(InfoCatólica) Quizá la Semana Santa sea el tiempo más apropiado para esta noticia, porque muestra que la santidad de Cristo no ha dejado de dar fruto a lo largo de la historia. Hace unos días, los obispos coreanos anunciaron la aprobación médica del milagro necesario para la beatificación del P. Choi Yang-up, un confesor de la fe en Corea en el siglo XIX.
El P. Choi fue declarado venerable en 2016 y su beatificación estaba a la espera de que se aprobara el milagro necesario según la normativa de la Iglesia. Ese milagro ya ha sido aprobado por la Comisión Médica del Dicasterio para las Causas de los Santos. Ahora deberá realizarse el dictamen de la Comisión Teológica sobre el milagro y después le corresponderá al Papa León XIV dar su aprobación para el decreto de beatificación.
Es un momento especialmente apropiado para la beatificación de un coreano, porque la Jornada Mundial de la Juventud de 2027 se celebrará precisamente en Corea y es muy posible que la ceremonia de beatificación del P. Choi tenga lugar durante ese acontecimiento.
Tomás Choi Yang-up nació en Corea en 1821, durante la dinastía Joseon y tuvo la gracia de estar rodeado de santos. Perteneció a una familia cristiana, que tuvo que mudarse varias veces para esquivar la persecución confucionista. Su padre fue canonizado en 1984 y su madre fue beatificada en 2014. Ambos murieron mártires.
Conoció a San Pedro Philibert Maubant, un misionero francés que le propuso estudiar para convertirse en sacerdote y le enseñó el latín que necesitaba. Tuvo como compañero seminarista a San Andrés Kim Taegon, que con el tiempo moriría mártir. Ambos estudiaron en Macao y Manchuria y fueron ordenados diáconos. Kim Taegon fue ordenado sacerdote (el primero nativo de Corea), volvió a su país natal y fue martirizado. Tomás Choi tuvo que esperar un poco más para su ordenación y, aunque hizo varios intentos de entrar en Corea, no lo consiguió y dedicó su tiempo a los estudios y a traducir al latín las actas de los mártires coreanos.
Tras ser ordenado, el segundo sacerdote nativo de Corea ejerció su ministerio en China hasta que, por fin, pudo volver a su país natal. Allí comenzó a visitar a los cristianos ocultos en las zonas donde los misioneros franceses no podían llegar. Además, tradujo el catecismo y las principales oraciones cristianas al coreano y componía cancioncillas religiosas para transmitir la fe.
Durante los doce años siguientes recorrió miles de kilómetros, sufrió grandes penalidades y palizas por ser cristiano y, a los cuarenta años de edad, murió en 1861 de fiebre tifoidea. Aunque no fue mártir, como sus padres y su compañero de estudios, sin duda se trató de un gran confesor de la fe. A veces se le conoce en Corea, por sus grandes trabajos de evangelización, como el «mártir del sudor», en contraste con San Andrés Kim Taegon, el «mártir de la sangre».







