(Tribune Chretienne/InfoCatólica) Sarah Elisabeth Mullally ha tomado posesión oficialmente como arzobispesa de Canterbury este miércoles 28 de enero, durante la ceremonia de Confirmation of Election en la catedral de San Pablo de Londres. Se convierte así en la 106ª titular de la sede primacial y la primera mujer en acceder a este cargo en casi 1.400 años de historia. Esta toma de posesión, altamente simbólica para la Iglesia de Inglaterra, se produce en un clima de tensiones doctrinales, contestaciones internas y profunda recomposición del mundo anglicano.
Una ceremonia marcada por la división
La ceremonia, a la vez jurídica y litúrgica, ha consagrado legalmente su acceso a la sede de Canterbury. Al término del oficio, Mullally ha dado su primera bendición como «primada». Sin embargo, detrás de la solemnidad esperada del rito, la unidad tradicionalmente asociada a la función aparece ya fragilizada.
Desde el anuncio de su nombramiento en octubre de 2025, Sarah Mullally ha sido objeto de marcadas oposiciones, particularmente por parte de corrientes anglicanas conservadoras. Estas críticas se centran tanto en el hecho de que sea la primera mujer llamada a ocupar este cargo como en sus posiciones doctrinales, especialmente su apoyo a la bendición litúrgica de parejas del mismo sexo. Para sus opositores, estas orientaciones constituyen una ruptura con la enseñanza bíblica y la tradición histórica del anglicanismo.
El cisma de la Comunión Anglicana Mundial
Esta contestación adquirió una nueva dimensión el 16 de octubre de 2025, cuando varios primados que representan provincias enteras del anglicanismo mundial anunciaron que ya no reconocen la autoridad espiritual de la sede de Canterbury.
Reunidos en torno a responsables como Laurent Mbanda, arzobispo de Ruanda, estos obispos, mayoritariamente procedentes de África y Asia, proclamaron su retirada de las estructuras tradicionales de la Comunión Anglicana y la constitución de una nueva organización que se define como la Comunión Anglicana Mundial. Acusan a la Iglesia de Inglaterra de haber abandonado la fidelidad doctrinal en favor de evoluciones consideradas incompatibles con la fe apostólica.
Ausencia significativa en el Vaticano
En este contexto de cisma abierto tuvo lugar, durante el otoño, una liturgia ecuménica de particular alcance simbólico en el Vaticano. El rey Carlos III, gobernador supremo de la Iglesia de Inglaterra, rezó en la Capilla Sixtina junto al papa León XIV. Un momento presentado como histórico para el diálogo ecuménico, pero marcado por una ausencia notable: la de Sarah Mullally.
Oficialmente, esta ausencia se explicaba por el hecho de que aún no había tomado posesión de su sede. No obstante, en un anglicanismo ahora fracturado, este motivo ha sido considerado poco convincente por varios observadores. En su lugar, fue Stephen Cottrell, arzobispo de York, quien representó al anglicanismo. Esta elección ha sido interpretada como un gesto de prudencia por parte de la Santa Sede, preocupada por no aparecer como validando implícitamente una autoridad ya contestada.
Reservas ecuménicas del Vaticano
Desde su elección, el papa León XIV ha insistido en un ecumenismo enraizado en la verdad doctrinal, recordando que la unidad no puede construirse en detrimento de la fe recibida de los apóstoles. En cuestiones como la ordenación de mujeres y la moral sexual, la posición católica permanece inalterada. En este marco, la ausencia anunciada de la futura arzobispo de Canterbury durante esta oración común ha sido percibida como una señal de cautela más que como un simple detalle protocolario.
Interrogantes sobre su pasado
A esta fragilización simbólica se añaden las interrogantes persistentes relacionadas con expedientes que se remontan al período en que Sarah Mullally era obispo de Londres. Aunque ciertos procedimientos han sido formalmente cerrados, estos asuntos continúan alimentando los debates sobre la credibilidad moral de quien se dispone a convertirse en la principal figura espiritual de la Iglesia de Inglaterra.
Un ministerio bajo presión
Sarah Mullally se dispone a asumir un cargo cargado de símbolos y tensiones. Debe convertirse en una autoridad moral nacional en un país ampliamente secularizado, siendo al mismo tiempo contestada por una parte significativa del mundo anglicano y observada con prudencia en la escena ecuménica. Su instalación solemne en la catedral de Canterbury, prevista para marzo, marcará el inicio de su ministerio público. Pero este se anuncia ya en una Iglesia fracturada, donde el papel tradicional de la sede de Canterbury como punto de unidad aparece profundamente cuestionado.







