(ACI Prensa/InfoCatólica) El cardenal Frank Leo, arzobispo de Toronto, escribió el 20 de abril al primer ministro canadiense, Mark Carney, y a los parlamentarios de la zona de Toronto, instándolos a apoyar el proyecto de ley C-218, conocido como Ley del Derecho a la Recuperación, que bloquearía la expansión del suicidio asistido a personas cuya única condición subyacente sea una enfermedad mental. El purpurado les pidió que «elijan la vida y no la muerte».
El proyecto C-218 fue presentado el año pasado por la diputada conservadora Tamara Jansen. Según la legislación federal vigente, la expansión de la «asistencia médica para morir» (MAID, por sus siglas en inglés) a personas con enfermedades mentales está programada para entrar en vigor el 17 de marzo de 2027. Se esperaba que el Parlamento debatiera el proyecto de ley a principios de este mes de abril, pero su turno en la Cámara de los Comunes ha sido pospuesto y aún no se ha fijado una nueva fecha.
Casi 100.000 muertos por eutanasia desde 2016
En sus cartas, el cardenal Leo recordó al primer ministro y a los parlamentarios que una sociedad «se juzga» por cómo cuida a sus miembros más vulnerables, y afirmó que muchos canadienses están «cada vez más preocupados» por la expansión de la MAID desde su legalización en 2016. Desde entonces, casi 100.000 vidas han terminado mediante la muerte médicamente asistida, pues los criterios de elegibilidad se han ido ampliando mucho más allá del marco original, que la restringía únicamente a quienes enfrentaban una muerte razonablemente previsible.
«Nuestra fe católica se opone a quitar cualquier vida, y es con gran decepción y angustia que hemos visto expandir en nuestro país la MAID a un ritmo rápido y alarmante», escribió el cardenal.
El suicidio asistido y la eutanasia, subrayó el purpurado, son «contrarios a la dignidad de la persona humana». Y advirtió: «Existe una creciente preocupación de que la normalización y expansión del suicidio asistido ponga en riesgo la cultura de la compasión, debilite la inversión en cuidados paliativos y disminuya el compromiso colectivo de acompañar a quienes sufren.»
«Construyan una civilización que cuide a los que sufren, no que los elimine»
Con palabras que no dejan lugar a la ambigüedad, el cardenal Leo instó al primer ministro y a los parlamentarios a tomar partido por la vida: «Les pido que elijan la vida y no la muerte; que ayuden a construir una civilización que cuide de quienes sufren y no los elimine, sino que los rodee de dignidad, compasión y amor.»
Asimismo, solicitó al primer ministro Carney y al ministro de Justicia, Sean Fraser, que «consideraran medidas para restringir la expansión del suicidio asistido en Canadá y, en cambio, priorizaran las inversiones en cuidados paliativos, apoyo a la salud mental y recursos para quienes se encuentran cada vez más marginados y aislados, especialmente las personas mayores y los canadienses con discapacidad».
El cardenal también pidió expresamente al primer ministro que permitiera a los diputados liberales votar libremente cuando el proyecto de ley C-218 sea presentado ante el Parlamento. «Esta legislación plantea profundas cuestiones de conciencia que trascienden las afiliaciones partidistas y afectan las convicciones morales, éticas y espirituales profundamente arraigadas», escribió el purpurado.
La campaña Help Not Harm moviliza a miles de canadienses
El cardenal Leo y la Arquidiócesis de Toronto lideran la campaña nacional Help Not Harm, que anima a los canadienses a escribir a sus parlamentarios para que apoyen el proyecto de ley C-218. A mediados de abril ya habían sido enviadas unas 5.000 cartas a través del portal en línea de la campaña.
«Animamos a las parroquias y a los fieles a que continúen sus esfuerzos durante el mes de abril y hasta que se anuncie la fecha de la votación», declaró Neil MacCarthy, director de relaciones públicas y comunicaciones de la arquidiócesis. Canadá, que en apenas una década ha convertido la muerte en política de Estado para casi 100.000 de sus ciudadanos, se enfrenta ahora a una encrucijada: continuar por el camino del descarte o escuchar la voz de la Iglesia, que no cesa de recordar que todo ser humano merece ser acompañado en su sufrimiento, no eliminado.







