(InfoCatólica) Cor ad cor loquitur, «el corazón habla al corazón»: con este lema cardenalicio de san Juan Enrique Newman, recién declarado doctor de la Iglesia, titula la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española una nueva nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe, aprobada el 20 de febrero de 2026 y autorizada para su publicación por la Comisión Permanente de la CEE en su reunión de los días 24 y 25 de ese mismo mes.
El documento, presidido por Mons. Francisco Conesa Ferrer, obispo de Solsona, surge al calor de un fenómeno que los obispos perciben con esperanza y cautela a un tiempo: el renacer de la fe cristiana entre los jóvenes españoles de la llamada «generación Z» y la proliferación de nuevas iniciativas de primer anuncio que sitúan las emociones en el centro de la experiencia evangelizadora.
Un diagnóstico cultural: el «emotivismo» postmoderno
La nota parte de un diagnóstico sobre la cultura contemporánea. La comisión señala que en la llamada cultura postmoderna se ha producido «una absolutización de la afectividad, reduciéndola a los sentimientos y a las emociones», fenómeno al que filósofos como Alasdair MacIntyre han denominado «emotivismo». El hombre postmoderno, sostiene el documento, ha pasado del «pienso luego existo» al «siento luego existo», del logos a la emoción.
Las consecuencias espirituales de esta deriva son graves. Aplicado a la vida de fe, el «emotivista religioso» hace depender la fe «de la intensidad de la emoción, reduciéndola a la medida del sentimiento» y a lo placentera que pueda resultar. La comisión cita la encíclica Lumen fidei (2013), en la que el Papa Francisco advertía de que «la fe sin verdad no salva, no da seguridad a nuestros pasos» y que, reducida a un sentimiento, queda «incapaz de dar continuidad al camino de la vida».
El documento identifica además un riesgo específico: la posible manipulación que se sirve de las emociones para generar comportamientos y adhesiones. Los obispos advierten de que en la vida espiritual existe el peligro del «bombardeo emocional», que puede constituir una forma de «abuso espiritual», incluyendo la «presión emocional del grupo» que fuerza a los individuos a «sentir» lo mismo que los demás, así como el recurso a falsas experiencias sobrenaturales o místicas para ejercer dominio sobre las conciencias. Este último aspecto, subraya la nota, «debe ser considerado de especial gravedad moral».
Los sentimientos, parte integral de la vida espiritual
Ahora bien, el documento no incurre en ningún intelectualismo que desprecie la dimensión afectiva. Los obispos son rotundos: negar las emociones en el acto de fe, argumentan, sería renegar de la condición humana asumida por el Verbo encarnado. El Nuevo Testamento muestra a Jesús compadeciéndose de las multitudes, llorando por Lázaro y por Jerusalén, angustiado en el huerto de los Olivos, irritado ante la dureza de corazón. San Agustín explicó este hecho con precisión: el Señor «tomó estos afectos de la humana flaqueza (…) de suerte que, si a alguno le aconteciere contristarse y dolerse en las tentaciones humanas, no se juzgase por esto ajeno a su gracia».
La encíclica Dilexit nos (2024) del Papa Francisco, ampliamente citada en la nota, ofrece la clave cristológica: «El Hijo eterno de Dios, que me trasciende sin límites, quiso amarme con un corazón humano. Sus sentimientos se vuelven sacramento de un amor infinito y definitivo».
Para los obispos, «recuperar el corazón» en la vida cristiana no es una concesión a la moda cultural, sino una exigencia teológica. El corazón es, en la tradición magisterial, «el centro de la persona, el lugar de las decisiones, de la verdad, del encuentro y de la Alianza». El reto, concluyen en este tramo del documento, «será siempre facilitar el encuentro con Dios sin abusar de las emociones, al mismo tiempo que sin menospreciar la fuerza de la fe para suscitarlas».
Seis criterios para el discernimiento pastoral
La parte más práctica de la nota ofrece seis criterios teológico-pastorales dirigidos a quienes impulsan las nuevas iniciativas evangelizadoras.
El primero es la dimensión trinitaria: toda experiencia de fe auténtica ha de estar impregnada por las tres Personas divinas. El primer anuncio y los procesos de discipulado deben presentar a Jesucristo como aquel que, por la acción del Espíritu, revela el rostro del Padre. El segundo criterio es la dimensión personal: la fe no es el asentimiento teórico a fórmulas, sino la entrega de toda la persona a Dios revelado en Cristo. Los obispos recuerdan a Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida». Invocan también a los grandes maestros del discernimiento espiritual –san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Lisieux– y advierten de que una fe apoyada únicamente en sentimientos agradables no puede integrar la cruz.
El tercer criterio es la dimensión objetiva: el encuentro con Cristo exige la aceptación de la verdad de su persona y su mensaje. «Si el acto de fe como adhesión personal a Cristo pierde su profunda unidad con la verdad salvadora que nos ha traído, se transforma en un acto vacío y ciego». La formación catequética integral –intelectual, afectiva, relacional y espiritual– es el medio primordial para esa integración.
La dimensión eclesial constituye el cuarto criterio. La mediación es consustancial a la encarnación: nadie se hace cristiano por sí solo. La comisión llama a someter las nuevas iniciativas al discernimiento de la autoridad episcopal, y mide su autenticidad por su capacidad de integrar en la comunidad eclesial y de despertar en el evangelizado la pregunta por su propia vocación.
El quinto criterio es la dimensión ética y caritativa: el encuentro con Cristo impulsa al compromiso concreto con los más pobres y con el mundo. La nota evoca aquí la reciente exhortación apostólica Dilexi te (2025) del Papa León XIV, que recuerda la necesidad de «tocar la carne de los últimos» como criterio de fidelidad al Evangelio.
Por último, la dimensión celebrativa: la liturgia ha de ser «mistagógica», capaz de conducir a Dios a través de palabras y gestos. El documento advierte del riesgo de reducirla a un «devocionalismo» que potencie el subjetivismo sentimental, y llama a cuidar especialmente la adoración eucarística, que debe situarse en continuidad con la celebración de la Misa y respetar las normas litúrgicas establecidas, evitando el uso de «elementos extraños a lo dispuesto en el Ritual».
Exhortación final
Con la imagen de la Virgen María como horizonte, «en quien se realiza de manera perfecta el acto de fe», los obispos cierran la nota exhortando a «abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la importancia de las emociones y los sentimientos en el marco de una sana afectividad en la experiencia creyente, lo que permitirá el encuentro transformador con Cristo de corazón a corazón».
La nota fue aprobada en la reunión CCLXV de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe el 20 de febrero de 2026 y firmada por doce obispos bajo la presidencia de Mons. Conesa Ferrer. La integran, entre otros, Mons. Ramón Valdivia Giménez, obispo auxiliar de Sevilla y Administrador Apostólico de Cádiz y Ceuta, y varios obispos eméritos de reconocida trayectoria doctrinal.







