(KAI/InfoCatólica) El lunes después de Pentecostés, la Iglesia universal celebra la memoria obligatoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia. La festividad, nacida del impulso de los obispos polacos durante el Concilio Vaticano II y establecida en Polonia hace hoy cincuenta y cinco años, fue extendida a toda la Iglesia en 2018 por el Papa Francisco. Su historia recorre más de medio siglo de devoción mariana que enlaza la tradición patrística con la piedad popular y la reforma litúrgica.
Raíces antiguas de un título conciliar
Aunque la proclamación formal del título es relativamente reciente, la conciencia de la maternidad eclesial de María hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo. Como recoge el decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de 2018, ya san Agustín enseñaba que María «es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia», mientras que san León Magno señalaba que «el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo», indicando así que María es, al mismo tiempo, madre de Cristo y madre de los miembros de su Cuerpo Místico.
Esa tradición teológica fue madurando a lo largo de los siglos hasta encontrar su expresión conciliar en el capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen Gentium, dedicado íntegramente a la Virgen. El texto afirma que «en su actividad apostólica, la Iglesia mira justamente a Aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que, por medio de la Iglesia, también en los corazones de los fieles nazca y crezca» (n.º 65).
La proclamación de Pablo VI
Los obispos polacos desempeñaron un papel destacado en el camino hacia la proclamación. Durante el Concilio, presentaron al Papa Pablo VI un memorial en el que solicitaban que María fuese declarada Madre de la Iglesia. El 16 de septiembre de 1964, en la tercera sesión conciliar, el primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszyński, pronunció un discurso en el que fundamentó la necesidad de otorgar a la Virgen ese título, apelando a la experiencia del pueblo polaco, para el que la Madre de Dios había sido «auxilio, socorro y victoria». Los prelados polacos impulsaron también la incorporación de la doctrina mariana a la Constitución sobre la Iglesia.
La petición, sin embargo, no fue exclusivamente polaca. Como reconoció el propio Pablo VI, el título había sido «sugerido por diferentes partes del orbe católico» y «muchísimos padres conciliares» habían pedido «insistentemente una declaración explícita» de la función maternal de la Virgen sobre el pueblo cristiano.
El 21 de noviembre de 1964, fiesta de la Presentación de la Virgen, al clausurar la tercera sesión conciliar, Pablo VI pronunció la fórmula solemne de proclamación: «Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título». El Pontífice encomendó además todo el género humano a los cuidados de la Madre celestial.
Cuatro años más tarde, en junio de 1968, al concluir el Año de la Fe, Pablo VI ratificó la proclamación en su Profesión de Fe solemne, conocida como Credo del Pueblo de Dios.
Polonia, pionera en la celebración litúrgica
El Episcopado polaco fue el primero en traducir la proclamación conciliar en celebración litúrgica. Incorporó a la Letanía Lauretana la invocación «Madre de la Iglesia, ruega por nosotros» y solicitó a la Santa Sede que la incluyera en el rito universal y que la festividad se extendiese a toda la Iglesia.
El 3 de mayo de 1966, mediante el Acto del Milenio, Polonia consagró la nación a María, Madre de la Iglesia. Cinco años después, el 4 de mayo de 1971, el Episcopado introdujo la fiesta en el calendario litúrgico polaco, fijándola en el lunes posterior a Pentecostés, fecha elegida por ser el inicio de la actividad de la Iglesia. «Polonia lo hace como una de las primeras entre las naciones cristianas. Aceptemos esta primacía como una gracia especial y una recompensa por la fidelidad y el amor del pueblo a María», escribieron los obispos.
El 24 de junio de aquel mismo año, el Episcopado polaco dirigió un memorial a todos los episcopados del mundo católico animándoles a introducir la nueva fiesta en sus respectivos calendarios, a consagrar diócesis y naciones a la protección de María, Madre de la Iglesia, y a interceder ante el Papa para que encomendase a toda la familia humana a su cuidado. «Estamos convencidos de que lo que no logran nuestros programas pastorales y esfuerzos apostólicos en la obra de renovación conciliar, lo logrará la humilde Virgen de Nazaret, Auxilio de los Fieles, Madre de la Iglesia», escribieron.
Un camino gradual hacia la fiesta universal
La Santa Sede respondió de forma progresiva a las peticiones. En 1973, la Congregación para el Culto Divino aprobó una misa votiva en honor de María, Madre de la Iglesia, que fue incluida posteriormente en el Missale Romanum con ocasión del Año Santo de 1975. En 1980, concedió la facultad de añadir la invocación «Madre de la Iglesia» a las Letanías Lauretanas en los calendarios particulares que lo solicitasen. Y en 1986 publicó nuevos formularios en la Collectio missarum de Beata Maria Virgine. A lo largo de esos años, la celebración fue autorizada en el calendario propio de varios países, entre ellos Polonia y Argentina, así como en el de diversas órdenes y congregaciones religiosas, e incluso en la propia Basílica de San Pedro, donde Pablo VI había pronunciado la proclamación.
De memoria particular a obligación universal
El paso definitivo llegó en 2018. El Papa Francisco, «considerando atentamente que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana», estableció que la memoria fuese inscrita en el Calendario Romano General como obligatoria para toda la Iglesia de rito romano, el lunes después de Pentecostés. El decreto, firmado el 11 de febrero de 2018 (160.º aniversario de la primera aparición de la Virgen en Lourdes) por el cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación, y el arzobispo Arthur Roche, secretario, subraya que la celebración «nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos».
En su comentario al decreto, el cardenal Sarah ofreció una reflexión espiritual sobre el sentido profundo de la nueva memoria: «Si queremos crecer y llenarnos del amor de Dios, es necesario fundamentar nuestra vida en tres realidades: la Cruz, la Hostia y la Virgen, Crux, Hostia et Virgo. Estos son los tres misterios que Dios ha dado al mundo para ordenar, fecundar, santificar nuestra vida interior y para conducirnos hacia Jesucristo. Son tres misterios para contemplar en silencio».
En 2020, el Papa Francisco completó el arco iniciado por los obispos polacos medio siglo antes al disponer que la invocación «Madre de la Iglesia» fuese incorporada a la Letanía Lauretana para toda la Iglesia universal.
El Movimiento de Auxiliares de la Madre de la Iglesia
Cada año, en esta festividad, el Movimiento de Auxiliares de la Madre de la Iglesia celebra su fiesta patronal. Su fecha fundacional se sitúa el 26 de agosto de 1969, cuando el cardenal Wyszyński emitió un documento convocando a las personas de buena voluntad a auxiliar a la Iglesia y a la patria cristiana por medio de la Madre de Dios. En 1973, el Episcopado polaco aprobó el movimiento como una de las formas de formación del laicado para el apostolado.








