(InfoCatólica) El Consejo General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha comunicado formalmente, el 19 de febrero, que procederá a las consagraciones episcopales previstas para el próximo 1 de julio, desatendiendo la petición del Dicasterio para la Doctrina de la Fe de suspender dicho acto como condición previa para reanudar el diálogo teológico.
La decisión, adoptada de forma unánime por los cinco miembros del Consejo General, queda recogida en una carta fechada el 18 de febrero y dirigida al cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio, que la Fraternidad ha hecho pública junto con varios documentos anexos (que reproducimos al final de la noticia).
La carta se suma al comunicado institucional publicado desde la casa generalicia de Menzingen y responde a la reunión mantenida el 12 de febrero entre Pagliarani y Fernández, convocada tras el anuncio, el 2 de febrero, de la intención de la Fraternidad de consagrar nuevos obispos alegando un «estado de grave necesidad» para las almas bajo su cuidado pastoral.
El Vaticano advierte de cisma; la Fraternidad rechaza la acusación
El 12 de febrero, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe advirtió públicamente que proceder a consagraciones episcopales sin mandato pontificio «constituiría una ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma)», con «graves consecuencias» no solo para los futuros obispos, sino para el conjunto de la Fraternidad. Fernández ofreció en ese mismo encuentro retomar un proceso de diálogo teológico específico, orientado a determinar los «mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», pero condicionó dicha apertura a que Pagliarani aplazara la fecha del 1 de julio.
La respuesta de Pagliarani, firmada en Miércoles de Ceniza, acoge favorablemente la oferta de diálogo «por la sencilla razón» de que fue él mismo quien la propuso hace siete años, en una carta dirigida el 17 de enero de 2019 a Mons. Guido Pozzo, entonces secretario de la Comisión Ecclesia Dei. Según expone en su carta, el Dicasterio «no mostró realmente interés por tal discusión», aduciendo de forma oral que era imposible alcanzar un acuerdo doctrinal entre la Santa Sede y la Fraternidad. Ahora, sin embargo, concluye que no puede «aceptar, por honestidad intelectual y fidelidad sacerdotal, ante Dios y ante las almas, la perspectiva y los objetivos en nombre de los cuales el Dicasterio propone reanudar el diálogo en la situación actual; ni tampoco el aplazamiento de la fecha del 1 de julio».
Frente a la acusación de cisma, la Fraternidad ha publicado asimismo un documento doctrinal en el que defiende que una consagración episcopal no autorizada por la Santa Sede «no constituye una ruptura de la comunión de la Iglesia cuando no va acompañada ni de una intención cismática ni de la colación de la jurisdicción». El argumento se apoya en la posición de varios teólogos y prelados que, ya durante el Concilio Vaticano II, cuestionaron el postulado de la constitución Lumen gentium según el cual la consagración episcopal confiere simultáneamente el poder de orden y el de jurisdicción. El texto cita tres documentos de Pío XII (la encíclica Mystici Corporis de 1943, y las cartas apostólicas Ad Sinarum Gentem de 1954 y Ad Apostolorum Principis de 1958) para sostener que es el Romano Pontífice quien comunica de forma inmediata el poder de jurisdicción episcopal, con independencia de la consagración. Por ello, concluye el documento, los futuros obispos auxiliares «no se arrogarán ninguna jurisdicción contra la voluntad del Papa, y no serán en modo alguno cismáticos».
Cinco razones para rechazar el diálogo propuesto
En su carta, Pagliarani articula cinco argumentos por los que considera impracticable el marco de diálogo propuesto por Fernández.
En primer lugar, señala que ambas partes saben de antemano que no pueden llegar a un acuerdo doctrinal, especialmente en lo que atañe a las orientaciones fundamentales adoptadas desde el Concilio Vaticano II, «ya que, como usted mismo ha recordado con franqueza, los textos del Concilio no pueden ser corregidos, ni puede cuestionarse la legitimidad de la reforma litúrgica». Para la Fraternidad, ese desacuerdo no es una mera divergencia de opiniones, sino «un verdadero caso de conciencia, nacido de lo que resulta ser una ruptura con la Tradición de la Iglesia», agravado en los últimos pontificados con documentos como la exhortación apostólica Amoris Lætitia (que admite a divorciados «vueltos a casar» a la Comunión) o el motu proprio Traditionis Custodes (que restringe la Misa Tradicional Latina).
En segundo lugar, Pagliarani sostiene que la interpretación del Concilio Vaticano II ya está fijada en el conjunto del Magisterio posconciliar, y que no es un corpus de textos libremente interpretables. En tercer lugar, denuncia que el diálogo llega acompañado de amenazas públicas de sanciones canónicas, lo que lo hace «difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos». En cuarto lugar, considera que no corresponde a la Fraternidad determinar mediante diálogo cuáles son los criterios de pertenencia a la Iglesia, pues estos han sido «establecidos y definidos por el Magisterio a lo largo de los siglos». Y en quinto lugar, invoca el precedente del proceso de diálogo iniciado en 2009 y que concluyó abruptamente el 6 de junio de 2017, cuando el cardenal Gerhard Ludwig Müller, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, exigió a la Fraternidad, con la aprobación del papa Francisco, la adhesión explícita al Concilio y al período posconciliar como condición para cualquier reconocimiento canónico. Ese documento, ahora también publicado por la Fraternidad como anexo, reproduce los tres requisitos que Müller transmitió al entonces superior general, Mons. Bernard Fellay: adhesión a la nueva Professio Fidei de 1988, aceptación explícita de las enseñanzas del Vaticano II y reconocimiento de «la validez y la legitimidad» de los libros litúrgicos promulgados tras el Concilio.
Una apelación pastoral al cardenal Fernández
El tono de la carta, a pesar de la firmeza de sus posiciones, concluye con un llamamiento a la «caridad hacia las almas y hacia la Iglesia». Pagliarani recuerda al cardenal que la Fraternidad «no le pide ningún privilegio, ni siquiera una regularización canónica», sino únicamente poder continuar administrando los sacramentos a los fieles que acuden a ella. Invoca en ese sentido la doctrina de la «escucha» y la flexibilidad pastoral que el propio Fernández y el papa Francisco han promovido respecto a situaciones canónicas complejas, y pide que esa misma comprensión se aplique a la Fraternidad. «La necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la Santa Iglesia católica», escribe.
La carta está firmada por Pagliarani junto a los cuatro restantes miembros del Consejo General: el obispo Alfonso de Galarreta (primer asistente general), Christian Bouchacourt (segundo asistente general), el obispo Bernard Fellay (primer consejero general y ex superior general) y Franz Schmidberger (segundo consejero general y ex superior general). Desde Menzingen, la dirección de la Fraternidad ha pedido a sus miembros y fieles que ofrezcan el rezo del rosario y los sacrificios cuaresmales «especialmente por el Santo Padre, por el bien de la Santa Iglesia y para preparar dignamente las almas para la ceremonia del 1 de julio».
Comunicado sobre la respuesta del Consejo General de la Fraternidad San Pío X a la propuesta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
Durante la reunión celebrada el pasado 12 de febrero entre el Padre Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y Su Eminencia el Cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, organizada tras el anuncio de las futuras consagraciones episcopales para la Fraternidad, este último propuso «un camino de diálogo específicamente teológico, según una metodología muy precisa, […] para poner de relieve los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», condicionando este diálogo a la suspensión de las consagraciones episcopales anunciadas.
A petición del Prefecto del Dicasterio, el Superior General presentó esta propuesta a los miembros de su Consejo, y se tomó el tiempo necesario para evaluarla.
El 18 de febrero, el Padre Pagliarani envió su respuesta por escrito al Cardenal, acompañada de varios anexos y firmada por los cinco miembros del consejo general.
Dado que la cuestión es ahora de dominio público, a raíz del comunicado publicado por la Santa Sede el 12 de febrero, parece oportuno hacer público también el contenido de esta carta y sus anexos, a fin de permitir a los fieles interesados conocer con precisión la respuesta dada.
El Superior General confía esta situación a la oración de los miembros de la Fraternidad y de todos los fieles. Pide que el rezo del rosario, así como los sacrificios del tiempo de Cuaresma que comienza, se ofrezcan especialmente por el Santo Padre, por el bien de la Santa Iglesia y para preparar dignamente las almas para la ceremonia del 1 de julio.
Menzingen, 19 de febrero de 2026
Carta del Padre Pagliarani al Cardenal Fernández
Respuesta del Consejo General de la Fraternidad San Pío X al Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
Menzingen, 18 de febrero de 2026
Miércoles de Ceniza
Eminencia Reverendísima,
Ante todo, le agradezco haberme recibido el pasado 12 de febrero, así como haber hecho público el contenido de nuestro encuentro, lo cual favorece una perfecta transparencia en la comunicación.
No puedo sino acoger favorablemente la apertura a una discusión doctrinal, manifestada hoy por la Santa Sede, por la sencilla razón de que fui yo mismo quien la propuso hace exactamente siete años, en una carta fechada el 17 de enero de 20191. En aquel momento, el Dicasterio no mostró realmente interés por tal discusión, aduciendo –de forma oral– que era imposible llegar a un acuerdo doctrinal entre la Santa Sede y la Fraternidad San Pío X.
Por parte de la Fraternidad, una discusión doctrinal era –y sigue siendo– deseable y útil. En efecto, aunque no se llegue a un acuerdo, los intercambios fraternos permiten conocerse mejor mutuamente, afinar y profundizar los propios argumentos, comprender mejor el espíritu y las intenciones que animan las posiciones del interlocutor, sobre todo su amor real por la Verdad, por las almas y por la Iglesia. Esto se aplica, en todo momento, para ambas partes.
Esa era precisamente mi intención en 2019, cuando sugerí una discusión en un momento sereno y pacífico, sin la presión o la amenaza de una posible excomunión que habría hecho el diálogo un poco menos libre, lo cual, lamentablemente, sucede hoy.
Dicho esto, aunque me alegra, por supuesto, esta nueva apertura al diálogo y la respuesta positiva a mi propuesta de 2019, no puedo aceptar, por honestidad intelectual y fidelidad sacerdotal, ante Dios y ante las almas, la perspectiva y los objetivos en nombre de los cuales el Dicasterio propone reanudar el diálogo en la situación actual; ni tampoco, por otra parte, el aplazamiento de la fecha del 1 de julio.
Le expongo respetuosamente las razones, a las que añadiré algunas consideraciones complementarias.
1.- Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal, especialmente en lo que se refiere a las orientaciones fundamentales adoptadas desde el Concilio Vaticano II. Este desacuerdo, por parte de la Fraternidad, no constituye una simple divergencia de opiniones, sino un verdadero caso de conciencia, nacido de lo que resulta ser una ruptura con la Tradición de la Iglesia. Lamentablemente, este complejo nudo se ha vuelto aún más inextricable con los desarrollos doctrinales y pastorales surgidos durante los últimos pontificados.
Por lo tanto, no veo cómo un proceso de diálogo común podría conducir a determinar conjuntamente cuáles serían «los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», ya que, como usted mismo ha recordado con franqueza, los textos del Concilio no pueden ser corregidos, ni puede cuestionarse la legitimidad de la reforma litúrgica.
2.-Se entiende que este diálogo debería permitir aclarar la interpretación del Concilio Vaticano II. Pero esta ya está claramente establecida en el posconcilio y en los sucesivos documentos de la Santa Sede. El Concilio Vaticano II no es un conjunto de textos libremente interpretables: ha sido recibido, desarrollado y aplicado durante sesenta años por los papas que se han sucedido, según orientaciones doctrinales y pastorales precisas.
Esta lectura oficial se expresa, por ejemplo, en textos importantes como Redemptor Hominis, Ut Unum Sint, Evangelii Gaudium o Amoris Lætitia. Se manifiesta igualmente en la reforma litúrgica, comprendida a la luz de los principios reafirmados en Traditionis Custodes. Todos estos documentos muestran que el marco doctrinal y pastoral en el que la Santa Sede pretende situar cualquier discusión ya está determinado.
3.-El diálogo propuesto se presenta hoy en circunstancias que no pueden ignorarse. En efecto, llevamos siete años esperando una respuesta favorable a la propuesta de discusión doctrinal formulada en 2019. Más recientemente, escribimos en dos ocasiones al Santo Padre: primero para solicitar una audiencia, y luego para exponer con claridad y respeto nuestras necesidades y la situación concreta de la Fraternidad.
Sin embargo, tras un largo silencio, solo cuando se mencionan las consagraciones episcopales se propone la reanudación del diálogo, que aparece, por tanto, como dilatorio y condicionado. En efecto, la mano tendida para la apertura al diálogo va acompañada, lamentablemente, de otra mano ya dispuesta a infligir sanciones. Se habla de ruptura de la comunión, de cisma2 y de «graves consecuencias». Más aún, esta amenaza es ahora pública, lo cual crea una presión difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo.
4.- Por otra parte, no nos parece posible entablar un diálogo para definir cuáles serían los mínimos necesarios para la comunión eclesial, simplemente porque esa tarea no nos corresponde. A lo largo de los siglos, los criterios de pertenencia a la Iglesia han sido establecidos y definidos por el Magisterio. Aquello que debía creerse de forma obligatoria para ser católico siempre se ha enseñado con autoridad, en constante fidelidad a la Tradición.
Por lo tanto, no vemos cómo estos criterios podrían ser objeto de un discernimiento común mediante el diálogo, ni cómo podrían ser reevaluados hoy en día hasta el punto de no corresponder ya a lo que la Tradición de la Iglesia siempre ha enseñado y que nosotros deseamos observar fielmente, en nuestro lugar.
5.- Finalmente, si se prevé un diálogo con vistas a llegar a una declaración doctrinal que la Fraternidad pueda aceptar, en relación con el Concilio Vaticano II, no podemos ignorar los precedentes históricos de los esfuerzos realizados en este sentido. En particular, quisiera llamar su atención sobre el más reciente: la Santa Sede y la Fraternidad recorrieron un largo camino de diálogo, iniciado en 2009, particularmente intenso durante dos años, y luego continuado de manera más esporádica hasta el 6 de junio de 2017. Durante todos esos años, se buscó alcanzar lo que el Dicasterio propone ahora.
Sin embargo, todo terminó drásticamente con una decisión unilateral por parte del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Müller, quien, en junio de 2017, estableció solemnemente, a su manera, los «mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», incluyendo explícitamente todo el Concilio y el posconcilio3. Esto demuestra que, si se insiste en un diálogo doctrinal demasiado forzado y sin la suficiente serenidad, a largo plazo, en lugar de obtener un resultado satisfactorio, solo se conseguirá agravar la situación.
Así pues, ante la constatación compartida de que no podemos llegar a un acuerdo sobre la doctrina, me parece que el único punto en el que podemos coincidir es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia.
Como cardenal y obispo, usted es ante todo un pastor: permítame dirigirme a usted en ese título. La Fraternidad es una realidad objetiva: existe. Por eso, a lo largo de los años, los Sumos Pontífices han tomado nota de su existencia y, mediante actos concretos y significativos, han reconocido el valor del bien que puede realizar, a pesar de su situación canónica. Es también por eso que hoy estamos dialogando.
Esta misma Fraternidad le pide únicamente poder continuar haciendo ese mismo bien a las almas a las que administra los santos sacramentos. No le pide nada más, ningún privilegio, ni siquiera una regularización canónica que, en el estado actual de las cosas, es impracticable debido a las divergencias doctrinales. La Fraternidad no puede abandonar a las almas. La necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la Santa Iglesia católica.
Podemos estar de acuerdo en un punto: ninguno de nosotros desea reabrir heridas. No repetiré aquí todo lo que ya hemos expresado en la carta dirigida al Papa León XIV, de la que usted tiene conocimiento directo. Subrayo solamente que, en la situación actual, el único camino realmente practicable es el de la caridad.
Durante la última década, el Papa Francisco y usted mismo han abogado ampliamente por «la escucha» y la comprensión de las situaciones particulares, complejas, excepcionales, ajenas a los esquemas ordinarios. También han deseado que el derecho se utilice siempre de forma pastoral, flexible y razonable, sin pretender resolverlo todo con automatismos jurídicos y esquemas preestablecidos. La Fraternidad no le pide otra cosa en este momento, y sobre todo no lo pide para sí misma: lo solicita por esas almas, respecto de las cuales, como ya se ha prometido al Santo Padre, no tiene otra intención que hacerlas verdaderas hijas de la Iglesia romana.
Finalmente, hay otro punto en el que también estamos de acuerdo, y que debe alentarnos: el tiempo que nos separa del 1 de julio es un tiempo de oración. Es un momento en el que imploramos al Cielo una gracia especial y, por parte de la Santa Sede, comprensión. Rezo especialmente por usted al Espíritu Santo y –no lo tome como una provocación– a su santísima esposa, la Mediadora de todas las gracias.
Deseo agradecerle sinceramente la atención que me ha dispensado y el interés que tenga a bien mostrar a la presente cuestión.
Reciba, Eminencia Reverendísima, la expresión de mis más distinguidos saludos y de mi devoción en el Señor.
Davide Pagliarani, Superior General
+ Alfonso de Galarreta, Primer Asistente General
Christian Bouchacourt, Segundo Asistente General
+ Bernard Fellay, Primer Consejero General, Ex Superior General
Franz Schmidberger, Segundo Consejero General, Ex Superior General
Carta del Padre Pagliarani a Monseñor Pozzo, del 17 de enero de 2019
Carta dirigida por el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X a Mons. Guido Pozzo, Secretario de la Comisión Ecclesia Dei, el 17 de enero de 2019.
Excelencia Reverendísima,
Ante todo, quiero agradecerle la benevolente atención que ha manifestado durante todos estos años hacia la Fraternidad San Pío X, así como el amable recibimiento que me brindó durante nuestro encuentro del 22 de noviembre de 2018. Mi gratitud se extiende naturalmente también a Su Eminencia el Cardenal Ladaria.
Tal y como acordamos en dicho encuentro, le escribo en relación con las discusiones teológicas previstas. En comparación con lo que hemos hecho en el pasado, propongo dar prioridad a los intercambios escritos regulares entre teólogos de la Santa Sede y de la Fraternidad, previendo, por ejemplo, dos encuentros anuales.
Los interlocutores que propongo por parte de la Fraternidad son sacerdotes aptos para la discusión doctrinal. Se trata de los Padres Arnaud Sélégny, Guillaume Gaud y Jean-Michel Gleize. Por otra parte, está previsto que el Padre Sélégny resida pronto en la Casa Generalicia, lo que permitirá mantener un vínculo más directo entre nosotros. Esto no impide que otros hermanos puedan igualmente aportar su contribución.
Pienso que sería conveniente considerar desde ahora la posibilidad de publicar el resultado de estas discusiones. Esta idea me vino a la mente al leer la transcripción de su encuentro del 28 de febrero de 2018 con mi predecesor. Usted mismo expresó el deseo de que se realizara una publicación de este tipo. Es por esta razón que me permito hacer esta sugerencia. Sin embargo, le dejo a usted la decisión sobre la manera de publicar las respectivas síntesis de nuestras discusiones, si le parece razonable.
En cuanto a los temas de las discusiones, pienso que sería conveniente que se refieran tanto al Concilio como al Magisterio posterior. En efecto, en el desarrollo posconciliar, hay muchos elementos que permiten precisar la verdadera interpretación que debe darse al Concilio: de ahí la importancia de incluir en los intercambios el Magisterio posconciliar.
Por lo tanto, propongo la siguiente lista, que debería permitirnos abarcar prácticamente todos los temas a tratar:
- Los fundamentos eclesiológicos del ecumenismo;
- La práctica del ecumenismo por parte de la jerarquía de la Iglesia;
- Los fundamentos y objetivos del diálogo interreligioso;
- La salvación de los judíos según el Magisterio actual;
- La nueva concepción del sacerdocio: sus fundamentos teológicos y sus consecuencias litúrgicas;
- El ministerio petrino a la luz de Apostolos Suos, Ut Unum Sint y otras enseñanzas de Juan Pablo II;
- La sinodalidad en el marco del Magisterio actual;
- La doctrina actual sobre la moral conyugal;
- La primacía y el papel de la conciencia en el Magisterio conciliar y posconciliar.
Espero que esto corresponda también a sus expectativas.
Le ruego acepte, Excelencia Reverendísima, mis más respetuosos saludos in Domino.
Don Davide Pagliarani
Orden y jurisdicción: la inanidad de la acusación de cisma
19 Febrero 2026
La Fraternidad se defiende de toda acusación de cisma y considera, apoyándose en toda la teología tradicional y en la enseñanza constante de la Iglesia, que una consagración episcopal no autorizada por la Santa Sede, cuando no va acompañada ni de una intención cismática ni de la colación de la jurisdicción, no constituye una ruptura de la comunión de la Iglesia.
La constitución Lumen gentium sobre la Iglesia establece en el capítulo III, n.° 21, que el poder de jurisdicción es conferido por la consagración episcopal al mismo tiempo que el poder de orden. El decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos en la Iglesia enuncia lo mismo en su preámbulo, n.° 3. Y esta afirmación es retomada por el Código de Derecho Canónico de 1983, en el canon 375 § 2. Ahora bien, en la Iglesia, la recepción del poder episcopal de jurisdicción depende, por derecho divino, de la voluntad del Papa, y el cisma se define precisamente como el acto de quien se arroga una jurisdicción de forma autónoma y sin tener en cuenta la voluntad del Papa. Por ello, según estos documentos, una consagración episcopal realizada contra la voluntad del Papa sería necesariamente un acto cismático.
Este argumento, que pretende concluir que las futuras consagraciones episcopales dentro de la Fraternidad serían cismáticas, se basa enteramente en el postulado del Concilio Vaticano II según el cual la consagración episcopal confiere tanto el poder de orden como el de jurisdicción.
Sin embargo, en opinión de pastores y teólogos cuya autoridad era reconocida en el momento del Concilio Vaticano II, este postulado no es tradicional y carece de fundamento sólido. Durante el Concilio, el Cardenal Browne y Monseñor Luigi Carli lo demostraron en sus comentarios escritos sobre el esquema de la futura constitución Lumen Gentium. Monseñor Dino Staffa hizo lo mismo, basándose en los datos más contrastados de la Tradición.
Pío XII declaró en tres ocasiones, en Mystici Corporis en 1943, en Ad Sinarum Gentem en 1954 y en Ad Apostolorum Principis en 1958, que el poder episcopal ordinario de gobierno del que gozan los obispos, y que ejercen bajo la autoridad del Sumo Pontífice, les es comunicado de manera inmediata, es decir, sin la mediación de la consagración episcopal, por el mismo Sumo Pontífice: «immediate sibi ab eodem Pontifice Summo impertita». Si este poder les es conferido de manera inmediata por el solo acto de la voluntad del Papa, no se ve cómo podría derivarse de la consagración.
Tanto más cuanto que la mayoría de los teólogos y canonistas niegan absolutamente que la consagración episcopal otorgue el poder de jurisdicción.
Y la disciplina de la Iglesia contradice esta tesis. En efecto, si el poder de jurisdicción es conferido mediante la consagración, ¿cómo es que un Sumo Pontífice elegido, que aún no hubiera sido consagrado obispo, posee por derecho divino la plenitud del poder de jurisdicción, así como la infalibilidad, desde el mismo momento en que acepta su elección? Siguiendo esta misma lógica, si es la consagración la que confiere la jurisdicción, los obispos residenciales nombrados, pero aún no consagrados, aunque ya estén establecidos al frente de su diócesis como verdaderos pastores, no tendrían ningún poder de jurisdicción ni ningún derecho a participar en los concilios, cuando en realidad sí tienen estas dos prerrogativas antes de su consagración episcopal. En cuanto a los obispos titulares, que no gozan de autoridad sobre ninguna diócesis, habrían estado privados durante siglos del ejercicio de un poder de jurisdicción que, según Lumen Gentium, habrían recibido en virtud de su consagración.
Si se objeta que la consagración ya confiere un poder de jurisdicción propiamente dicho, pero que requiere la intervención del Papa para poder ejercerse concretamente, respondemos que esta distinción es artificiosa, ya que Pío XII afirma claramente que es el poder de jurisdicción en su esencia lo que es comunicado inmediatamente por el Papa, quien, por tanto, no se limita simplemente a realizar una condición necesaria para el recto ejercicio de dicho poder.
Los obispos que serán consagrados el próximo 1 de julio como auxiliares de la Fraternidad no se arrogarán, por tanto, ninguna jurisdicción contra la voluntad del Papa, y no serán en modo alguno cismáticos.
Carta del Cardenal Müller a Monseñor Fellay, del 6 de junio de 2017
3 Julio 2017
El 26 de junio de 2017, Mons. Bernard Fellay, superior general de la Fraternidad San Pío X, recibió del cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, una carta fechada el 6 de junio anterior, en la que el prelado alemán enunciaba, con la aprobación del papa Francisco, las condiciones de una declaración doctrinal, previa a cualquier reconocimiento canónico de la Fraternidad.
Excelencia,
Como usted sabe, el Papa Francisco ha manifestado en repetidas ocasiones su buena voluntad hacia su Fraternidad Sacerdotal, concediendo en particular a todos los sacerdotes miembros la facultad de confesar válidamente a los fieles y autorizando a los Ordinarios del lugar a otorgar licencias para la celebración de matrimonios de los fieles que siguen la actividad pastoral de su Fraternidad. Por otra parte, continúa la discusión sobre las cuestiones relativas al pleno restablecimiento de la comunión de su Fraternidad con la Iglesia católica.
A este respecto, con la aprobación del Sumo Pontífice, he considerado necesario someter a la Sesión Ordinaria de nuestra Congregación, reunida el pasado 10 de mayo, el texto de la Declaración doctrinal que le fue transmitido durante el encuentro del 13 de junio de 2016, como condición necesaria para el pleno restablecimiento de la comunión. He aquí, a propósito de ello, las decisiones unánimes de todos los Miembros de nuestro Dicasterio:
- Es necesario exigir a los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X la adhesión a la nueva fórmula de la Professio Fidei de 1988. En consecuencia, ya no es suficiente pedirles que emitan la Professio Fidei de 1962.
- El nuevo texto de la Declaración doctrinal debe incluir un párrafo en el que los firmantes declaren, de manera explícita, su aceptación de las enseñanzas del Concilio Vaticano II y las del período postconciliar, otorgando a dichas afirmaciones doctrinales el grado de adhesión que les corresponde.
- Los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X deben reconocer no solo la validez, sino también la legitimidad del rito de la Santa Misa y de los Sacramentos, según los libros litúrgicos promulgados después del Concilio Vaticano II.
En la Audiencia concedida al Cardenal Prefecto el 20 de mayo de 2017, el Sumo Pontífice aprobó estas decisiones.
Al comunicárselas, le agradecería que tuviera a bien darlas a conocer a los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.
Asegurándole mi oración por su delicada misión, le ruego acepte la expresión de mis sentimientos de sincera devoción en el Señor.
Gerhard Card. Müller, Prefecto







