El reto y tarea de atraer a la fe en Cristo

El reto y tarea de atraer a la fe en Cristo

La predicación de la resurrección de Jesucristo pasa por no ocultar la cruz, porque es el camino que lleva a la resurrección.

1. Urgencia de salir del estado de confusión y afrontar la misión. Es convicción generalizada que se ha producido un cambio cultural de hondo calado en la sociedad española en general, un cambio con importante repercusión sobre la vida de la Iglesia. Las comunidades cristianas acusan la impronta de una sociedad que, aunque sigue siendo cristiana en la cosmovisión que ubica la vida de la gente, se halla marcada por la secularización de usos y costumbres de los individuos. La Iglesia ha afrontado esta nueva situación, que da muestras de haber sido digerida, primero en un lento proceso de adaptación al marco no confesional del ordenamiento jurídico del Estado; y después intentando desvincular la sociología de la fe de los imperativos de la mentalidad ambiente que lo invade todo.

La dificultad mayor que esto plantea es que muchos cristianos, absorbidos por esta mentalidad secular que impregna el ambiente que se respira, terminan por ajustar su conducta a la legalización de prácticas anticristianas y comienzan a pensar que son los comportamientos normales que hoy es preciso aceptar, aunque rompan con el pasado identitario de la sociedad cristiana. Se ve como normal aceptar pautas de conducta reguladas por la legislación vigente que, evaluadas desde la moral cristiana, son injustas e inmorales, históricamente recusadas por la ley natural. Pautas que rigen usos y comportamientos que, por su aceptación social, van lentamente socavando las creencias asentadas sobre la tradición de fe cristiana.

Esta situación genera un malestar en el interior del cuerpo eclesial que resulta de la oposición y polarización de sus miembros: entre los que consideran que está en juego la necesaria adaptación cultural de la vida cristiana, de sus convicciones de fe y de los principios morales que gobiernan conducta; y los que invocan la fidelidad a la tradición de fe para poder permanecer como Iglesia en el mundo y ofrecer a la sociedad el testimonio del Evangelio de Cristo. La tensión creada por este malestar viene polarizando demasiado a los cristianos en general, dando lugar a posicionamientos que dividen las comunidades y restan a unos y otros capacidad para el testimonio, poniendo en riesgo la comunión eclesial. La experiencia de este pulso y malestar obra contra los esfuerzos por responder a la urgencia de la evangelización que demanda la confusión imperante, que algunos consideran ya fracasada, y resta crédito a las convicciones de fe y de vida cristiana transmitidas por la tradición eclesial. La influencia de una cultura secularizada ha dado lugar a ciertas transformaciones en las últimas décadas que, como todos los fenómenos históricos socio-religiosos tienen efectos positivos y negativos. Participo de la corriente sociológica que ve en la secularización un proceso que ha conducido a la deseclesialización de las sociedades de tradición cristiana, con independencia de su confesionalidad. Se trata de un fenómeno que se refleja en el hecho de que el culto eclesial ya no convoca a los miembros de la sociedad otrora cristiana practicante.

Las encuestas reflejan este importante efecto sobre la disminución preocupante de la práctica religiosa, que pone de manifiesto el hecho mismo de la secularización que afecta a la mayoría de estas sociedades de tradición cristiana. Son sociedades que siguen contando con una visión cultural y una representación del mundo que responde aún, aunque sea en clave secularizada, a la visión de la vida apegada a los grandes valores cristianos, pero que ya no se traduce en la práctica religiosa que regía el comportamiento social. Este abandono del culto regular de la misa dominical y la recepción de los sacramentos de mayor significación para la convivencia social ha llevado a la sociedad cristiana a la pérdida de la experiencia de la gracia que alimentaba a sus miembros y lentamente se ha ido deslizando al relativismo y al indiferentismo religioso. El resultado ha sido el abandono del bautismo de los hijos en familias de cónyuges bautizados, y con ello la renuncia al acompañamiento de su iniciación cristiana; y la renuncia a la celebración religiosa del matrimonio. Este resultado comienza a ser significativo, por el número creciente de niños en edad escolar sin bautizar, cuya recuperación para la fe se ve obstaculizada por la indiferencia religiosa de los padres y la disminución de las clases de religión, dando lugar a que los jóvenes al llegar a adultos aumenten el número de personas sin práctica religiosa.

El error de sustraer a los niños de los sacramentos de la iniciación cristiana. En este sentido, después de décadas que alejaron a los niños primero del bautismo y después de la primera comunión, argumentando que es preciso esperar para que libremente decidan, no son pocos, ciertamente, los que empiezan a comprender el error. Ocurre, sin embargo, que a pesar de ello, la recuperación de la comunión temprana acreditada por la tradición eclesial y la capacidad de los niños para recibirla, acreditada por la experiencia y los estudios de la psicología infantil, viene a sufrir una nueva embestida por el nuevo aplazamiento que en algunos lugares se impone al acceso de los niños a la primera comunión a la edad determinada por el ley canónica (el primer discernimiento de razón). Se hace en espera de la infancia adulta, argumentando mayor capacidad cognitiva y consciencia de lo que realizan, persistiendo dogmáticamente en el error y contra la evidencia de la realidad de las cosas.

Llama la atención que lo hagan ignorando así que este aplazamiento es lo que se rechazó hace décadas como equivocado y perjudicial para el desarrollo de la conciencia religiosa del niño y la educación cristiana de los jóvenes. En efecto, esta demora y pereza pastoral favorece una concepción pelagiana del sacramento, cuya validez se carga a la supuesta madurez de la infancia adulta y adolescente, sin prestar atención a la problematicidad de esta edad menos apta para la recepción catequética. Se desconsideran las orientaciones sobre la iniciación cristiana tendente a aproximar la primera comunión y la confirmación, no sólo ignorando la norma canónica, sino favoreciendo con ello la temprana deseclesialización de la adolescencia. Sólo el noviazgo ofrecerá algunas posibilidades para que los jóvenes puedan replantear su alejamiento de la práctica religiosa. Es verdad que las parroquias y la escuela católica cuentan todavía un importante contingente de niños que catequizar y educar en la fe de la Iglesia, pero es imposible ignorar el descenso de la población infantil, agravado por la disminución numérica de los niños en los países occidentales a causa de la drástica y suicida bajada de la natalidad.

El sacramento de la confirmación que con toda razón teológica se dejó de considerar, como erróneamente se hacía décadas atrás, como el sacramento de la juventud y seguir dispensándola tempranamente como se hizo en la Iglesia latina durante siglos, sin demorarla hasta la juventud. Lo que no significa que no se trabaje con voluntad apostólica y pastoral para confirmar a los jóvenes no confirmados igual que los adultos que no recibieron a su tiempo el sacramento inseparable del bautismo.

Hago este recordatorio poniendo el mayor énfasis en la importancia de la iniciación cristiana de los niños, inseparable de una pastoral de la familia cristiana que es preciso fortalecer. Sería un grave error volver a los prejuicios que merman la eficacia pastoral de hacer cristianos. Elevar la edad de la primera comunión es ir contra la renovación de la pastoral de infancia emprendida durante el primer tercio del siglo XX por san Pío X, puesta en duda en los años sesenta. Gracias al acento puesto por las enseñanzas del Vaticano II sobre la unidad de los tres sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo, confirmación y Eucaristía) y gracias al diálogo ecuménico de católicos y ortodoxos, se pudo retomar con particular interés pastoral a partir de los años ochenta y noventa pasados, intentando ganar el tiempo perdido en secundar ideologías en años de estéril ebullición crítica. Que los niños lleguen a la infancia adulta con conciencia cristiana definida es la mejor preparación para que vivan también mejor como cristianos las dificultades de la adolescencia.

Superar tiempos de dificultad como el presente. La Iglesia pasa por momentos difíciles, pero la palabra del Señor que transmite el evangelio la sostiene: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El que sea así no le ahorra a la Iglesia enfrentarse a la reciedumbre de cada época, como dijo de la suya santa Teresa de Jesús, cita socorrida para consuelo y empuje para encarar un futuro. Estamos sumidos, ciertamente, en una confusión notable, olvidando que la Iglesia está ya fundada y no es objeto de invención. En esta situación, mirando al interior de la Iglesia, las recetas aplicadas para su acomodación a los tiempos no parecen haber sido exitosas. La pérdida de fieles y el alejamiento de tantos que han recibido el bautismo como tentación permanente va acompañada de la presión del laicismo desde el exterior por parte de los que no cejan de excluir la visibilidad de la fe en la sociedad, a pesar de apelar para todo a la inclusión de todos, sea o no pertinente hacerlo, si no todos quieren ser incluidos ni están dispuestos a convertirse para poder ser incluidos.

La apelación al pluralismo como dogma esconde con dificultad esta beligerancia contra el cristianismo. La desconfesionalización del Estado no puede justificar la pretensión de hacer invisible la fe religiosa, ni menos hacer invisibles las mayorías cristianas de las sociedades que, al menos genéticamente, tienen en el cristianismo la clave de sentido de su propia historia. No es democrático apelar al derecho a la libertad religiosa para ocultar socialmente a los cristianos. o desterrar la cruz, signo y símbolo sagrado de identificación cristiana.

Se ha comenzado a reaccionar contra esta mala situación cultural y religiosa, y se perciben signos positivos que ayudan a evaluar cómo está encajando la Iglesia la pérdida social de identidad cristiana de la sociedad, hechos como los siguientes: el crecimiento de conciencia de pertenencia a la comunidad eclesial de las minorías practicantes y el fortalecimiento de su voluntad de ser testigos de Cristo. En este sentido, la revitalización que nuevos métodos de implantación parroquial han dinamizado las comunidades cristianas, acrecentando el sentido de corresponsabilidad, incluida la gestión administrativa, fortaleciendo la fe de sus miembros y estimulando el apostolado. También es un signo positivo de alcance, la atracción que el cristianismo católico ejerce sobre determinados grupos de jóvenes y adultos. Por poner algunos ejemplos, es esperanzador el establecimiento y consolidación del catecumenado para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana.

Es muy significativo en Europa el caso de la eclosión de la conciencia católica que está produciendo en Francia, cuyo Estado es de confesión tradicionalmente laicista. No sólo en Francia hay un anhelo de autenticidad religiosa que impulsa a salir de su aletargamiento a tantos practicantes de un catolicismo que ha tenido que habérselas con el laicismo militante del Estado. Sin tomar en cuenta este dato no se entenderá el retorno de un número en ascenso de jóvenes a los sacramentos que abandonaron sus padres; ni se entenderá tampoco el éxito de algunos movimientos nuevos que dejan viejos a los grandes movimientos, muy activos décadas atrás y ahora también envejecidos, algunos parecen haber tocado tope y hallarse en crisis. Los nuevos, con sus imperfecciones y a veces acentos emocionales marcados que deben irse corrigiendo, se han convertido en atracción para jóvenes, aunque el riesgo de la moda puede hacerlos fracasar. Las Jornadas Mundiales de la Juventud, aunque siguen teniendo fuerza de convocación, por su espaciamiento de las celebraciones han dejado cauce libre para el desarrollo de las marchas conservadoras de jóvenes peregrinos (Cristiandad, Covadonga) y las Jornadas católicas de adultos y jóvenes que movilizan algunos movimientos (Encuentros Mundiales de los Carismáticos, Mitin de Rimini, Neocatecumenales) y otros colectivos católicos, sobre todo muy activos en los EEUU, como las recientes jornadas de «Catholics for catholics». Encuentros alternativos a las manifestaciones e iniciativas del progresismo católico, algunas de cuyas iniciativas que generan honda preocupación, vienen representadas por el «Camino sinodal» alemán, por los postulados de los colectivos católicos afiliados a la ideología de género y el pulso a la Iglesia por arrancarle una transformación de su identidad por asimilación a los procedimientos democráticos de la sociedad política. Esta transformación pretendida de la Iglesia afecta a su estructura de gobierno instituida por Cristo, fundada en su sacramentalidad y transmitida por la tradición de fe apostólica.

Cristo crucificado y resucitado, santo y seña de la evangelización. De cualquier modo y sin dejar de alegrarse por los signos que la presencia operativa de la gracia de Dios obra en el corazón de las personas, es difícil de frenar la tendencia suicida del cristianismo de las sociedades occidentales, pero los cristianos no podemos amilanarnos. La configuración con la imagen del hombre que el designio de Dios nos ha revelado en Cristo, medida de lo verdaderamente humano, es incompatible con una concepción del ser humano mecanicista y entregada a un evolucionismo de carácter transformista, que se mueve dentro de unos parámetros, más o menos elásticos, de instinto y funcionalidad. Sobre todo, es incompatible con una acomodación del cristianismo a lo que resulta del reduccionismo empeñado en vaciar el evangelio de cuanto la cruz de Cristo tiene de escándalo para unos y locura para otros (1Cor 1,23), como protestó Pablo, y su protesta frente a los que así lo pretendían quedó como santo y seña que estimula la resistencia a quienes generan situaciones de crisis que acosan la vida de la Iglesia. La predicación de la resurrección de Jesucristo pasa por no ocultar la cruz, porque es el camino que lleva a la resurrección. La cruz vivifica, porque en ella se manifiesta la fuerza de Dios, redentor de la todas las debilidades humanas. Jesús advertía que echarse por el camino espacioso es andadura de perdición y que son muchos los que entran por él (cf. Mt 7,13), se instalan en el equívoco y la confusión que resulta del aparente contento de lo placentero; mientras que la puerta estrecha y el camino angosto, lleva a la vida (v. 7,14). ¿Por qué olvidarlo?

Un nueva pastoral de la fe para la misión de evangelizar. Siempre es bueno volver al primer anuncio, ciertamente es así según experiencia consciente de los pastores. Sin embargo, la evangelización de sociedades que deben su identidad a la predicación histórica del Evangelio, quizá no sea necesario concebirla como si de países de misión se tratara. Sé bien que desde los años cincuenta del pasado siglo, cuando los primeros curas obreros afrontaron el reto de una Francia en proceso de descristianización, se comenzó a considerar al país galo tierra de misión con éxito en la expresión. La idea de pensar que los países históricamente evangelizados nada tienen ya que ver con su historia cristiana es desafortunada, y parece más adecuado pensar que estos países que siguen conservando tradiciones cristianas no han acabado con su historia, porque no pueden acabar con sus raíces. Su historia cristiana no sólo sigue en la recámara, sino que emerge una y otra vez, como está sucediendo en Francia, cuando la población musulmana representa una alternativa a esa historia. Por esto parece más oportuno hablar de la urgencia de una nueva pastoral de la fe que vuelva a poner de manifiesto la única respuesta válida a la pregunta por el sentido de la vida, que lleve a una práctica cristiana madura, y capaz incluso de darle un vuelco al diálogo interreligioso entre ciudadanos de distintos credos religiosos. Para un cristiano consciente de su fe y de su misión evangelizadora, no hay otra respuesta a la pregunta por su destino que inquieta al ser humano hasta su muerte que la ofrecida por Dios en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Urgidas por el reto del relativismo rampante en que vivimos, las Iglesias cristianas no pueden caer en la tentación de ignorar la exhortación de Jesús a transitar por el camino angosto de la propuesta explícita del Evangelio. Sólo volviendo la mirada hacia Cristo, cuyo costado traspasado reclama a la conversión de vida y la configuración con Él, podremos los cristianos hacer creíble a la Iglesia y devolver la esperanza en ella que tantos bautizados han ido perdiendo cansados de que abandonemos nuestra identidad, cediendo más cada día para acomodarnos al mundo que nos devora. La evangelización como programa de verdadera inclusión no llegará sin transitar todos por el camino angosto de la conversión a Dios que lleva a la vida. Puede sucedernos a los cristianos que, abandonando el camino de la vida por acomodación al mundo, nos hallemos fuera de la Iglesia impidiendo que otros entren en ella. Las palabras de Cristo suenan hoy como entonces: «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18,8). Sólo la fidelidad de las comunidades cristianas a la tradición de la fe apostólica podrá mantener la identidad que las convierte en testigo del Señor de la mies y sacramento de gracia para el mundo. Es lo que está sucediendo con las conversiones de cuantos han encontrado a Cristo integrándose en comunidades vivas, donde la confesión explícita de fe los ha devuelto a Dios, después de haberse alejado de la Iglesia o habiendo vivido fuera de ella sin conocer el Evangelio.

Una pastoral de la fe al servicio de la evangelización cuenta con la capacidad de los creyentes para dar motivos para creer, como pide la primera carta de Pedro a los que se han convertido a Cristo: «dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1Pe 3,15). La fe no resulta tanto de la argumentación de la razón, que tiene su momento en el proceso que lleva a creer, como del conocimiento del amor de Dios manifestado en Cristo que descubren en la fe quienes secundan la gracia que les lleva a creer en él. Ciertamente la fe es oscura, pero no ciega, por eso es importante en la verdadera conversión no dejar de lado el criterio de racionalidad que acompasa el proceso que lleva a la fe, juzga la situaciones de desvío y controla las emociones que por sí solas no pueden sostener una fe duradera. Por esto mismo, la pastoral de la fe exige reavivarla prestando atención a sus exigencias a la hora de poner manos a la obra. El conocimiento del misterio de Cristo no lo promueven las tertulias que con frecuencia sustituyen (por mencionar tan sólo algunas tareas urgentes) a las sesiones de formación permanente de clérigos, religiosos y laicos; ni tampoco el cálido acompañamiento del compartir emociones en grupos de recíproco abrigo, ni tampoco el activismo que asfixia las razones de la acción. La transmisión de la fe pasa por la recuperación de los bautizados que se han alejado, comenzando por la iniciación cristiana de los hijos de las familias que han puesto su fe entre paréntesis; la reivindicación del derecho a la formación religiosa de los jóvenes dentro del sistema educativo público y de la escuela católica; la llamada constante a la práctica litúrgica y sacramental, aprovechando los tiempos fuertes del año litúrgico; una cierta racionalización de la piedad popular, evitando su secuestro comercial y turístico; la reivindicación de los espacios públicos como ámbitos de libertad donde tenga cabida la expresión de la fe, que acompaña todas las dimensiones de la vida. Para que esto sea así es necesaria la reivindicación de los signos cristianos allí donde su legitimidad no puede ser ni descartada ni ocultada en una sociedad verdaderamente abierta, en la cual las mayorías tienen que sentirse tan cómodas al menos como las minorías. Si el diálogo de las ideas debe contemplar, hoy como siempre, el primer anuncio, éste debe ser seguido con coherencia por la formación doctrinal de la fe y la introducción mistagógica a la experiencia «del amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

 

Mons. Adolfo González Montes
Obispo emérito de Almería

 

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