(InfoCatólica) La prohibición del incesto funda la familia. La prohibición del canibalismo funda la comunidad humana. La prohibición de traspasar las lindes funda la ciudad. Sobre estas tres exclusiones originarias, el filósofo Higinio Marín ha construido una reflexión que interpela directamente al debate migratorio contemporáneo y, en particular, a las obligaciones que la caridad cristiana impone a los laicos como ciudadanos y padres de familia.
Marín, rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera y catedrático de Antropología Filosófica, expuso su análisis en una ponencia titulada «Caridad y fronteras» durante las III Jornadas de Católicos y Vida Pública de Alcalá de Henares, organizadas por la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) los pasados 30 y 31 de enero en el Palacio Arzobispal complutense, bajo el lema «De las cosas nuevas del siglo XXI: migraciones que transforman el mundo».
Del instinto a la prohibición: los cimientos de lo humano
El punto de partida de Marín es etológico. A diferencia del resto de mamíferos, el ser humano carece de instintos en sentido estricto, es decir, de automatismos conductuales que conecten rígidamente estímulo y respuesta. Lo que posee son inclinaciones, mediadas por la voluntad y por códigos simbólicos que varían según las culturas. El hombre no sabe por naturaleza qué es comestible, qué agua es potable ni cómo organizar el acceso sexual dentro del grupo. Esa carencia de inteligencia grupal transmitida genéticamente, sostiene Marín, se suple mediante un recurso básico: la prohibición.
El proceso de socialización del niño consiste precisamente en la puesta de límites. Los sistemas culturales están articulados sobre estrategias prohibitivas que hacen posible la libertad. «Somos libres porque no tenemos instintos», señala el filósofo, «pero nuestra condición de seres libres requiere sistemas prohibitivos». Y añade un argumento escriturístico: en el relato del Génesis, la creación del ser humano no está completa hasta que se establece una prohibición. Del mismo modo, un pueblo alcanza el estatuto de libre cuando recibe la ley, como ocurrió con Israel al recibir la Torá de manos de Moisés.
La triple prohibición fundacional
Marín despliega su argumentación sobre tres prohibiciones que articulan la vida social humana. La primera es la prohibición del incesto, que funda la sociedad familiar. El filósofo señala que la especie humana presenta el menor dimorfismo sexual entre los homínidos, lo que indica etológicamente que no existe un sistema de competencia entre machos por las hembras. El mecanismo para evitar la endogamia no es instintivo, como la expulsión de los machos jóvenes entre los orangutanes, sino cultural: la prohibición del incesto se transmite por aprendizaje. Sin ella, argumenta, no hay manera de saber qué es un padre, una madre, un hijo o un hermano.
La segunda prohibición es la del canibalismo, que constituye la comunidad de lo humano. «Los que son excluidos de la condición de alimento son incluidos en la condición de humano», explica Marín. Pero la parte positiva de esa prohibición va más allá del mero no comerse: implica dar de comer. «Los humanos son los que se dan de comer entre sí y no los que se comen.» Esa obligación positiva cristaliza en la institución precristiana de la hospitalidad, cuyo tratado literario fundacional es, según el filósofo, la Odisea.
La tercera es la prohibición de las lindes, que genera la sociedad de vecinos. Marín recurre al relato de Tito Livio sobre la fundación de Roma: Rómulo traza un surco con el arado, proclama que quien lo traspase será reo de muerte, y ejecuta la sentencia contra su propio hermano Remo. Así se funda un tipo de sociedad donde los límites compartidos importan más que los vínculos de sangre. En latín, recuerda Marín, el surco se llama lira, y de ahí que quien lo salta «delira»: ha perdido el sentido común, que es también el sentido de lo común.
La pietas y el hogar como espacio de acogida
De la prohibición del incesto nace la virtud familiar. De la prohibición del canibalismo, la comunidad humana en su forma positiva. De las leyes como sistema prohibitivo surge la pietas romana, que originariamente designa los deberes del hijo respecto del padre y se extiende luego a los antepasados, a los difuntos, al territorio, a las instituciones, a las costumbres y al idioma. Lo que llamamos patria, subraya el filósofo.
El hogar humano, sostiene Marín, no se define por su cierre sino por su apertura. Lo que distingue a la casa humana es la puerta, no el tabique. La puerta está hecha para abrirse, y la costumbre de inaugurar una casa invitando demuestra que la hospitalidad es constitutiva del hogar. Donde no se acoge, advierte, se produce un «fenómeno de pauperización humana antropológica». Y entre las virtudes que los cristianos «viven con más imperfección» en la actualidad sitúa precisamente la hospitalidad, un hábito humano precristiano que la caridad cristiana perfecciona.
De la hospitalidad doméstica al hospital
Marín introduce una distinción que considera crucial: la hospitalidad es una virtud doméstica, pero cuando la demanda de acogida supera la capacidad de las casas particulares, se «externaliza» y genera un espacio propio. Así nacieron los hospitales en las grandes rutas de peregrinación medievales, camino de Santiago, Roma y Jerusalén: instituciones fundadas para ejercer una hospitalidad irrestricta, gestionadas por personas consagradas que habían llevado esa virtud a la perfección exigida por la caridad cristiana.
Pero esos hospitales, subraya, eran lugares de tránsito: «Nadie se viene a vivir al hospital. Ni queremos que viva la gente en el hospital.» El peregrino se detenía por necesidad y proseguía su camino cuando podía. Un lugar de acogida con arraigo permanente es otra cosa, argumenta Marín, y confundir ambas realidades lleva a plantear a los laicos una forma de acogida que corresponde a la vida consagrada, no al estatuto de ciudadanos con deberes respecto de bienes temporales.
La ordinalidad de los deberes morales
«Mis deberes morales, que tienen naturaleza universal, tienen sin embargo ordinalidad», afirma Marín. La obligación de dar de comer a todos los hombres no puede cumplirse quitándoles la comida a los propios hijos. La primera obligación es con los hijos, luego con los vecinos, después con los vecinos de los vecinos, y solo «si puedo, a todos los hombres». Esta jerarquía de deberes, sostiene, debe regir también la reflexión sobre la acogida a escala nacional.
Desde esta perspectiva, Marín distingue netamente entre hospitalidad e inmigración: «Hablar de hospitalidad y de inmigración como si lo uno implicara lo otro es equívoco. Porque la hospitalidad es la institución de acogida al viajero, no al que viene a quedarse.» Y reclama la obligación del huésped de adoptar los hábitos del anfitrión como «disposición elemental exigible». No exigirlo, a su juicio, es permitir una conducta abusiva.
El multiculturalismo como empresa fallida
El filósofo califica el multiculturalismo como «una empresa occidental fallida que no ha conseguido el grado de integración ni de convivencia necesario». Señala que las personas inmigran porque en los países de acogida hay futuro, un futuro que existe porque hay instituciones, y las instituciones son pasado acumulado, trabajo cristalizado en forma de memoria.
Marín denuncia además lo que considera una instrumentalización política de la inmigración: un momento en que «una determinada posición ideológica al mando en los Estados europeos decidió utilizar las migraciones de distinto patrón cultural para disminuir y diluir el patrón cultural dominante». Y plantea abiertamente una pregunta sobre la alianza entre partidos de orientación neomarxista e inmigrantes procedentes de tradiciones religiosas teocráticas: «¿Es una conclusión aventurada decir que lo que les une es un enemigo común?»
Laicos con deberes temporales
El argumento desemboca en una reivindicación del papel de los laicos católicos en el debate migratorio. Marín sostiene que la nación es un bien temporal, pasajero, pero real: «una unidad de destino en el mundo» formada por quienes comparten antepasados, idiomas, instituciones y territorio. La Iglesia, a su juicio, no tiene por qué preservar la nación como tal, pero al cristiano laico sí le corresponde ese deber. Un país puede legítimamente preferir, «sin que en ello haya un ápice de racismo», orígenes que produzcan «síntesis integratorias más pacíficas y más duraderas».
«Este es un tema que la Iglesia en España tiene que discutir», concluye Marín, «pero no solamente entre personas consagradas. Se tiene que escuchar primordialmente a laicos cristianos que quieren vivir la perfección de la caridad, pero que tienen deberes respecto de bienes que son temporales y seculares.»







