De la oración al podio: Elana Meyers Taylor conquista el oro olímpico tras dos décadas de lucha
Jadin O'Brien agradece a Elana Meyers Taylor por haberla introducido al bobsleigh. Ahora, ambas competirán juntas en Milán-Cortina. (Foto: Cortesía de Jadin O'Brien)

Deporte, maternidad y fe

De la oración al podio: Elana Meyers Taylor conquista el oro olímpico tras dos décadas de lucha

La piloto estadounidense ganó el 16 de febrero el monobob femenino en Cortina d’Ampezzo por apenas 0,04 segundos. Con 41 años, alcanzó el primer oro de su carrera olímpica y lo celebró junto a sus dos hijos pequeños, ambos sordos, y uno de ellos con síndrome de Down.

(NCR/InfoCatólica) Elana Meyers Taylor cruzó la meta del monobob femenino en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026, en Cortina d’Ampezzo, el 16 de febrero, sin saber todavía si había ganado. Como le había ocurrido tantas veces a lo largo de su carrera, nada se definía hasta que los números lo confirmaran.

Con la respiración contenida, miró el marcador mientras la alemana Laura Nolte descendía por la pista helada. Los segundos parecían interminables. Entonces apareció el tiempo final: 3.57.93, aún en lo más alto. Oro.

Era el primer oro olímpico de su extensa trayectoria. Y llegaba cuando muchos habrían pensado que ya era tarde: a los 41 años, Meyers Taylor conquistaba por fin la medalla que se le había escapado durante dos décadas de competición al más alto nivel. Lo hizo, además, por una diferencia mínima: 0,04 segundos, en uno de los desenlaces más ajustados de la historia del bobsleigh olímpico femenino.

Sin embargo, cuando cayó al suelo con lágrimas de alegría, su mirada no fue hacia el público ni hacia las cámaras. Su atención estaba puesta en sus dos hijos pequeños, Noah y Nico, que se acercaron a su lado. Ambos, de 3 y 5 años, son sordos, y Nico además tiene síndrome de Down. A ellos les comunicó con lenguaje de signos lo único que, en ese instante, consideraba esencial: «Mamá ganó».

El momento se difundió rápidamente y muchos lo celebraron en redes sociales, destacando su testimonio cristiano y su defensa de las familias que crían hijos con discapacidad. La autora católica, conferenciante y presentadora de radio Katie McGrady volvió a publicar el vídeo y lo calificó como «uno de los mejores momentos de los juegos hasta ahora».

También Lila Rose, presidenta de Live Action, subrayó la dimensión familiar y religiosa del triunfo: «La bobsledder Elana Meyers Taylor, de 41 años, acaba de convertirse en la medallista de oro olímpica de mayor edad en la historia. Pero su mayor título no es “olímpica”», escribió. «Es ser madre de dos preciosos niños sordos —uno con síndrome de Down— y ser abiertamente cristiana, poniendo a Dios por encima de cada medalla».

Para Meyers Taylor, esa escena resumía un recorrido de décadas en busca del sueño olímpico, pero también un homenaje a la familia, a la perseverancia y a la fe. Su historia, según relata el texto, empieza mucho antes del hielo. Desde los 9 años soñaba con ser olímpica, aunque su aspiración inicial se desarrolló en un campo de softball. Jugó en la Universidad George Washington, donde fue la primera recluta del programa y terminó como una de sus jugadoras ofensivas más reconocidas.

A pesar de ese éxito, el deporte no llenó el vacío que experimentó cuando se canceló su temporada de segundo año. En un testimonio de 2014, describió la oscuridad interior de aquel periodo: «Me deprimí mucho. No sabía qué hacer y no sabía cuál era mi propósito. Empecé a investigar religiones. Algo dentro de mí me decía que necesitaba más que esto».

En esa búsqueda, la deportista fue llegando a una convicción que, según el reportaje, le marcó la vida: «Jesús es el Camino». Y explicó la fuerza de aquel impacto: «No puedo explicarlo de otra manera. Fue tan fuerte y tan poderoso; supe que necesitaba cambiar mi vida».

Ese punto de inflexión transformó su manera de mirar el deporte. Se comprometió intensamente con Athletes in Action, un ministerio internacional para atletas cristianos. Allí dirigió estudios bíblicos, acompañó a compañeras y aprendió que los dones atléticos podían convertirse en un medio para compartir la fe.

La resiliencia nacida de esa conversión resultó decisiva cuando su primer sueño olímpico se topó con un muro: en 2003 no superó unas pruebas para softball. En lugar de abandonar, cambió de rumbo. Por sugerencia de sus padres, probó el bobsleigh en 2007: escribió un correo al entrenador estadounidense y, en cuestión de semanas, entró en el equipo nacional.

A partir de ahí, su trayectoria en los Juegos de Invierno fue, en palabras del propio texto, empinada y notable. Debutó en Vancouver 2010 y ganó el bronce en el dos mujeres junto a la piloto Erin Pac. Luego añadió platas en Sochi 2014 y PyeongChang 2018. En Pekín 2022 obtuvo plata en monobob y bronce en el dos mujeres, convirtiéndose en la bobsledder estadounidense más condecorada de todos los tiempos y en la atleta negra más condecorada en la historia olímpica de invierno.

Pese a esa colección de logros, el oro —la cima simbólica— permanecía fuera de su alcance, siempre escapándose por centésimas. El reportaje explica que, tras 2010, el paso de empujadora a piloto exigió precisión de fracción de segundo, coordinación extraordinaria y una concentración mental constante. Como piloto, Meyers Taylor carga con la responsabilidad de cada curva, cada deslizamiento y cada mínima pérdida de tiempo, mientras guía a compañeras y procura encarnar la resistencia que predica.

La maternidad introdujo un nuevo ritmo, no como distracción del deporte de élite, sino como fuerza motivadora. Su esposo, Nic Taylor, también ex bobsledder olímpico, aparece como apoyo constante. Juntos crían a Nico y Noah, afrontando intervención temprana, terapias y desafíos de comunicación, y al mismo tiempo mantienen responsabilidades de liderazgo en la Global Down Syndrome Foundation y en el Georgia Council on Developmental Disabilities.

En plena carrera hacia el oro, Meyers Taylor explicó el cambio de motivaciones: «Mis hijos se han convertido en mi porqué». Y detalló cómo evolucionó su objetivo: «Al principio era entrar en un equipo olímpico, ganar una medalla olímpica, ganar un oro olímpico. … Quiero mostrarles a mis hijos que, pese a cualquier obstáculo que puedan enfrentar, pueden superarlo y pueden ir tras sus metas».

Criar a niños con necesidades especiales le dio, según sus palabras, una perspectiva nueva: «Me ha dado paciencia, me ha dado el impulso para seguir adelante, y me ha hecho darme cuenta de que incluso mis peores días en el bobsleigh son mejores que los peores días como madre», declaró más tarde a NBC.

El oro en monobob, logrado en sus quintos Juegos Olímpicos, fue presentado como algo más que una medalla: un arco narrativo de triunfos, retrocesos y momentos en los que estuvo cerca de abandonar. Además, el texto afirma que se convirtió en la estadounidense de mayor edad en ganar un oro individual de invierno y que su sexta medalla olímpica la igualó con la patinadora Bonnie Blair como la mujer estadounidense con más medallas en la historia de los Juegos de Invierno.

Cuando sonó el himno y se elevó la bandera de Estados Unidos, apareció como campeona, pero también como testimonio de resistencia: atlética, espiritual y familiar. Y el relato insiste en que el triunfo no se comprende al margen de su confianza en Dios.

Pero, según el reportaje, su historia aún no concluye. Más adelante en la semana, Meyers Taylor tendría otra oportunidad de buscar el oro en el bobsleigh de dos mujeres. Esta vez competiría junto a Jadin O’Brien, antigua atleta de pista y campo de Notre Dame, a quien ella misma reclutó para sumarse al equipo.

O’Brien, descrita como católica devota, había declarado anteriormente que el testimonio cristiano de Meyers Taylor «fortalece nuestro vínculo y nos da una ventaja competitiva sobre otras combinaciones piloto-frenadora», y describió esa fe compartida como «una herramienta extra».

Esa «herramienta» fue puesta a prueba en enero de 2026, cuando ambas sufrieron un accidente violento durante una prueba de la Copa del Mundo en St. Moritz, Suiza. El impacto fue tan severo que la Federación Internacional de Bobsleigh y Skeleton se negó a publicar las imágenes. Aun así, de forma llamativa, las dos salieron con lesiones menores.

Meyers Taylor interpretó aquel episodio en clave de Providencia: «Solo por la gracia de Dios —y por una pequeña placa de peso en la parte delantera de mi trineo— me salvé», escribió en Instagram.

Así, los altibajos de su camino olímpico se presentan como algo que supera el deporte: un testimonio de la guía de Dios y del papel decisivo de la familia que ha moldeado su vida como atleta y como madre. Y en el instante más luminoso de su victoria, lo que el reportaje subraya que más importaba no era el metal colgado al cuello, sino las palabras simples, comunicadas con signos, que contenían el significado más profundo para ella: «Mamá ganó».

Envuelta en la bandera estadounidense, se dejó caer al suelo, abrazó a la niñera de sus hijos y a los pequeños, que llevaban ropa de invierno y parecían comprender solo en parte la magnitud del momento. Sostuvo a Nico cerca mientras él le tocaba la cara jugando, y Noah miraba con los ojos muy abiertos. Después de permanecer un rato en ese abrazo tierno, se incorporó poco a poco, chocó la mano con su entrenador y saludó al público ondeando la bandera, en una mezcla radiante de triunfo, alegría y amor.

2 comentarios

jandro
Un gran ejemplo de tesón y valía !
21/02/26 10:19 PM
María del Pilar
Una madre coraje!!
¡¡Gloria a Dios!!
21/02/26 10:48 PM

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