(InfoCatólica) El cardenal Joseph Zen, arzobispo emérito de Hong Kong de 93 años, pudo reunirse ayer con el Papa en el Vaticano. La reunión tuvo lugar antes del comienzo del consistorio extraordinario de cardenales que se celebra estos días en Roma.
El cardenal Zen obtuvo permiso de las autoridades chinas para acudir a Roma, a pesar de que sus viajes están restringidos desde que fue condenado, hace tres años, por su supuesta colaboración con grupos extranjeros. En la actualidad permanece en libertad bajo fianza. Aunque su pasaporte suele estar confiscado, ya el año pasado se le permitió salir brevemente de Hong Kong para participar en el funeral del Papa Francisco.
En principio, que un cardenal se reúna con el Papa no debería ser noticia. A fin de cuentas, los cardenales son los colaboradores más estrechos y los principales consejeros del Pontífice. El caso del cardenal hongkonés, sin embargo, muestra que no siempre sucede así. En efecto, durante el pontificado anterior, el cardenal Zen solicitó varias veces sin éxito una audiencia con el Papa Francisco para hablarle de cuestiones muy graves sobre las que el purpurado tenía conocimientos y experiencia singulares. Incluso se vio obligado a publicar artículos en Internet con la esperanza de que llegaran a conocimiento del Papa porque este no quería recibirle. «No estoy seguro de que mis cartas le lleguen, así que pongo en mi blog lo que quiero decir, con la esperanza de que tenga ocasión de leerlo algún día a través de alguien», declaró.
Las razones para el rechazo de Francisco a reunirse con él fueron múltiples. En primer lugar, el cardenal se mostró muy crítico con algunas de las decisiones del Vaticano. En particular, deploró con gran insistencia el acuerdo firmado con las autoridades chinas, que otorgó al Partido Comunista el control práctico sobre el nombramiento de obispos católicos en China, dando de facto la razón a la llamada Iglesia patriótica china, que está al servicio del Partido, y quitándosela a los católicos clandestinos perseguidos por su fidelidad al Papa. El cardenal Zen afirmó que se estaba «entregando el rebaño en la boca de los lobos» y que se trataba de «una traición increíble», por lo que llegó a pedir la dimisión del cardenal Parolín, Secretario de Estado de la Santa Sede.
El purpurado hongkonés también criticó con fuerza la sinodalidad (y ha continuado haciéndolo durante el presente pontificado), que, en su opinión, es un intento de «desmantelar la jerarquía eclesiástica» para introducir una «estructura democrática en la Iglesia», lo que supone el riesgo de que termine cambiando el contenido de la fe. Asimismo, se opuso a Fiducia supplicans, el documento que permite las bendiciones a parejas del mismo sexo y se preguntó si el cardenal Fernández no debería ser sustituido.
Por otra parte, el papa Francisco se comportó de manera similar con varios obispos, a los que tampoco quiso recibir. Especialmente sangrante fue el tratamiento que se dio a Mons. Rogelio Livieres, destituido de su cargo de obispo diocesano de Ciudad del Este, según sus propias palabras, de manera «infundada y arbitraria y de la que el Papa tendrá que dar cuentas a Dios, ya que no a mí». Con ello se refería, entre otras cosas, a que el Papa no se había dignado recibirle siquiera para hablar con él antes de destituirlo, a pesar de que el propio Mons. Livieres había viajado a Roma para ello. El caso más conocido, por supuesto, fue el de los cuatro cardenales de los dubia, que presentaron oficialmente dudas al Papa sobre la interpretación correcta de Amoris laetitia y que solo recibieron el silencio por respuesta. Además, desde los dubia, en los consistorios de cardenales no se permitió que los cardenales hablaran libremente, quizá para evitar que presentaran preguntas incómodas al Papa Francisco, lo que en la práctica inutilizaba esos consistorios para su misión principal de aconsejar al Pontífice.
Aunque no se conoce de qué temas conversaron, la reunión del cardenal Zen con León XIV puede interpretarse como una vuelta a la normalidad debida al cambio de Pontífice. Parece indudable que la práctica seguida durante el pontificado anterior en relación con el acceso al Vicario de Cristo era una situación anómala. A fin de cuentas, precisamente cuando un papa no quiere escuchar a sus consejeros es cuando más necesita hacerlo, a no ser que lo único que quiera recibir de ellos sea adulación.








