(ACI/InfoCatólica) Los obispos de Colombia publicaron el 13 de febrero una carta pastoral dirigida a los sacerdotes del país, con el propósito de alentarlos a mantener claro el sentido de su consagración y de su ministerio. En el texto, los prelados insisten en que el sacerdocio no puede vivirse como una plataforma de protagonismo personal, porque «no es para exhibirse, sino para llevar a los hombres y mujeres a su encuentro con Cristo».
La carta fue emitida al final de la 120° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Colombia, cuyas reflexiones se centraron en el tema «El presbiterio en la Iglesia sinodal». En la presentación del documento, los obispos señalan que el texto es «fruto del discernimiento» en el que también participaron sacerdotes de las 78 jurisdicciones eclesiásticas. De acuerdo con esa misma presentación, en el documento «expresan gratitud, exhortan a reavivar la identidad sacerdotal y llaman a fortalecer la comunión y la misión en un contexto que reclama sentido, verdad y esperanza».
Desde el inicio, la carta plantea una vuelta a las fuentes de la vocación: invita a los presbíteros a regresar siempre «al amor primero», es decir, al encuentro con Jesucristo que dio sentido a su llamada. Unido a ello, los obispos proponen una actitud interior concreta, marcada por el silencio y la docilidad, «para escuchar la voz del Espíritu y permitir que Cristo renueve la alegría de nuestra entrega».
El documento no se queda en exhortaciones genéricas, sino que llama a una firmeza viril y sobrenatural en la identidad sacerdotal. En ese sentido, los obispos alientan a los presbíteros a ser «firmes, sólidos en la identidad y valientes, porque ‘Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de dominio propio’». Y añaden, con tono de advertencia y de estímulo: «No perdamos el horizonte de nuestra consagración sacerdotal».
La carta recuerda después el fundamento de esa identidad. Afirma que la identidad sacerdotal «se fundamenta en la configuración real y existencial con Cristo» y no en «un conjunto de tareas o a la presión por obtener resultados visibles». Con ello, el Episcopado subraya que el ministerio no puede medirse por criterios mundanos de eficacia o de éxito, sino por la unión con Cristo, de la cual brota la fecundidad apostólica verdadera.
Por esa razón, los obispos exhortan a reavivar «continuamente la conciencia de ser alter Christus (otro Cristo), permitiendo que sea el Señor quien configure la vida, unifique el corazón y dé forma a un ministerio construido desde la intimidad con Dios, la fidelidad a la Iglesia y el servicio humilde al pueblo confiado».
En uno de los pasajes más directos, el texto vincula la coherencia de vida con el verdadero fin del sacerdocio y con los consejos evangélicos vividos en el estado clerical. Los prelados escriben: «Este camino exige una vida visible y coherente, no para exhibirse, sino para remitir siempre al Misterio de Dios: el sacerdocio no es nunca fin en sí mismo, sino puente y signo que conduce a Cristo, permaneciendo en el mundo sin ser del mundo, viviendo el celibato, la pobreza y la obediencia como formas concretas de pertenecer enteramente a Dios».
La carta aborda también una dimensión fraterna y muy concreta del presbiterio: la necesidad de no aislarse. Tras subrayar «que nadie camina solo», los obispos aconsejan a los sacerdotes no temer pedir ayuda cuando la necesiten, y a ofrecerla cuando alguien la requiera. En ese marco, recuerdan que la gracia de Dios actúa con especial fuerza cuando se vive la unidad y la comunión: «La gracia opera con más fuerza cuando edificamos juntos la unidad, ‘como piedras vivas’, con la ayuda de nuestro Presbiterio, familia, amigos y comunidades».
En continuidad con ello, el Episcopado reconoce la fragilidad humana, sin caer en excusas ni en derrotismo, y la pone ante la fidelidad divina. Los obispos recuerdan a sus sacerdotes que «aunque nuestra humanidad sea frágil, Dios es fiel; su fidelidad y la nuestra engendrarán siempre futuro. Él conoce cansancios, luchas e ilusiones; se alegra con nuestros frutos y sostiene nuestros pasos».
A partir de ese realismo espiritual, la carta llama a recuperar una vida interior auténticamente sacerdotal, capaz de abrazar la verdad de la propia humanidad y dejarla iluminar por Cristo. Los prelados escriben: «Recuperemos nuestra espiritualidad sacerdotal que abraza la verdad profunda de la propia humanidad y la deja iluminar por Cristo. Nuestra vida donada es semilla de esperanza para Colombia. Hoy el Señor nos envía nuevamente a iluminar un mundo que tiene sed de sentido, verdad y amor».
Más adelante, el documento invita a dejarse guiar por la Palabra de Cristo «para abrir caminos nuevos en la fidelidad al servicio, a la fraternidad y a la misión encomendada». Y, al describir el modo de encarnar esa fidelidad, insiste en una valentía que no es capricho ni ruptura, sino creatividad arraigada: «Los sacerdotes —indica— estamos llamados a vivir cada día la valentía creativa que, arraigada en la tradición viva del Evangelio, se traduce en obras concretas de caridad para el mundo».
El texto concluye poniendo el ministerio sacerdotal bajo un amparo claramente cristiano y mariano. Los obispos encomiendan a sus sacerdotes a la protección de la Virgen María y de San José, para que no se aparten «de la senda de la fidelidad y de la disponibilidad total al Señor». Y cierran con una súplica dirigida a Cristo, centro y medida del sacerdocio: «Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, renueve en cada uno de nosotros la gracia de nuestro ministerio, para que la obra que Dios ha comenzado en nosotros, Él mismo la lleve a feliz término».








