(InfoCatólica) El acto de confesar los propios pecados no es solo un deber religioso, sino una herramienta de transformación personal y social con consecuencias verificables en la historia. Esta es la tesis central que el sacerdote y escritor estadounidense Dwight Longenecker desarrolla en un ensayo publicado en la revista The Imaginative Conservative.
El P. Longenecker, criado en un hogar evangélico en Pensilvania, ordenado ministro anglicano tras sus estudios de teología en Oxford, se convirtió al catolicismo en 1995 junto con su familia. En 2006 fue ordenado sacerdote católico al amparo de la Pastoral Provision, el mecanismo canónico que permite la ordenación de antiguos clérigos anglicanos casados. Desde entonces ejerce como párroco de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario en Greenville, Carolina del Sur, y es autor de más de veinte libros sobre fe católica y apologética.
De la experiencia evangélica al confesionario católico
El punto de partida es autobiográfico. Longenecker recuerda cómo, a los cinco años, vivió su primera experiencia de arrepentimiento en el seno de su comunidad baptista independiente. Una predicación sobre el cielo y el infierno lo llevó aquella noche a rezar con su madre una oración sencilla de conversión. Frente a quienes verían en el episodio un caso de manipulación infantil, el sacerdote defiende la experiencia sin reservas: «es mejor que te asusten hacia el cielo a que te consuelen hacia el infierno».
Sesenta y cinco años después, ya como sacerdote católico que confiesa y se confiesa regularmente, Longenecker sostiene que aquella decisión de niño fue «formativa y fundacional», y que la penitencia es el núcleo común de toda experiencia cristiana auténtica, desde la llamada al altar del evangelismo hasta el confesionario católico, pasando por la oración del starets ruso: «Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ten piedad de mí, pecador».
Tres razones prácticas de la penitencia
La tesis se articula en tres argumentos sobre la eficacia práctica del arrepentimiento.
El primero es teológico: quien se presenta ante Dios como penitente reconoce implícitamente que no es el centro del universo. Longenecker lleva el argumento a su consecuencia lógica: «si no hay Dios, yo soy el centro del universo». El ateísmo, argumenta, conduce necesariamente al egocentrismo, porque sin un referente trascendente cada individuo opera desde su propia centralidad, sin una interdependencia esencial con los demás.
El segundo es psicológico y relacional: el penitente acepta la culpa. En lugar de señalar a otros, asume su parte en el problema. El autor ve en esta metanoia un cambio de paradigma cuyo alcance va desde los conflictos familiares hasta las guerras: «los conflictos de toda clase, desde las riñas familiares hasta las guerras mundiales, tienen su raíz en culpar a otros».
El tercero es existencial: quien acepta la culpa acepta también la responsabilidad de actuar. Longenecker ilustra este principio con las primeras confesiones de los niños de su parroquia, que a los siete años aprenden una lección decisiva: «nadie más es culpable y nadie más es en última instancia responsable de ellos y su destino».
Del fatalismo pagano a la autodeterminación cristiana
La parte más ambiciosa de la propuesta es también la más provocadora para muchos católicos de hoy. Longenecker afirma que «todas las religiones no cristianas, quizá con la excepción del judaísmo, son de un modo u otro fatalistas». Incluye explícitamente en este juicio al paganismo, las religiones orientales, el islam y el animismo: en todos los casos, argumenta, el individuo queda a merced de fuerzas que escapan a su control.
Frente a este fatalismo, el penitente cristiano ejerce una autodeterminación real fundada en el libre albedrío. Al fundir su voluntad con la de Dios, «todas las cosas son posibles», escribe citando implícitamente el Evangelio. Longenecker concluye que este cambio de paradigma es lo que permitió al cristianismo conquistar el mundo antiguo y generar la civilización occidental con todos sus frutos: avances del conocimiento, ciencia, arte, arquitectura, música y literatura.
«En un mundo de niños malcriados, adultos indigentes, quejicas profesionales de la victimización y mocosos con derecho a todo», escribe al abrir y cerrar su ensayo, «quien acepta la responsabilidad de sí mismo tendrá las herramientas para la autoestima, el logro y el éxito en todos los ámbitos de la vida».







