(InfoCatólica) El nada sospechoso para el tradicionalismo, Mons. Eleganti, no se ha andado con subterfugios en su : «Y sin embargo sigue siendo un cisma». Según el obispo emérito de Coria, la consagración de obispos sin autorización pontificia supone un acto de cisma que conlleva la excomunión automática tanto para quien consagra como para quien recibe la ordenación, según establece el Derecho Canónico vigente.
Esta disposición, que afecta directamente a la constitución divina de la Iglesia, plantea serios interrogantes sobre la situación irregular de grupos como la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) y, más allá, sobre la profunda crisis que atraviesa la Iglesia Católica desde el Concilio Vaticano II.
El Derecho Canónico es inequívoco
Para Eleganti, el Canon 1382 del Código de Derecho Canónico establece sin ambigüedades: «Un obispo, que consagra a alguien obispo sin mandato pontificio, así como quien recibe de él la consagración, incurren en excomunión latae sententiae (automática) reservada a la Sede Apostólica». Esta pena automática se fundamenta en el Canon 1013, que prohibe expresamente a cualquier obispo consagrar a otro sin que conste previamente el mandato papal mediante decreto pontificio.
El mandato para la consagración episcopal debe proceder inequívocamente del Papa. Quien sabe que no existe tal nombramiento por parte del Pontífice cumple el supuesto de cisma, pues supone la negativa a someterse jurisdiccionalmente al Papa, manteniendo la propia autonomía o autogobierno.
Fundamento teológico de la excomunión
Continúa el obispo señalando que Pío XII enseñó en su encíclica Mystici Corporis que el ejercicio del oficio en la Iglesia tiene una base jurisdiccional fundamentada en la Revelación y en la institución por Jesucristo. Por ello, el Concilio de Trento anatematiza a quienes apoyan a obispos que no están «ordenados debidamente o enviados por autoridad canónica eclesiástica». Denzinger-Schönmetz (número 1777) sostiene que solo los obispos legítimamente ordenados e instituidos son portadores válidos del oficio apostólico. El Concilio considera a estos últimos como «ladrones y salteadores».
Tales actuaciones afectan directamente a la constitución divina de la Iglesia, que se hace visible mediante vínculos jurídicos. Imponer una autonomía práctica y jurídica mediante consagraciones episcopales arbitrarias, no autorizadas por el Papa, significa escindirse de la comunidad visible y realmente vivida del Cuerpo Místico de Cristo.
El caso de la Fraternidad San Pío X
Para Mons. Eleganti existen indicios fundados de que la FSSPX desea mantener su plena autonomía y autogobierno, y en este sentido tampoco busca una regularización de su relación irregular con la Iglesia universal. Una regulación semejante implicaría aceptar obispos designados por el Papa que la presidan y dirijan, o bien, si proceden de sus propias filas, que estén vinculados jerárquicamente y dependan jurisdiccionalmente del Pontífice, habiendo sido nombrados por él. Sin embargo, la FSSPX evalúa quizá la situación de la Iglesia de manera diferente al Papa, motivo por el cual elude esta dependencia.
Resulta poco convincente colgar la imagen del Papa en las propias sacristías, orar por él en el canon de la misa, afirmar y enseñar la constitución jerárquica de la Iglesia y del Magisterio con el Papa a la cabeza, simular devoción, mientras se desvincula jurisdiccionalmente de él por completo y se autogobierna. A esto se suma el desarrollo de una jerarquía propia y una dirección independiente de Roma, que decide y ejecuta sus propios actos jurídicos (autoempoderamiento basado en el cuidado de la salvación de las almas y en la invocación de un presunto estado de necesidad eclesial y propio). Esto es cismático. Otros lo hacen con distintos presupuestos, lo que merece igual condena.
La Iglesia debe reconocer sus propios errores
La Iglesia universal y el Papa harían bien en tomar en serio las críticas legítimas de este sector y las preocupaciones del pueblo fiel respecto a la liturgia, admitiendo finalmente los propios fracasos desde el Concilio Vaticano II. Entre ellos figuran el fracaso de la reforma litúrgica y de los esfuerzos ecuménicos e interreligiosos, que no han conducido a la unidad en la verdad, sino a un declive sin precedentes de la vida de fe de los católicos: conocimiento rudimentario de la fe y una participación activa decepcionantemente escasa, rechazo de la moral sexual de la Iglesia y de partes esenciales de su Credo, señala en su blog.
Debe mencionarse también una relativización históricamente sin precedentes de la mediación salvífica absoluta y la necesidad salvífica de Jesucristo y su Iglesia en las propias filas. Basta mirar a Alemania, donde los exponentes del camino sinodal solo representan ya una agenda social de izquierdas que nada tiene que ver con la fe de la Iglesia, pero mucho con los estándares del mundo, y que ideológicamente prescinde también de Jesucristo. En efecto: el Anticristo procede de nuestras propias filas y demuestra así que nunca perteneció a nosotros. Debería llamarse a estas personas y sus herejías por su nombre y excluirlas antes de que desgarre completamente el Cuerpo de Cristo.
Llamamiento a reformas auténticas
El obispo suizo termina diciendo que solo cabe rezar para que el Papa y los cardenales en los próximos consistorios tomen finalmente nota de la realidad desastrosa en la Iglesia Católica y encuentren el valor de iniciar reformas genuinas y aclaraciones. Entre estas últimas no cuento la sinodalidad proclamada por el Papa Francisco, que no ha aportado absolutamente nada a la vida de fe de los católicos ni a la superación de las deficiencias en la Iglesia. Nadie en la Iglesia se opone a escuchar a Dios y a escucharse mutuamente, como escribió Etty Hillesum: «Lo más profundo en mí, que escucha lo más profundo en Ti: ¡Dios a Dios!». No confundamos nuestro espíritu (lo que nosotros queremos) con el Espíritu de Dios (lo que Dios quiere), como señaló el cardenal Zen en su intervención de tres minutos ante el Papa y los cardenales en el último consistorio.








