Los obispos de Estados Unidos consagran el país al Sagrado Corazón de Jesús en el 250.º aniversario de la independencia

Trump envía un mensaje desde la Casa Blanca

Los obispos de Estados Unidos consagran el país al Sagrado Corazón de Jesús en el 250.º aniversario de la independencia

La consagración de Estados Unidos al Sagrado Corazón coincide con el aniversario del acto universal de León XIII y con el 75.º de la ordenación episcopal de Fulton Sheen

(InfoCatólica) Los obispos de Estados Unidos consagran hoy, 11 de junio, el país al Sagrado Corazón de Jesús en una ceremonia solemne celebrada en la Basílica de Nuestra Señora Reina del Universo, en Orlando (Florida), coincidiendo con la preparación del 250.º aniversario de la independencia nacional. El presidente Donald Trump se ha sumado al acto con un mensaje oficial en el que invoca la herencia cristiana de la nación y advierte de las amenazas que, a su juicio, buscan expulsar a Dios de la sociedad estadounidense.

Una fecha con resonancias inesperadas

La consagración estaba prevista inicialmente para mañana, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, al cierre de la asamblea plenaria de primavera del episcopado. Sin embargo, durante la reunión de noviembre pasado se aprobó una moción para adelantarla al 11 de junio, de modo que cada obispo pudiera regresar a su diócesis y consagrarla individualmente en la propia solemnidad.

A raíz de este acontecimiento, monseñor Roger Landry, sacerdote de la diócesis de Fall River (Massachusetts) y director nacional de las Obras Misionales Pontificias en Estados Unidos, subraya la doble relevancia histórica de la fecha elegida, más allá de la coincidencia con el mensaje presidencial.

La consagración universal de León XIII

La primera razón que señala Landry es que el 11 de junio de 1899 el papa León XIII consagró el mundo entero al Sagrado Corazón de Jesús. Exactamente un siglo después, el 11 de junio de 1999, san Juan Pablo II calificó aquel acto como «un paso extraordinariamente importante en el camino de la Iglesia».

Monseñor Landry lamenta que pocos fieles conozcan hoy aquella consagración de hace 127 años y destaca que san Juan Pablo II veía en ella algo que «la mayoría de los historiadores y periodistas, seculares y católicos, pasan por alto: la significación objetiva de un acto de consagración». Lo que los obispos estadounidenses realizan hoy, argumenta, tendría para Juan Pablo II una importancia análoga para el país.

Landry responde además a quienes consideran la devoción al Sagrado Corazón una práctica superada tras el Concilio Vaticano II. Recuerda que san Juan Pablo II citó expresamente a León XIII: «Debemos recurrir a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida. [...] ¿No es este el programa del Concilio Vaticano II y de mi propio pontificado?». En la misma línea, señala, Benedicto XVI afirmó en una meditación del Ángelus de 2008 que la devoción al Sagrado Corazón constituye el «centro de la fe», porque la encarnación del Hijo de Dios y el amor expresado en su corazón traspasado son el núcleo de la redención.

Dimensión misionera de la consagración

El director de las Obras Misionales Pontificias subraya que cuando León XIII consagró al mundo entero, y no solo a la Iglesia, al Sagrado Corazón, era plenamente consciente del alcance misionero de aquel gesto. El pontífice encomendó expresamente a los no cristianos al amor redentor de Jesús, que «derramó su sangre por la salvación de todo el género humano».

El papa Francisco desarrolló esta dimensión misionera en su encíclica Dilexit Nos (2024), donde escribió que «la relevancia perdurable de la devoción al corazón de Cristo se hace especialmente evidente en la obra de la evangelización». Citando a san Vicente de Paúl, recordaba que «el corazón de Nuestro Señor nos envía, como a los apóstoles, a llevar fuego a todas partes», en eco de las palabras del propio Jesús: «He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!» (Lc 12,49).

La consagración nacional, argumenta Landry, no se limita a los católicos practicantes, sino que implica una petición para que Dios reavive el sentido misionero del país, no solo dentro de sus fronteras, sino más allá de ellas.

El aniversario de Fulton Sheen

La segunda coincidencia que destaca monseñor Landry es que el 11 de junio de 1951, hace exactamente 75 años, el venerable Fulton J. Sheen recibió la ordenación episcopal. La devoción al Sagrado Corazón fue central en la vida sacerdotal de Sheen, quien vinculaba la adoración eucarística con el corazón traspasado de Cristo.

«El secreto de mi predicación es que nunca he dejado de pasar una hora en presencia de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. De ahí viene la fuerza. Ahí nacen los sermones. Ahí se concibe todo buen pensamiento», confesó Sheen, que instaba a sus hermanos sacerdotes: «¡Cuánto más arderían nuestras palabras al predicar si preparáramos nuestros sermones ante el Señor eucarístico!».

Landry concluye expresando su deseo de que la consagración de hoy se convierta, como habría dicho san Juan Pablo II, en «un paso extraordinariamente importante en el camino» de Estados Unidos.

Trump: «América ha sido siempre guiada por la mano amorosa de Dios»

En un comunicado, el presidente Trump y la primera dama, Melania Trump, se unen en oración con los obispos reunidos en Orlando y describen la consagración como «un momento poderoso en nuestra historia nacional» que recuerda que «América ha sido siempre guiada por la mano amorosa de Dios».

El texto presidencial traza un arco histórico que arranca con los primeros misioneros y colonos cristianos del continente. Trump recuerda que, pocos años después de la Guerra de Independencia, el obispo John Carroll, primer obispo de Estados Unidos y primo de Charles Carroll, único firmante católico de la Declaración de Independencia, consagró la joven república a la Virgen María. La consagración de hoy al Sagrado Corazón representa, según el mensaje, «otro hito histórico» en esa tradición, en la que los obispos «celebran los abundantes dones» que Dios «ha concedido a esta nación, fundada sobre las verdades evidentes de que nuestro Creador ha dotado a todas las personas del derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

El presidente enlaza además la solemnidad del Sagrado Corazón, que se celebra mañana 12 de junio, con un episodio decisivo de la lucha contra el comunismo. El 12 de junio de 1987, el presidente Ronald Reagan pronunció su célebre discurso ante la Puerta de Brandeburgo en Berlín, en el que instó al secretario general soviético Mijaíl Gorbachov a «derribar este muro». Reagan identificó entonces la distinción más profunda entre el Este y el Oeste: «El mundo totalitario produce atraso porque ejerce tal violencia contra el espíritu, frustrando el impulso humano de crear, disfrutar y adorar». Y relató cómo una torre de televisión construida por el gobierno comunista de Alemania Oriental proyectaba involuntariamente el signo de la cruz cuando el sol incidía en su esfera de cristal, como prueba de que «los símbolos de amor, los símbolos de adoración, no pueden ser suprimidos».

Aquel mismo día, a poco más de 300 kilómetros, san Juan Pablo II se dirigía a los jóvenes polacos en la península de Westerplatte, el lugar donde unos 200 soldados resistieron durante siete días a una fuerza de aproximadamente 4.000 soldados alemanes al inicio de la Segunda Guerra Mundial. El Papa desafió a los jóvenes: «Cada uno de vosotros encuentra también su propia "Westerplatte" en la vida. Un conjunto de tareas que deben emprenderse y cumplirse. Una causa justa por la que no podéis dejar de luchar». Y cerró citando las palabras de un mártir polaco: «Más espantosa que la derrota de las armas es la derrota del espíritu humano».

Trump concluye afirmando que, gracias al liderazgo moral de Reagan y de san Juan Pablo II, «las fuerzas ateas del comunismo soviético fueron derrotadas y el espíritu humano triunfó». Casi cuatro décadas después, advierte, la nación se enfrenta a «un nuevo conjunto de ideologías amenazantes que buscan una vez más expulsar a Dios de nuestra sociedad». Con la consagración de hoy, el presidente expresa su deseo de que Estados Unidos siga siendo «una tierra de fe, un país de milagros, y una luz y gloria para todas las naciones».

 

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