(NCR/InfoCatólica) El Papa León XIV presidió en la basílica de San Pedro la celebración de la Pasión del Señor en el Viernes Santo, en una liturgia de honda sobriedad y recogimiento en la que la Iglesia volvió a fijar su mirada en el sacrificio redentor de Cristo. La celebración comenzó con el Santo Padre postrado ante la Cruz y se desarrolló en tres partes: la liturgia de la Palabra, la adoración de la Cruz y la Sagrada Comunión.
No hubo antífona de entrada. La acción litúrgica comenzó en silencio, con una oración silenciosa que marcó el hilo conductor de toda la celebración. Ese clima de recogimiento subrayó el carácter propio del Viernes Santo, día en que la Iglesia contempla con veneración la Pasión del Señor y se une espiritualmente al misterio del Calvario.
Después de la proclamación del Evangelio según san Juan sobre la Pasión de Cristo, pronunció la homilía el predicador de la Casa Pontificia, el padre capuchino Roberto Pasolini. En su predicación, exhortó a los cristianos a mirar la Cruz con confianza y sin temor, en un mundo desgarrado por el odio y la violencia.
«En un tiempo como el nuestro, todavía desgarrado por el odio y la violencia, cuando incluso el nombre de Dios es invocado para justificar guerras y decisiones mortales, nosotros los cristianos estamos llamados a acercarnos a la Cruz del Señor sin miedo —más aún, con plena confianza—, sabiendo que es un trono sobre el que uno se sienta y aprende a reinar con Él poniendo la propia vida al servicio de los demás», afirmó.
El predicador añadió: «Si logramos mantenernos firmes en la profesión de esta fe, también nuestros días podrán dar voz a los cantos tanto de la alegría como del sufrimiento, esa misteriosa partitura de la Cruz en la que pueden reconocerse claramente las notas del amor más grande».
A continuación, recordó que la liturgia de ese día invita a los católicos a contemplar la Pasión, pero advirtió que la Cruz de Cristo corre el riesgo de permanecer incomprensible si se la mira sólo como un hecho aislado o como un acontecimiento repentino. Según explicó, la Cruz es en realidad la cumbre de un camino, el cumplimiento de toda una vida en la que Jesús aprendió a escuchar y acoger la voz del Padre, dejándose guiar día tras día hasta el acto supremo de amor.
«Jesús es el varón de dolores que conoce bien el sufrimiento: ninguna violencia, ningún recurso a la fuerza, ninguna tentación de destruirlo todo y empezar de nuevo desde cero. Sabemos lo difícil que es abrazar una misión así. Nos sentimos tentados a usar la agresión y la violencia, pensando que sin ellas nunca puede resolverse nada. Pero sólo la mansedumbre es la verdadera fuerza para afrontar las tinieblas del mal», dijo también.
En otro momento de la homilía, el padre Pasolini se detuvo en los llamados cantos del Siervo, los cuatro textos poéticos del libro del profeta Isaías que describen a una figura misteriosa por medio de la cual Dios salva al mundo del mal y del pecado mediante un sufrimiento vicario. Explicó que la tradición cristiana ha reconocido en esos textos una prefiguración impresionante y dramática de Cristo.
«Para comprender este camino en los días de la Semana Santa, la liturgia nos ha hecho escuchar los llamados Cantos del Siervo del Señor. Son textos poéticos en los que el profeta Isaías esbozó la figura de un siervo misterioso a través del cual Dios podría salvar al mundo del mal y del pecado. La tradición cristiana ha reconocido en estos cantos una prefiguración impactante y dramática», explicó.
Al profundizar en esos textos proféticos, señaló cómo en el tercer canto aparece una nueva sorpresa: el siervo quiere ayudar, pero los hombres responden con ira y violencia. «Quienes viven en las tinieblas no siempre acogen la luz, porque la luz también pone al descubierto lo que preferiríamos mantener oculto: nuestras heridas, nuestras ambigüedades», afirmó.
Sobre el cuarto canto, el predicador explicó que la violencia infligida al siervo es tan intensa que desfigura su rostro. Sin embargo, ese siervo no devuelve el mal recibido. «No se resigna a esta lógica; lo absorbe todo sin contraatacar. Por eso cargó con el pecado de muchos», explicó el sacerdote.
Desde esa clave, afirmó que el Señor Jesús no sólo escuchó esos cantos, sino que los vivió intensamente, con plena confianza en el Padre. En la Pasión, indicó, Cristo rompe la cadena del mal precisamente al no devolverlo, aceptando lo que le acontece y llevando hasta el final la obediencia del amor.
«Lo vemos continuamente en las guerras, en las divisiones, en las heridas: el mal sigue circulando porque siempre encuentra a alguien dispuesto a transmitirlo. Jesús rompió esta cadena aceptando lo que le sucedía. En la Pasión, reconoció la partitura de los cantos de amor y servicio que el Padre le había confiado. De este modo, aprendió la obediencia más difícil: la obediencia de amar al otro», continuó.
El capuchino advirtió también sobre la confusión espiritual de nuestro tiempo. «La voz de Dios ya no nos guía, no porque haya desaparecido, sino porque se ha convertido en una voz más entre tantas otras, mientras las demás prometen seguridad y bienestar», dijo. Y añadió: «Lo que falta es una palabra, un canto capaz de guiar nuestros pasos hacia un mundo más justo».
Pese a ello, quiso señalar un signo de esperanza. «Y, sin embargo, si miramos bien, podemos vislumbrar una multitud silenciosa de personas que eligen una voz distinta, una voz que no grita, que no se impone por la fuerza, un canto sereno y perseverante que nos invita a amar y a no devolver nunca mal por mal. No realizan gestas extraordinarias, pero cada día intentan que su vida no sirva sólo para sí mismos, sino también para los demás».
Ya al referirse al gesto de la adoración de la Cruz, el padre Pasolini animó a los presentes a aprovechar ese momento para deponer las armas que cada uno pueda llevar en su interior. Quiso dejar claro que no se trata únicamente de las armas empuñadas por los poderosos del mundo, sino también de aquellas actitudes que envenenan la vida cotidiana, hieren las relaciones y vacían de amor la convivencia humana.
«Puede que no parezcan tan peligrosas como las que empuñan los poderosos de este mundo. Sin embargo, también ellas son instrumentos de muerte, porque bastan para debilitar, herir y vaciar de sentido y de amor nuestras relaciones cotidianas», afirmó.
En esa misma línea, subrayó que la salvación no cae del cielo como por arte de magia ni puede ser garantizada por decisiones políticas, económicas o militares. «El mundo es salvado constantemente por quienes están dispuestos a abrazar los Cantos del Siervo del Señor como la forma de su propia vida», dijo.
Recordando la obediencia de Cristo al Padre, añadió: «Esto fue lo que hizo el Señor Jesús. Tomó en serio la voluntad del Padre, aceptándola como una partitura que debía llevarse a cabo hasta el final, con fuertes clamores y lágrimas».
La homilía concluyó con una invitación directa a los fieles a aceptar la partitura de la Cruz. «Esta noche también a nosotros se nos entrega la partitura de la cruz. Podemos aceptarla libremente si reconocemos que no hay dificultad que no pueda afrontarse, no hay culpable al que debamos señalar, no hay enemigo que pueda impedirnos amar y servir».
Finalmente, remató su exhortación con una llamada a no devolver mal por mal y a perseverar en el bien aun en medio de la oscuridad: «Sólo estamos nosotros, que, eligiendo no devolver el mal, permaneciendo pacientes en las pruebas, creyendo en el bien incluso cuando la oscuridad parece tragárselo todo, podemos llegar a ser día tras día esos siervos que el Señor necesita para llevar la salvación al mundo».
Así, en el corazón del Viernes Santo, la liturgia celebrada en San Pedro volvió a poner ante los ojos de la Iglesia el misterio de Cristo crucificado, Siervo obediente y Redentor del mundo. En un tiempo marcado por la violencia y la confusión, la llamada escuchada en la basílica fue clara: acercarse a la Cruz sin miedo, rechazar la lógica del odio y aprender de Cristo a amar, servir y sufrir con obediencia al Padre.








