(CWR/InfoCatólica) Con la Cuaresma a las puertas —que comenzará el Miércoles de Ceniza, 18 de febrero— el padre Manuel Corral, canónigo de la catedral metropolitana de Ciudad de México, ha dirigido un llamado a vivir este tiempo litúrgico como una oportunidad verdadera de conversión interior, especialmente para quienes están implicados en la violencia criminal que castiga al país.
En una rueda de prensa celebrada el 6 de febrero, el sacerdote explicó el sentido de la Cuaresma como un período de 40 días de preparación para la Pascua, que arranca con el Miércoles de Ceniza y concluye antes del Jueves Santo. En ese marco, insistió en que se trata de un tiempo privilegiado para una transformación real de las actitudes, un momento propicio para «estar dispuestos a cambiar».
El padre Corral advirtió también del riesgo de reducir el inicio cuaresmal a una mera apariencia externa. Recordó que muchos cristianos llevan de forma visible la cruz de ceniza en la frente, pero subrayó que no debe perderse su significado esencial, porque «es un símbolo de arrepentimiento» que invita a examinar la propia vida y a volver el corazón hacia Dios.
Con esa clave penitencial, el canónigo dirigió una exhortación explícita a quienes ejercen y sostienen la violencia en México. Reconoció la dificultad particular de apelar a quienes forman parte del crimen organizado, pues, según indicó, los cárteles «están en una espiral de violencia tan enorme que hacer un llamamiento» para que cese la violencia durante la Semana Santa «es muy difícil».
Aun así, afirmó que el camino de la oración puede abrir espacio a la paz si existe un verdadero encuentro con Cristo: «La oración, como recogimiento, puede traernos paz, siempre que haya diálogo y ese encuentro con Cristo». Para ilustrarlo, evocó lo ocurrido en 2011 cuando una reliquia de san Juan Pablo II fue llevada a distintos lugares, entre ellos San Fernando, en el estado de Tamaulipas, y Apatzingán, en Michoacán. En ambos casos —señaló— se logró crear un período de calma en contextos marcados por la violencia.
En declaraciones concedidas a ACI Prensa, el padre Corral explicó además que, aunque no sea lo más frecuente, existen criminales que se acercan a la Iglesia buscando reconciliación. No ocultó que se trata de un proceso exigente, porque el perdón sacramental supone asumir responsabilidades: «tienes que arrepentirte», y a veces eso implica incluso «ir y entregarte a las autoridades».
El sacerdote fue claro al describir la dureza de ese paso: «No es fácil», admitió, pero añadió: «pero les digo que ha habido [casos]… Puedo dar fe de personas que han cambiado». Con ello quiso subrayar que la conversión no puede reducirse a palabras o sentimientos, sino que requiere una rectificación concreta de la vida.
Más allá de la violencia armada, el canónigo remarcó que el llamado a la conversión alcanza también a la vida personal de cada día. En ese sentido, animó a examinar actitudes que generan conflicto en lo cotidiano y recordó que cada uno ha de «hacer lo que tienes que hacer dentro de ti para fomentar y crear un ambiente pacífico». Invitó igualmente a reconocer comportamientos que dañan a los demás, como «el egoísmo, no cooperar o molestar a los otros».
Al hablar de cómo comenzar la Cuaresma reconciliados con Cristo, el padre Corral indicó que lo más importante es acercarse al sacramento de la confesión. Como signo de esperanza, relató que, durante la apertura de la puerta del Jubileo de la Esperanza en la catedral metropolitana, fue testigo de largas jornadas de confesiones en las que acudieron miles de personas, «movidas por un deseo real de cambio».
Con una imagen expresiva, describió la confesión como un don inmerecido que exige una disposición sincera: «La confesión es como un cheque en blanco que el Señor nos da, y lo llenamos con lo que queramos, pero teniendo esta [disposición], para decir: Señor, aquí estoy, y quiero tener actitudes diferentes, dame la fuerza para que mi vida sea transformada, para que mi vida sea cambiada».
Junto a la confesión, el sacerdote recordó que la Cuaresma se vive de forma concreta a través del ayuno, la oración y la caridad. Precisó que el ayuno no es una privación sin sentido, sino que «significa autodisciplina». Y añadió que la oración no puede quedarse en repetir fórmulas, sino que implica «sobre todo, silencio… es decir: “habla, Señor, que tu siervo escucha”».
También insistió en que la caridad va más allá de dar limosna, porque supone vivir con una generosidad auténtica: «ser caritativo es ser generoso, pero generoso en dar lo mejor de mí mismo, sí, asumiendo la responsabilidad de mi vida; eso es cargar la cruz, como estaba diciendo, eso es lo que significa ser caritativo». Así, el sacerdote presentó la Cuaresma como un tiempo de retorno a Dios sin maquillajes, donde el arrepentimiento debe traducirse en conversión real y en obras concretas de vida cristiana.








