 2026 State of Fertility Report, elaborado por el Institute for Family Studies, que sitúa la tasa de fertilidad del país en torno a 1,6 hijos por mujer, muy por debajo del 2,1 necesario para mantener estable la población sin recurrir a la inmigración.
Un declive permanente, no pasajero
El estudio subraya que no se trata de una caída coyuntural, sino de un cambio demográfico de carácter permanente. De mantenerse las tendencias actuales, la población estadounidense alcanzaría su punto máximo durante la década de 2050 para, a partir de entonces, iniciar un descenso sostenido. El informe advierte además de las graves consecuencias estructurales de una fecundidad prolongadamente baja: el envejecimiento acelerado de la población, la reducción de la proporción de trabajadores por cada jubilado y el debilitamiento de las redes familiares.
Una brecha entre los hijos deseados y los nacidos
Los datos resultan especialmente reveladores al confrontarlos con los deseos de los propios estadounidenses, que aspiran de media a tener alrededor de 2,4 hijos. Existe, por tanto, una brecha creciente entre los hijos que se anhelan y los que finalmente se tienen, distancia que el informe no atribuye a causas meramente económicas. La profesora Catherine Pakaluk, de la Universidad Católica de América, resume así el origen del problema: «El factor impulsor es un cambio en el valor relativo otorgado a los hijos». Y matiza que, si bien «los costos y el matrimonio tardío importan en los márgenes», no constituyen la raíz de la caída.
Ni los subsidios cambian el corazón
La investigadora advierte de que las palancas en manos del poder público resultan insuficientes para revertir la tendencia: «Los mecanismos que el gobierno controla realmente no son los que cambian el tamaño final de la familia». En otras palabras, ni las ayudas económicas ni las políticas de natalidad bastan cuando lo que ha cambiado es la valoración misma de la vida y de los hijos. El propio informe aporta un dato de hondo significado para la mirada católica: los estados con mayor participación religiosa, más matrimonios y mayor estabilidad familiar mantienen tasas de natalidad comparativamente más altas que aquellos donde se ha debilitado la formación de familias. La constatación confirma que la apertura generosa a la vida, la familia fundada en el matrimonio y la práctica de la fe siguen siendo el terreno donde florece la esperanza frente a la mentalidad antinatalista y la cultura de la muerte.







