(InfoCatólica) Gavin Ashenden, exobispo anglicano convertido al catolicismo y editor asociado de The Catholic Herald, ha publicado en el National Catholic Register un análisis crítico de la reciente visita al Vaticano de Sarah Mullally, primera mujer en ocupar la sede de Canterbury.
Para Ashenden, la efusiva bienvenida del Papa León XIV a la jerarca anglicana plantea serias dudas sobre la coherencia eclesiológica del proceso ecuménico y sobre la aplicación de la doctrina católica relativa a la nulidad de las órdenes anglicanas. La percepción de gran parte de los conversos del anglicanismo al catolicismo es similar y son voces que ofrecen una perspectiva que merece la pena que sean escuchadas.
Un recibimiento que «excede la hospitalidad diplomática»
El analista, antiguo capellán de la difunta reina Isabel II y hoy laico católico, recoge los términos en que el vaticanista Edward Pentin describió el encuentro. Según Pentin, las cortesías dispensadas por las autoridades vaticanas «excedieron la hospitalidad diplomática e incluyeron gestos cargados de significado eclesial»: una audiencia privada con León XIV y la oportunidad, inédita para un arzobispo de Canterbury de visita, de impartir una bendición en la Capilla Clementina de la Basílica de San Pedro, lugar descrito por el periodista como «el sitio mismo del martirio de San Pedro y, por tanto, un espacio donde la sucesión apostólica se concentra visual y espiritualmente».
A juicio de Ashenden, estos gestos no son neutros. Sostiene que la jerarquía católica, al acoger «con tanto fervor» a Mullally, ha mostrado escasa sensibilidad tanto hacia su propio juicio sobre la validez de las órdenes anglicanas como hacia las posiciones doctrinales de la nueva arzobispa. El recibimiento, advierte, supone un agravio particular para los conversos del anglicanismo al catolicismo, que dieron ese paso «por convicción de la falta de integridad de las órdenes anglicanas y del peligro de su heterodoxia ética».
La trayectoria de Sarah Mullally
El análisis dedica una parte sustancial a perfilar a la jerarca anglicana. Ashenden, apoyándose en la reseña que el comentarista episcopaliano George Conger ha hecho de la biografía escrita por Andrew Atherstone, sostiene que Mullally ha recorrido un itinerario que la ha llevado «de la claridad evangélica conservadora al liberalismo progresista de moda» o, en términos teológicos, «de la ortodoxia bíblica protestante al deísmo terapéutico».
Para el autor, ese recorrido explica la rapidez de la promoción eclesiástica de Mullally. Argumenta que en la Iglesia de Inglaterra los evangélicos conservadores son percibidos como «un estorbo teológico, cultural y político» por el establishment, y que alcanzar mayores responsabilidades exige, en su lectura, evolucionar hacia «un agnosticismo políticamente sofisticado con conciencia social» y, con frecuencia, con inclinación política socialista.
Ashenden no afirma que Mullally renunciara deliberadamente a su ortodoxia por ambición secular ―reconoce que «no conocemos la respuesta»―, pero formula la pregunta a partir de la trayectoria pública: una carrera previa en enfermería que la llevó a dirigir la burocracia que supervisaba la profesión en el Reino Unido, seguida de una promoción eclesiástica notablemente acelerada.
Aborto y uniones del mismo sexo
El comentarista subraya las dos posiciones doctrinales que, a su juicio, sitúan a Mullally «en el extremo más alejado de la heterodoxia progresista». Según Ashenden, la arzobispa ha defendido el aborto como «preferencia ética» dentro de la legitimación de la agenda feminista y ha apoyado la bendición de uniones entre personas del mismo sexo, en contradicción con la enseñanza tradicional sobre el matrimonio, el sexo y la identidad.
«La Iglesia católica goza de una reputación de claridad tanto en el aborto como en la naturaleza del matrimonio», escribe Ashenden, «y no se hace ningún favor a sí misma cuando recibe a clérigos de otras confesiones que encarnan preferencias heterodoxas como si tal claridad no importase».
Apostolicae Curae y la cuestión de las órdenes anglicanas
El núcleo eclesiológico de la crítica remite a Apostolicae Curae, la bula del Papa León XIII que declaró nulas e írritas las órdenes anglicanas. Ashenden recuerda que aquel documento dejó claro «por qué las órdenes anglicanas eran nulas e inválidas y por qué siempre lo habían sido», reconociendo a la vez que tal nulidad respondía «a la intención original y deliberada del ordinal anglicano y de la eclesiología politizada de los siglos XVI y XVII».
El hecho, prosigue, de que los anglicanos hayan modificado posteriormente su parecer y busquen «cierto grado de legitimidad por parte de la Iglesia Madre con la que están en cisma no cambia la historia ni sus credenciales».
Verdad frente a cortesía
La parte final del comentario articula el argumento teológico de la crítica: la oposición entre «ser amable» y «ser veraz». Ashenden recuerda que, en el sacramento de la reconciliación, la precondición es que el penitente reconozca la verdad sobre sí mismo. «Resulta extraño», escribe, «que una regla que se aplica con tanta evidencia a la penitencia individual quede suspendida o incluso invertida en el plano institucional o corporativo».
A continuación enumera lo que, en su lectura, sigue separando hoy a la comunión anglicana de la Iglesia católica: los formularios anglicanos «todavía repudian la Misa, todavía repudian la autoridad del Obispo de Roma y todavía repudian el purgatorio y un cierto número de concilios ecuménicos». A ello suma, en clave histórica, la responsabilidad de Inglaterra en «la destrucción de la cultura católica» y la confiscación estatal de los bienes eclesiásticos.
Para Ashenden, el ecumenismo solo puede tener integridad si se construye «no sobre gestos que oscurecen la realidad o suavizan la contradicción, sino sobre una sumisión compartida a la verdad que Cristo mismo encarna». Lo contrario, advierte, «corre el riesgo de convertirse en un teatro de sentimiento más que en una obra de reconciliación». Mientras la primera tarea ecuménica, que sugiere debería corresponder al «Patriarca de Occidente», no se aborde con esa exigencia, encuentros como el de Mullally con León XIV permanecerán, en su diagnóstico, «suspendidos entre la apariencia y la realidad, ofreciendo la forma de la unidad sin su sustancia».







