(InfoCatólica) Apenas dos semanas después de su ascensión al papado, y recibiendo un legado que venía del anterior pontificado, León XIV firmó la continuación de los procesos de beatificación del obispo español Alejandro Labaka Ugarte y la Hermana colombiana Inés Arango Velásquez, hasta hoy «venerables».
Mons. Alejandro Labaka nació en España en 1920. En 1937 e ingresó en la Orden de los Capuchinos. Ordenado sacerdote en 1945, fue enviado como misionero a China y luego a Ecuador, donde ejerció como prefecto apostólico, especialmente entre los Indios Huaorani del Ecuador.
Fiel a al estilo de su época, no buscaba evangelizar, sino «recibir de ellos todas las ‘semillas del Verbo’ ocultas en su vida real y en su cultura, donde vive el Dios desconocido»[1].
Hoy, la inmensa mayoría de esos indios, son protestantes.
La hermana Inés Arango nació en Colombia el 6 de abril de 1937. En 1955, ingresó al noviciado de las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia para, en 1977 trasladarse a la región amazónica de Ecuador, donde conoció a Labaka, con quien permanecería prácticamente hasta su muerte, incluso contra el consejo de sus superioras.
Mons. Labaka y la Hna. Arango, muy comprometidos desde lo social, sabían del problema existente entre los indígenas y las compañías petroleras que buscaban la explotación de las tierras donde residían los indios tagaeri, una tribu muy belicosa del Amazonas ecuatoriano, ante quienes intentaron mediar. Por ello, el 21 de julio de 1987, poco después de aterrizar en la selva, ambos fueron salvajemente asesinados por los nativos quienes los atravesaron con lanzas.
Labaka, como era su costumbre, se encontraba desnudo mientras que Arango estaba vestida.
Lo que no muchos conocen son los escritos de Mons. Labaka, como ser, la famosa Crónica Huaorani, publicada en su cuarta edición en 2003 por el propio Vicariato Apostólico de Aguarico, donde se ofrece, en primera persona, un relato pormenorizado del estilo de vida que llevaban (pueden leerse AQUÍ).
Presentamos entonces algunas citas sin glosa, del propio Labaka que podrían hacer pensar sobre la conveniencia para el Ecuador de su proceso de beatificación, especialmente luego de los escándalos sexuales sufridos por miembros de la Iglesia a partir del año 2000.
Labaka y el nudismo como «inculturación»
1. «¡Bendito nudismo de los Huaorani, que no necesitan trapos para salvaguardar sus normas de moral natural!» (Crónica Huaorani, 39; a partir de ahora, CH).
2. «Ellos [los Huaorani] iban desnudos, nosotros comenzamos a ir también de esa manera. (…) Vivían desnudos y yo también a menudo estaba desnudo como ellos» (Tras el rito de las lanzas, Vida y lucha de Alejandro Labaka, CICAME, Coca, Ecuador, 2003, 199-200).
3. «Dios ha querido guardar en este pueblo la manera de vivir, la moral natural como en el Paraíso antes del pecado» (CH, 57).
4. «Tal como estaba, en paños menores, me adelanté hasta el jefe de la familia, Inihua y Pahua, su señora; junto a mí se hallaba ya el hijo mayor. Con las palabras padre, madre, hermanas, familia me esforcé en explicarles que ellos, desde ahora, constituían mis padres, hermanos; que todos éramos una sola familia… Me desnudé completamente y besé las manos de mi padre y de mi madre Huaorani y de mis hermanos, reafirmando que somos una verdadera familia» (CH, 37).
5. «Temí ser un rechazo para la cultura y costumbres Huaorani si me manifestaba demasiado rígido (…). En esas circunstancias, comprendí que el misionero, si le toca andar por la selva con ellos, debe andar igual que ellos para poder vestirse cuando llegue la ocasión del frío de la noche» (CH, 38).
6. «Los misioneros deben comportarse con toda naturalidad entre ellos; no extrañarse de su nudismo ni de ciertas curiosidades que puedan tener con nosotros, y hasta que debemos desnudarnos voluntariamente en algunas circunstancias, no en plan de exhibicionismo sino para no crear complejos de culpabilidad en una cultura de madurez sexual extraordinaria» (CH, 103).
Mons Labaka se desnudaba incluso frente a las religiosas
7. «Cada vez que se integran nuevos misioneros al equipo, se suscitan las mismas preocupaciones de nuestros primeros contactos con la cultura amazónica del ‘hombre desnudo’. La preocupación, hecha casi obsesión, se cifraba en que los Huaorani desnudaban a todos. Admitiendo todos que la desnudez era legal dentro de su cultura, constituía, en cambio, una de las dificultades mayores para la entrada del personal misionero, especialmente religiosas. Muy pronto nos dimos cuenta de que el misionero no tiene que esperar que le desnuden, sino que hará mejor en adelantarse a hacerlo para dar muestras de aprecio y estima a la cultura del pueblo Huaorani» (CH, 144).
8. «En un momento dado, nos encontramos con que el camino se ha perdido en un profundo aguazal de unos quinientos metros de extensión. Sin dudar un momento Deta (una indígena) se desviste y avanza desnuda con el agua hasta más arriba de la cintura; llegada a la orilla opuesta nos anima sonriente, mientras nosotros caminamos cautelosamente, sin atrevemos a imitar su ejemplo por nuestros prejuicios de educación. Después de un par de horas regresamos por el mismo camino. Deta, esta vez, no se quita su pantaloneta y atraviesa el aguazal, seguida de las Hermanas. Poco después llegamos nosotros: Neñene, con su criatura en brazos, me indica que le ayude a soltarse el lazo de su pantaloneta que, luego, me entrega para que se la pase yo. Ante este signo de confianza y naturalidad, me desvisto también y pasamos así el aguazal» (CH, 145).
9. En una ocasión en que las indias le sacaron el «cinturón» que cubría sus partes íntimas y en que acabaron todos desnudos, él comenta: «Esta es la única ocasión en que todo el grupo por igual vivimos en la presencia del Creador un capítulo hermoso de la Biblia (Gen. 2, 25)» (CH, 113).
Dormía desnudo junto a un ex seminarista y una religiosa
10. Santos Dea Macanilla, indio naporuna y ex seminarista regresó a la selva, pero luego acompañó algunas veces a los misioneros en sus incursiones en territorios indígenas. Relatando un viaje por los ríos Aguarico y sus afluentes Cuyabeno y Eno, en enero de 1980, donde acompañó al P. Labaka y a la Hna. Arango, dice:
«Estando en Puerto Bolívar, nos dieron una casa no habitada para que nosotros durmiéramos allí. Antes de la media noche llegaron a esta provisional vivienda millares de hormigas (…). Se desparramaron hacia donde estaban durmiendo la Hna. y el P.[adre]; luego de unos minutos les vi levantarse a la vez, (la Hna.) Inés estaba con una bata corta de dormir, mientras que Alejandro con la ropa de Adán (desnudo). La primera estaba tranquila frente al otro que se sacaba las hormigas de todo el cuerpo. Al día siguiente al hacer algún comentario al respecto, lo único que dijo es: me sorprendieron las hormigas y por mucho que busqué mi pantaloneta que había puesto en la cabecera, no la encontré, así que me levanté como estaba porque ya me estaban terminando» (Tras el rito de las lanzas, p. 108).
Mons. Labaka convivía y dormía habitualmente con jóvenes indígenas desnudos que se excitaban mutuamente
11. Observé la facilidad, o mejor la práctica casi generalizada como algo ritual, de excitarse entre los varones frecuentemente y siempre que hacen sus necesidades; amén de otros juegos de aspecto homosexual en sus largas tertulias familiares. Partir de su realidad me pidió bañarme con ellos o como ellos, o a la vista de jóvenes y niños, con toda naturalidad; intencionadamente hacer el aseo completo de varón adulto; permitir satisfacer la natural curiosidad de tocar y ver en lo que nos ven distintos, como, las partes vellosas del cuerpo. Pero ahí precisamente se me ofreció la ocasión de dar una lección, cuando uno de los adolescentes quiso excitarme y lo impedí con sonriente energía» (CH,57).
12. «Peigo [un joven Huaorani] se quedó, al parecer, sin hamaca y se acercó a mi cama. En días anteriores le había rechazado, pues le temía por sus ademanes e intentos provocativos homosexuales. Esta vez tuve otra comprensión del ‘aceptar todo, excepto el pecado’ y compartí la cama acostándonos desnudos bajo el mismo mosquitero» (CH, 51-52).
13. «Nos acostamos muy temprano, apenas oscureció. La casa consta de un solo departamento: En un ángulo está el fogón, entre las hamacas de los esposos Inihua y Pahua. En el otro costado se encuentran las restantes hamacas, quitadas a los obreros de la Compañía, con sus toldos y sus colchas, en dirección este-oeste. Mi cama la pusieron detrás, en dirección norte-sur, en el suelo, de manera que podemos darnos la mano con el joven que duerme junto a mí en la hamaca. Estoy empapado de sudor y me quito la camisa y el pantalón» (CH, 36).
14. «Mi madre Pahua se empeñó en que todos durmiéramos en su casa, a pesar de no haber casi sitio material para ello (…). Los jóvenes estuvieron más juguetones que nunca, abundando en palabras y signos que figuraban la unión de sexos, permitiéndose tocamientos en los genitales. Esta vez me molestaron especialmente, hasta constatar con algazara que las reacciones viriles son idénticas entre nosotros y los Huaorani. Con todo, no insistieron ni conmigo ni entre ellos de manera que se produjera polución. Procuré no hacer ningún drama y me esforcé en actuar con naturalidad, reírme con ellos y disuadirles del juego (…). En esta circunstancia concreta nada hubiera habido tan ridículo ni que produjera tanta hilaridad como la erección conseguida en el Capitán ‘Memo’ [ese era el apodo del P. Labaka, en Aguarico]. Cuando llegaron de nuevo a acostarse, yo acababa de pedir perdón a Dios por si estaba convertido en ‘un viejo verde homosexual’» (CH, 146).
[1] Mons. Alejandro Labaka, Crónica Huaorani, Cicame, Ecuador 2003, 103). Las negritas han sido colocadas para facilitar la lectura; no corresponden al original.






