(Genethique/InfoCatólica) El número de eutanasias en Bélgica no deja de crecer. En 2025, 4.486 personas fueron sometidas a esta práctica, incluido un menor de edad, lo que supone un aumento del 12,4% respecto al año anterior. La eutanasia representa ya el 4% de todas las muertes del país: una media de doce al día. Pero detrás de las cifras, algunos médicos de familia empiezan a hablar abiertamente del peso humano, organizativo y emocional que supone provocar deliberadamente la muerte de un paciente. Hay quienes han decidido dejar de practicarla ellos mismos.
«Una experiencia muy dura»
Un médico generalista belga, cuyo nombre no se ha hecho público, ha relatado su experiencia tras haber realizado tres eutanasias a lo largo de su carrera. «En mi carrera como médico generalista, he realizado tres eutanasias y, en cada ocasión, ha sido una experiencia muy dura para mí, tanto en el plano humano como en el emocional», confiesa. «Después del acto, debo decir que necesitaba tomarme el día libre porque me sentía realmente mal, lleno de preguntas, de interrogantes interiores», añade.
El testimonio pone de manifiesto una realidad que las estadísticas no recogen: el impacto que la práctica de la eutanasia tiene sobre los propios profesionales sanitarios que la ejecutan. Una presión que no hace sino aumentar en un país donde las solicitudes crecen año tras año y donde casi una de cada cuatro eutanasias (el 24,9% en 2025) se practica a personas cuyo pronóstico vital no está comprometido a corto plazo, lo que amplía el perfil de pacientes que llegan a la consulta del médico de familia con esta petición.
La relación con la familia, alterada para siempre
El médico describe también las consecuencias que la eutanasia tiene en la relación terapéutica con los familiares del paciente fallecido. «No hay nada que hacer, pero algo cambia», afirma. «Algunos cambian de médico, de hecho». A su juicio, «volver a ver al médico que ha practicado la eutanasia de un miembro de la familia puede recordar algo doloroso».
Se trata de un efecto poco abordado en el debate público, pero que afecta directamente al ejercicio cotidiano de la medicina de familia: la eutanasia no solo pone fin a la vida del paciente, sino que puede romper el vínculo de confianza entre el médico y el entorno del fallecido.
Equipos especializados como alternativa
Aunque no se opone a la práctica en sí misma, este médico belga ha decidido no volver a realizarla personalmente. En su lugar, recurre a equipos especializados como los de la Asociación por el Derecho a Morir con Dignidad (ADMD) o el consorcio LEIF-EOL. «Yo redacto el primer dictamen, que transmito a un médico de la ADMD o de EOL, y ellos redactan el segundo dictamen», explica. «Se encargan de la organización, la logística, el pedido de los productos, el acto en sí, el certificado de defunción y todo el papeleo previo y posterior».
Según el facultativo, estos equipos están compuestos en buena parte por «generalistas jubilados que disponen de más tiempo» o «médicos hospitalarios retirados». «Desde que adopté este funcionamiento, me siento mucho más tranquilo», declara.
Un sistema que se retroalimenta
El caso no es aislado. Según el último informe bisanual de la Comisión Federal de Control y Evaluación de la Eutanasia, correspondiente al periodo 2022-2023, solo el 3% de los médicos consultados como segunda opinión en los procedimientos de eutanasia tenían formación en cuidados paliativos. En cambio, un tercio de esos médicos «independientes» habían recibido formación impartida en colaboración con la propia ADMD, la misma organización a la que el médico protagonista de este testimonio delega ahora la ejecución del acto.
El dato revela que los equipos vinculados a las asociaciones pro-eutanasia no desempeñan un papel marginal en el sistema belga, sino que ocupan una posición estructural tanto en la consulta preceptiva como en la ejecución material. Una concentración que plantea interrogantes sobre la independencia real del proceso de verificación.
A ello se suma que la Comisión no remitió ni un solo expediente a la Fiscalía en 2025, como tampoco lo hizo en 2024, pese a haber solicitado información complementaria en casi una cuarta parte de los casos. El Instituto Europeo de Bioética ha señalado que, informe tras informe, la Comisión «interpreta muy libremente el texto de la ley hasta reducir a la nada el control que debe ejercer sobre determinadas condiciones legales».
El panorama que dibuja el testimonio de este médico de cabecera es el de un sistema que se retroalimenta: la carga emocional empuja a los generalistas a externalizar la práctica, lo que refuerza el peso de unos equipos especializados vinculados a las organizaciones que promueven la eutanasia, mientras el organismo encargado de supervisar todo el proceso reconoce no tener medios para ejercer un control efectivo.






