(NC/InfoCatólica) En 2018, Andrew Laubacher era un músico católico que estaba de gira cuando tomó una decisión que, en su entorno profesional, sonó a locura: abandonar por completo las redes sociales. Según contó, su discográfica le advirtió que estaba haciendo «una decisión terrible», pero él se sentía agotado por el impacto que las redes tenían en su vida y percibió que Dios le estaba llamando a realizar ese cambio.
Años después, Laubacher ocupa un puesto de responsabilidad en Humanality, una organización sin ánimo de lucro que, según su propia descripción, «existe para ayudar a las personas a descubrir la libertad mediante una relación intencional con la tecnología». La entidad propone un programa de desintoxicación digital de 12 semanas orientado a ayudar a romper la adicción.
Con esa experiencia personal y ese marco de trabajo, Laubacher intervino ante cientos de jóvenes católicos en SEEK 2026, celebrado en Denver (Colorado), el 2 de enero. Allí explicó que las redes sociales pueden volverse adictivas y causar daños concretos en la persona humana, mencionando entre sus efectos negativos la depresión, la ansiedad y los problemas de imagen corporal. Su objetivo no fue presentar un discurso meramente alarmista, sino ofrecer pasos prácticos para usar la tecnología de modo útil e intencional.
Para introducir el problema, Laubacher citó datos del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. Señaló que la esperanza de vida promedio del país disminuyó por primera vez entre 2017 y 2019 y añadió una comparación llamativa: «Los estadounidenses tienen 10 veces más probabilidades de padecer una enfermedad depresiva que hace 60 años».
A partir de ahí enlazó esos datos con una tesis sobre un cambio tecnológico concreto. Citando tanto datos federales como investigaciones recogidas en el libro de 2024 de Jonathan Haidt, The Anxious Generation, afirmó que en 2010 se introdujo en los teléfonos inteligentes una novedad que provocó «aumentos drásticos de la ansiedad y la depresión». Y, tras plantearlo como una pregunta, dio su respuesta: la cámara frontal.
Laubacher sostuvo que aquel elemento, aparentemente técnico, contribuyó a convertir la vida en un escenario de autoexposición y autoevaluación continua. Lo expresó así: «Cuando salió esa cámara frontal, de repente nuestras vidas pasaron a definirse por sí mismas». En su relato, la consecuencia fue una dinámica de comparación constante, que se extendía a lo que uno es y a cómo vive frente a lo que otros muestran.
El ponente no habló solo en teoría. Describió cómo esa dinámica se manifestó en su propio caso: comparándose sin descanso con otras personas y con sus vidas, cayendo en la lujuria, sintiéndose solo y desperdiciando el tiempo en un desplazamiento mecánico por las publicaciones. En ese contexto, afirmó que el cambio radical de 2018 tuvo un efecto liberador en múltiples dimensiones: «Estas tecnologías me afectaron de muchas maneras diferentes, y cuando di ese salto y dejé las redes sociales, todo mejoró. Mejoraron mis amistades, mi pureza, mi productividad, mi oración. Todo empezó a mejorar».
En la sala, Laubacher quiso que los jóvenes entendieran la magnitud del fenómeno, especialmente porque muchos han crecido ya con estas herramientas como parte normal de su vida. Se dirigió a ellos con una afirmación rotunda: «Así que vosotros, la forma en que habéis crecido con estas tecnologías lo ha cambiado literalmente todo… Ha cambiado la manera en que pensáis. Ha cambiado la manera en que os comportáis. Ha cambiado la manera en que os relacionáis unos con otros. Ha cambiado la manera en que dormís. Ha cambiado la manera en que percibís la realidad».
En el núcleo de su advertencia colocó el papel de los algoritmos, no como un detalle técnico, sino como una fuerza que termina condicionando la mente. «Tenéis que entender que los algoritmos están literalmente moldeando vuestra percepción de lo que es verdad. Y si estáis viviendo vuestra vida desplazándoos y quedándoos atrapados en estas plataformas como me pasaba a mí, no sois necesariamente como queréis ser».
Para visualizar el “precio” de ese estilo de vida, Laubacher ofreció un cálculo sobre el tiempo. Dijo que el joven promedio de 18 años en 2025 va camino de vivir 90 años, y desglosó cuántos meses se van en actividades inevitables como comer, dormir, estudiar o trabajar y conducir. Tras ese descuento, explicó, queda un espacio decisivo: el tiempo verdaderamente libre. Lo cifró en «334 meses de tiempo libre» y subrayó para qué debería servir ese tramo de vida: «Ahí es donde te enamoras. Ahí es donde creas música, ahí es donde escribes ese libro, ahí es donde haces el viaje con tus seres queridos. Ahí es donde descubres tu vocación».
Su denuncia fue que esa reserva vital está siendo colonizada por la pantalla. «Ahora mismo, de esos 334 meses, el 93% de ese tiempo se va a pasar en la pantalla», afirmó. Y remató con una imagen que buscaba sacudir la conciencia de los presentes: «Al final de vuestras vidas, vosotros, en esta sala, habréis mirado la pantalla durante 27 años de vuestra vida». Por eso enunció su propósito en términos de misión personal: «Y, amigos, mi misión es ayudaros a recuperar ese tiempo en vuestra vida, para que podáis invertir ese tiempo y esa atención en las cosas que más importan».
Después del diagnóstico, Laubacher se centró en ofrecer herramientas concretas. Explicó que el programa de desintoxicación digital de Humanality propone 11 maneras de ganar libertad y una forma más humana de estar en el mundo. De esas once, destacó tres por considerarlas especialmente prácticas y aplicables: «ser luz», «ser generoso» y «estar presente».
La primera, «ser luz», se enfoca en cortar el hábito del desplazamiento nocturno y recuperar la conciencia de la diferencia entre el día y la noche. Laubacher comparó el estilo de vida actual con el de hace un siglo: hoy, dijo, las personas pasan el 90% de su tiempo en interiores, mientras que hace 100 años pasaban el 90% al aire libre. Añadió una explicación sobre el efecto de la pantalla cuando se usa por la noche: su luz engaña al cerebro haciéndole “creer” que sigue siendo de día. Y ligó esa ruptura del ritmo con consecuencias serias: «Así que nuestra separación de la luz durante el día —y que os deslicéis hasta dormiros durante la noche— es una enorme razón de nuestra salud mental, de los trastornos del sueño, de la fatiga y del agotamiento».
La segunda práctica, «ser generoso», pretende invertir una lógica que él describió como autocentrada y típica de las redes sociales. En lugar de girar en torno al propio yo, propuso un movimiento de salida: pasar a «empezar a pensar fuera de ti mismo». Ese cambio, explicó, tiene un efecto directo sobre el bienestar: uno llega a ser «más feliz y más sano cuando vives una vida que se entrega».
La tercera, «estar presente», apunta a algo más esencial: aprender a estar presente con uno mismo, con los demás y con Dios. Laubacher lo formuló como una aventura exigente y decisiva: «Amigos, quiero deciros ahora mismo que la aventura más aterradora, mejor y más asombrosa de vuestra vida va a ser aprender a amar a Dios, a vuestro prójimo y a vosotros mismos». Y añadió una confesión personal que conectaba con su experiencia: «Y si soy honesto, puedo amar a la gente con bastante facilidad, pero me resulta muy difícil amarme a mí mismo la mayor parte del tiempo. Y descubrí que mis tecnologías no me estaban permitiendo conocer a la persona que Dios ha creado para que yo sea».
Al concluir esta parte, Laubacher insistió en que hay más caminos dentro del programa, pero defendió que estos tres pueden iniciar un cambio real si se ponen en práctica en la vida diaria. «Estas tres maneras —hay muchas más—, pero estas tres maneras creo que, si empezáis a aplicarlas hoy en vuestro día a día, empezaréis a usar la tecnología como una herramienta y a salir de estas adicciones».








