(InfoCatólica) Los obispos de Francia han publicado una tribuna pública contra la proposición de ley que instituye un «derecho a la ayuda a morir», que será examinada por el Senado el próximo 20 de enero. En un texto titulado «No se cuida la vida dando la muerte», el Consejo Permanente de la Conferencia de Obispos de Francia denuncia lo que considera una instrumentalización de conceptos fundamentales como la dignidad, la libertad y la fraternidad.
En septiembre de 2025 el obispo de Chartres ya se dirigió a los senadores para pedirles que «promuevan un plan de vida, no un plan de muerte» y trabajen por una «civilización de la vida»: «la eutanasia contradice una ley inmemorial: no matarás»
Semana decisiva
Tras ser aprobado en la Asamblea Nacional el pasado 27 de mayo de 2025 (con 305 votos a favor y 199 en contra), el proyecto de ley relativo al «Derecho a la ayuda a morir» entra ahora en su fase crítica en el Senado. El texto fue validado con enmiendas por la Comisión de Asuntos Sociales el pasado 7 de enero y pasará al pleno de la Cámara Alta para su debate público a partir del próximo 20 de enero de 2026. Se espera que el voto solemne de los senadores tenga lugar el 28 de enero, tras una semana de intensas deliberaciones donde la mayoría conservadora del Senado intentará endurecer las condiciones de acceso, sustituyendo el concepto de «derecho» por el de «asistencia médica» excepcional. Desde el punto de vista ético es insuficiente.
Si el Senado modifica el texto, como se prevé, el proyecto deberá volver a la Asamblea Nacional para una lectura definitiva, ya que esta cámara tiene la última palabra según el sistema parlamentario francés.
Una posición basada en la experiencia pastoral
Los 16 prelados que firman la tribuna, encabezados por el cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, fundamentan su posición en una larga experiencia de acompañamiento a enfermos, familias, cuidadores y personal sanitario. Reconocen sin ambages los miedos que atraviesan estas situaciones: el temor al dolor, a la soledad, a la dependencia o a la pérdida de control.
«Estas angustias son reales. Reclaman respuestas humanas, fraternales, médicas y sociales a la altura», afirman los obispos, que consideran que estos temores no justifican la introducción de un gesto de muerte en el acto de cuidar.
Defensa de la «vía francesa» de final de vida
Los obispos se inscriben en la continuidad de lo que denominan la «vía francesa» del final de vida, construida durante más de veinticinco años. Esta vía se basa en un doble rechazo: el del ensañamiento terapéutico y el de la muerte provocada. Las leyes sucesivas, hasta la ley Claeys-Leonetti, han afirmado el derecho a no sufrir y el deber de acompañar la vida hasta su término.
Esta perspectiva ha desarrollado la cultura paliativa, escuchando la palabra del paciente, reconociendo las directivas anticipadas y autorizando la sedación profunda y continua cuando el dolor se vuelve refractario, no para dar la muerte sino para aliviar.
Cuestionamiento de la necesidad de una nueva ley
Los prelados plantean una pregunta decisiva: ¿por qué una nueva ley cuando el acceso a los cuidados paliativos sigue siendo profundamente desigual en el territorio y una parte importante de las necesidades aún no está cubierta? Según datos que citan, cerca de un cuarto de las necesidades en cuidados paliativos no están cubiertas actualmente.
«Si «se muere mal en Francia», no es porque la administración de una sustancia letal a los pacientes no esté aún autorizada, sino porque la ley existente se aplica insuficientemente», argumentan en su tribuna.
Rechazo a la instrumentalización de conceptos fundamentales
La dignidad humana como valor inaliénable
En el centro de la tribuna se encuentra el rechazo claro a la instrumentalización de nociones fundamentales. La dignidad humana, recuerdan, no es variable ni condicional. No depende del estado de salud, de la autonomía o de la utilidad social. Es inherente a la persona humana hasta el final de su existencia y permanece inalienable.
Esta afirmación se inscribe en la antropología cristiana clásica, según la cual el hombre, creado a imagen de Dios, conserva su valor infinito incluso en la mayor fragilidad. Autorizar la eutanasia o el suicidio asistido equivaldría a introducir una jerarquía implícita entre las vidas, considerando algunas dignas de ser vividas y otras no.
La libertad en contexto de vulnerabilidad
La libertad tampoco puede pensarse de manera abstracta, subrayan los obispos. El sufrimiento, el miedo, la soledad o la presión social pueden pesar sobre el discernimiento. Una demanda de muerte expresa a menudo menos un deseo real de morir que una llamada a ser aliviado, reconocido, acompañado.
En una visión profundamente relacional del hombre, las decisiones individuales siempre comprometen a otros. Hacer recaer una elección de muerte sobre un enfermo, una familia o un equipo médico formado para curar y no para matar, es fragilizar el pacto de confianza que fundamenta la ética del cuidado.
La fraternidad como acompañamiento, no como muerte
Respecto a la fraternidad, su invocación para justificar la eutanasia es denunciada como un contrasentido. «Evocar una «ley de fraternidad» cuando se trata de hacer morir es una mentira», afirman categóricamente. La fraternidad no consiste nunca en acelerar la muerte o en obligar a los sanitarios a actuar contra su conciencia.
Por el contrario, llama a no abandonar nunca a quienes sufren, a reforzar el acompañamiento, a romper la soledad, a sostener a los cuidadores y a reconocer que la vulnerabilidad forma parte integrante de la condición humana.
Un cambio profundo del pacto social
Los obispos concluyen recordando la gravedad de la elección que se ofrece a los responsables políticos. «Legalizar la eutanasia o el suicidio asistido cambiaría profundamente la naturaleza de nuestro pacto social», advierten.
El voto próximo no compromete solamente conciencias individuales, sino que compromete una elección de sociedad. Detrás del debate sobre la «ayuda a morir», está en juego el sentido mismo de la vida, del sufrimiento y de la muerte. Fieles a una sabiduría cristiana probada, afirman que una sociedad crece no cuando propone la muerte como solución, sino cuando se moviliza para acompañar la fragilidad y proteger la vida hasta el final.
«No se cuida la vida dando la muerte», concluyen los prelados, denunciando que presentar la eutanasia y el suicidio asistido como actos de cuidado «confunde gravemente los referentes éticos» y supone «desviar las palabras de su verdadero sentido para anestesiar mejor las conciencias».








