(InfoCatólica) Monseñor Johan Bonny, Obispo de Amberes, ha anunciado su intención de ordenar sacerdotes a hombres casados en un plazo de tres años, en una iniciativa que carece de respaldo de Roma y que podría acarrearle graves consecuencias canónicas, incluida la excomunión.
Promovido por el Papa Francisco, Mons. Bonny, es un viejo conocido de cualquier heterodoxia que esté de moda. No hay casi capítulo de documento del Concilio Vaticano II que cuestione. La amenaza de Mons. Bonny se asemeja a las de la FSSPX y pone al Papa León en la tesitura de tener que materializar las decisiones más allá de «la escucha»
En cualquier caso las intenciones de Bonny suponen una prueba de estrés al cacareado «espíritu sinodal» y al doble rasero que supone cuestionar el magisterio y la norma de la Iglesia. Desde criticar al Papa por condenar el aborto; decir que Francisco estaba a favor de la bendiciones homosexuales, como él (no fue desmentido) o manifestarse a favor de la eutanasia. Muchos fieles esperan que las arbitrariedades de estos últimos años lleguen a su fin.
La declaración, contenida en una carta pastoral publicada el 19 de marzo bajo el título Implementatie van het synodaal proces in bisdom Antwerpen (Implementación del proceso sinodal en la diócesis de Amberes), constituye un desafío abierto a la disciplina constante de la Iglesia latina. «Pondré todos los medios para ordenar de aquí a 2028 a algunos hombres casados como sacerdotes para nuestra diócesis», escribe el prelado belga, quien añade que contactará «personalmente» a los candidatos y se ocupará de que dispongan de «la formación teológica y la experiencia pastoral necesarias, comparables a las de los demás candidatos al sacerdocio».
Una disciplina con raíces teológicas
El celibato sacerdotal no es una mera norma administrativa, sino una disciplina enraizada en la teología del sacerdocio. El Concilio Vaticano II enseña que está «en profunda armonía con el sacerdocio», y el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que los sacerdotes viven esta entrega «por el Reino de los cielos» (CEC, n.º 1579). San Pablo VI subrayó que el celibato expresa una consagración total: el sacerdote, que actúa in persona Christi capitis, se entrega enteramente a Dios y a su Iglesia.
El argumento de las Iglesias orientales católicas, donde existen sacerdotes casados, se invoca con frecuencia para justificar un cambio en la Iglesia latina. Sin embargo, la comparación resulta engañosa: en aquellas Iglesias, la práctica se inscribe en una tradición propia y antigua, donde los obispos son elegidos entre los célibes y ningún sacerdote puede contraer matrimonio tras la ordenación. No se trata de un modelo trasladable sin provocar una ruptura de equilibrio.
Monseñor Bonny reconoce en su carta que en la diócesis de Amberes trabajan ya sacerdotes católicos casados procedentes de Iglesias orientales (rumanos, ucranianos, bielorrusos, de Oriente Medio), así como conversos de otras confesiones cristianas que recibieron la ordenación estando casados. «Nadie puede explicar ya por qué la ordenación de hombres casados es posible para los seminaristas católicos orientales o para los conversos católicos, pero no para las vocaciones católicas de origen», argumenta el Obispo.
Una iniciativa sin respaldo del Sínodo
El prelado belga sitúa su decisión en el marco del proceso sinodal impulsado por el Papa Francisco: «La pelota está ahora en el campo de los obispos locales y de sus Iglesias», afirma, y advierte de que los fieles no deben percibir el proceso sinodal «como inútil o como una repetición interminable de hipótesis abstractas sin resultados».
No obstante, como señala CathoBel, oficioso de la Conferencia episcopal del país, el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, concluido a finales de 2024, no recomienda la ordenación de hombres casados. Tampoco prosperó la propuesta cuando fue planteada por el Sínodo sobre la Amazonia en 2019: el Papa Francisco no la recogió en la exhortación Querida Amazonia. Ningún obispo puede modificar por sí mismo una disciplina que compete a la Iglesia universal; si Monseñor Bonny llegara a ordenar hombres casados sin autorización del Santo Sede, incurriría en un acto gravemente ilícito. La excomunión no sería automática, pero podría ser considerada en caso de persistencia en la ruptura con la autoridad del Sucesor de Pedro.
Un historial de tensiones con Roma
La iniciativa no es un hecho aislado, sino la culminación de una línea constante de posicionamientos en tensión con el Magisterio. En 2014, tras el Sínodo sobre la Familia, Monseñor Bonny abogó por el reconocimiento de las relaciones homosexuales en la Iglesia, llegando a criticar públicamente decisiones del Vaticano. En 2022, los obispos flamencos, con Bonny entre ellos, propusieron un ritual de bendición para parejas del mismo sexo en contradicción directa con las directrices del Santo Sede y con la enseñanza de la Iglesia. Más recientemente, en 2024, ante el recordatorio de la Iglesia sobre la gravedad del aborto (definido por el Concilio Vaticano II como «un gran crimen»), algunas voces en la Iglesia belga expresaron reservas, ilustrando un clima de distanciamiento respecto al Magisterio en cuestiones fundamentales relativas a la defensa de la vida.
También el papel de la mujer
La carta pastoral aborda además el papel de la mujer en la Iglesia. «Quiero seguir promoviendo la corresponsabilidad de las mujeres en todas las tareas pastorales y administrativas, y en todos los niveles de la vida eclesial», escribe Bonny, quien plantea también «la cuestión difícil del acceso de las mujeres al sacramento del orden, comenzando por la ordenación al diaconado», aunque sin concretar pasos en este ámbito.
En juego, la unidad de la Iglesia
Queda por conocer la reacción de Roma ante un anuncio que, de materializarse, colocaría a la diócesis de Amberes en situación de ruptura con la Iglesia universal. En un contexto de caída dramática de la práctica religiosa en Bélgica, crisis de vocaciones e influencia creciente de corrientes favorables a adaptar la Iglesia a las tendencias sociales, la iniciativa de Monseñor Bonny plantea una cuestión que trasciende la disciplina del celibato: la fidelidad al Magisterio y la unidad de la Iglesia.







