(ACI/InfoCatólica) El Papa León XIV presidió este Sábado Santo en el Vaticano la Vigilia Pascual, la «madre de todas las vigilias», en una Misa que se prolongó durante casi tres horas y que estuvo marcada por la densidad espiritual, la belleza de los signos litúrgicos y la proclamación jubilosa de la Resurrección de Cristo. En el centro de su homilía, el Santo Padre afirmó que, frente al pecado que mata, Dios responde con el amor que da y devuelve la vida.
La celebración comenzó con la Basílica de San Pedro a oscuras. En ese marco de recogimiento, el Pontífice bendijo el fuego del que se encendió el Cirio Pascual. En él fueron grabados el año 2026 y las letras alfa y omega, signo que recuerda la eternidad de Dios y la soberanía de Cristo sobre el tiempo y la historia. Después, el Papa bendijo el cirio y colocó en él cinco clavos de incienso, en memoria de los clavos de Cristo.
A continuación, mientras el Papa y los obispos ingresaban en procesión, todos los presentes entonaron el «Lumen Christi», es decir, «Luz de Cristo». Los fieles fueron encendiendo sus velas y, progresivamente, las luces del templo se encendieron también, mostrando con fuerza el simbolismo de la luz de Cristo resucitado que disipa las tinieblas.
Después, un diácono cantó el Pregón Pascual, el solemne anuncio litúrgico proclamado ante el Cirio Pascual y centrado en el misterio de la Resurrección del Señor. Más tarde comenzaron las lecturas, siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo, con las que la Iglesia recorre la historia de la salvación. La primera lectura, tomada del Génesis, fue leída en francés; la segunda, también del Génesis, en portugués; y la tercera, del Éxodo, en italiano. Tras cada lectura se proclamaron también los correspondientes salmos.
Concluida esa parte de la liturgia, se proclamó el Evangelio de Mateo 28, 1-10. Después de la homilía se cantaron las letanías de los santos y el Papa bautizó a diez catecúmenos, entre los que se encontraban personas de Corea, Gran Bretaña y Portugal. Más tarde se les revistió con una túnica blanca, signo de pureza, y recibieron también el sacramento de la Confirmación.
En la homilía, León XIV explicó que en «la historia de la salvación hemos visto cómo Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida». Con esas palabras, el Pontífice situó el misterio pascual en el corazón de la respuesta divina al drama del pecado, que destruye al hombre y rompe la comunión.
El Santo Padre comparó además el pecado con la piedra del sepulcro, describiéndolo como «una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza». Así presentó el pecado no solo como una culpa moral, sino como una fuerza que oprime, aísla y pretende sofocar la vida de la gracia.
Al referirse a María Magdalena y a la otra María, primeras testigos de la Resurrección, el Papa destacó que ellas «vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de ‘expulsar el odio’ y de ‘doblegar a los poderosos’». La escena evangélica le sirvió para recordar que la victoria de Cristo resucitado no es una idea abstracta, sino un hecho real que derrota el mal y transforma la historia.
León XIV remarcó asimismo: «El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar». De esta manera, el Papa volvió a poner ante los fieles la certeza central de la Pascua: la muerte no tiene la última palabra, porque Cristo ha vencido y ha abierto para los hombres el camino de la vida verdadera.
El Pontífice invitó luego a seguir el ejemplo de las santas mujeres que corrieron a comunicar la noticia de la Resurrección. «Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad», alentó.
El Papa subrayó después que también en el tiempo presente existen «sepulcros que abrir» y reconoció que muchas veces las piedras que los cierran parecen demasiado pesadas y demasiado vigiladas como para ser removidas. Sin embargo, exhortó a no rendirse ante esa apariencia de inmovilidad.
En concreto, mencionó algunas de esas piedras que oprimen al hombre: «la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor». Añadió que otras, como consecuencia de las primeras, rompen los vínculos entre los hombres, y citó expresamente «la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones». Ante ello lanzó una llamada clara: «¡No dejemos que nos paralicen!».
León XIV recordó también que a lo largo de los siglos muchos hombres y mujeres, con la ayuda de Dios, han removido esas piedras, a veces con gran esfuerzo e incluso a costa de la propia vida, dejando frutos de bien que todavía hoy benefician a los demás. Y precisó que no se trata de «personajes inalcanzables», sino de personas semejantes a nosotros, fortalecidas por la gracia del Resucitado.
Sobre ellos dijo que, viviendo «en la caridad y en la verdad», tuvieron el valor de hablar, como enseña el apóstol Pedro, con «palabras de Dios» y de actuar «como quien recibe de Dios ese poder». Así propuso a los fieles una santidad concreta, enraizada en la gracia y manifestada en la fidelidad, la verdad y la caridad.
Finalmente, el Santo Padre animó a todos a dejarse «inspirar por su ejemplo» y a hacer propio su compromiso para que «en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz». De este modo concluyó una Vigilia Pascual de especial relieve, la primera de su pontificado, en la que el Papa León XIV proclamó con fuerza que el amor de Dios, manifestado en Cristo resucitado, vence al pecado, destruye el poder de la muerte y abre un camino de esperanza para el mundo.








