(InfoCatólica) En un artículo publicado en La Nuova Bussola Quotidiana, Stefano Fontana, profesor en la Sapienza, ensayista y periodista de temas religiosos, parte de un acontecimiento civil italiano para analizar la cambiante relación entre la sociedad y la religión católica.
El Presidente italiano, Sergio Mattarella, acaba de premiar a 28 jóvenes por su civismo y valentía en una ceremonia civil, pero con un fuerte aspecto de religiosidad laica. Se trata del premio de «Abanderados de la República». Los premiados se han distinguido por razones muy diversas, desde un niño de 13 años que salvó de ahogarse a un amigo a un poeta de 17 años y una voluntaria de la Cruz Roja. Para Fontana, este tipo de actos manifiestan una especie de «santidad laica» en un mundo «que parece funcionar como si Dios no existiera».
En ese sentido, el periodista italiano señala que este tipo de ceremonias tiene multitud de aspectos paralelos a la religión que conforman «una dimensión de religiosidad laica»: un credo de valores que hay que defender incluso con riesgo personal, un texto sagrado que los contiene (la Constitución), un ritual que debe seguirse (el protocolo civil), una autoridad superior que otorga el reconocimiento (en este caso, el Presidente) y una comunidad, aunque sea civil y no eclesial. Para Fontana «la Iglesia tiene sus santos, pero la República también tiene los suyos».
Esto puede parecer inocuo, pero, para Fontana, es un indicio de que el mundo considera que puede sustituir a la religión porque ya «ha alcanzado la madurez, es capaz de actuar por sí mismo, de garantizar de forma autónoma sus propios recursos morales y ya no necesita a Dios». El Estado moderno se esfuerza por mostrar que es posible «funcionar como si Dios no existiera».
Eso implica que la ética social secular y autónoma tiende a engullir y remplazar a la moral religiosa. La «religión laica» se presenta como superior a la «religión religiosa», convirtiéndose en el «criterio de su admisibilidad y legitimidad pública». Aunque el secularismo, en teoría, se opone a los principios absolutos, en la práctica se erige como absoluto en la esfera pública, definiendo el marco dentro del cual la religión debe operar para ser aceptada públicamente.
Esta situación es producto de un proceso lento, pero arrollador. Al principio comenzó a resaltarse desde el propio cristianismo que los santos proclamados por la Iglesia beneficiaban también a la sociedad y no solo a las almas de forma espiritual. Ahora se ha terminado por señalar que son los «santos sociales» proclamados por la República y que no se preocupan por el bien de las almas, los que deben servir de ejemplo para la Iglesia de lo que es ser un buen ciudadano. Al final se ha terminado por considerar que un cristiano solo es buen cristiano si es buen ciudadano en el sentido secular del término. Eso es lo que verdaderamente importa, lo demás son gustos y costumbres privadas irrelevantes para la sociedad.
Fontana señala que esta idea parte de una simplificación errónea. «Se supone que los jóvenes premiados solo estaban motivados por la ética secular, pero ¿cómo sabemos que eso es así?». De hecho, incluso cuando los premiados no son religiosos, lo que les impulsa a obrar bien es la ley moral natural, que encuentran en sus corazones y no la Constitución.
Además, en la práctica, quien defiende esa ley natural en nuestro mundo y la preserva de las deformaciones es la Iglesia Católica. La preservación de los principios de la ley moral natural en el sentido común se debe también a la religión cristiana, que no surge una vez que el plan natural ha seguido su curso, sino que lo cuestiona desde el principio, preservándolo y purificándolo. Por eso, «a medida que avanza la secularización, la defensa de la ley natural también se debilita».
Como dijo Benedicto XVI, «una sociedad donde Dios está ausente carece del consenso necesario sobre los valores morales y de la fortaleza para vivir según el modelo de estos valores, incluso en contra de sus propios intereses». Por eso, «incluso hoy, la sociedad necesita no solo ‘santos laicos, sino también ‘santos cristianos’».







