(CWR/InfoCatólica) John Bergsma creció convencido de que la Misa católica no era simplemente un error, sino algo moralmente repugnante: la consideraba «una idolatría abominable». Ese fue el ambiente doctrinal en el que se formó y esa era la certeza con la que miraba a la Iglesia. Sin embargo, el 2 de enero, ante miles de universitarios y jóvenes adultos reunidos en la conferencia SEEK 2026 en Columbus (Ohio), explicó cómo esa convicción se fue deshaciendo lentamente hasta llevarlo, finalmente, a entrar en la Iglesia católica.
Según se informó, la conferencia SEEK 2026 reúne a unos 26.000 asistentes hasta el 5 de enero, distribuidos en tres sedes: Columbus, Denver y Fort Worth (Texas). En ese marco, Bergsma —biblista principal del St. Paul Center for Biblical Theology— tituló su intervención: «Conversión en la Misa: cómo descubrí la Eucaristía y la Iglesia católica». Al presentar su historia, describió su punto de partida: una crianza calvinista de raíz holandesa, «étnicamente holandesa, teológicamente protestante», formada en el pensamiento de Juan Calvino.
En su tradición, afirmó, el rechazo a la Misa no era un detalle menor, sino algo expresamente consignado. Lo explicó con estas palabras: «En nuestros documentos doctrinales había una sección sobre lo que rechazábamos. Y, en particular, rechazábamos la Misa católica». La razón, añadió, era la acusación de idolatría: se le había enseñado que los católicos cometen idolatría al adorar el pan y el vino como si fueran Dios. Por eso sentenciaba: «Si adoras a la criatura como al Creador, eso es idolatría».
Siguiendo los pasos de su padre —capellán de la Marina de Estados Unidos— Bergsma se hizo pastor protestante en el oeste de Michigan siendo muy joven, en torno a los veinte años. Pero fue allí, en el trabajo pastoral, donde comenzaron a aparecer grietas en el armazón teológico que siempre había defendido, especialmente respecto al principio de la Reforma llamado sola fide, es decir, la salvación «solo por la fe».
Relató que participaba en evangelización puerta a puerta junto con un pastor mayor, usando un método popular conocido como «el Camino Romano», una serie de versículos bíblicos ordenados para presentar la salvación por la fe sola. Una tarde, visitaron a una mujer que los recibió en su apartamento y reaccionó positivamente al mensaje. Rezaron con ella y, según recordó, sintió «una sensación real de paz y la presencia del Espíritu Santo».
Entonces, dijo, la conversación tomó un giro inesperado. Bergsma reconstruyó la pregunta que su mentor hizo a la mujer: «Mi mentor le preguntó: “Si mañana sales, robas un banco y huyes, ¿igual irás al cielo?”». La mujer dudó y respondió que no. Pero el pastor la corrigió: desde la lógica de la “fe sola” entendida como «una vez salvado, siempre salvado», insistió en que seguiría estando salvada.
Bergsma confesó que en ese instante se puso del lado de la mujer: «En ese momento, estuve de acuerdo con la mujer». Y explicó que, de forma inmediata, le vinieron a la mente pasajes de la Escritura, incluida la advertencia de Cristo de que «no todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos», y la llamada del Señor a tomar la cruz cada día. Todo eso chocaba con la conclusión que le exigía el esquema simplificado del “una vez salvado, siempre salvado”. Por eso lo resumió con una frase: «No encajaba».
Aquel episodio lo obligó a precisar qué significaba realmente «solo por la fe». Tras cuatro años de estudio —examinando la Escritura, confesiones protestantes y el catecismo de la Iglesia católica— llegó a una conclusión: o bien la sola fide era incorrecta, o bien necesitaba tantas condiciones y matices que, al final, terminaba convergiendo con la comprensión católica de la salvación.
Sus dudas se intensificaron, además, al afrontar el principio de sola scriptura, la idea de que la Escritura por sí sola sería la autoridad última para los cristianos. Mientras ejercía su ministerio en un solo vecindario, observó al menos seis congregaciones protestantes en dificultades, todas proclamando el mismo principio, pero en desacuerdo sobre enseñanzas centrales: desde el bautismo y la Eucaristía hasta el matrimonio y la moral.
El cambio decisivo llegó cuando un estudiante católico de posgrado lo animó a leer a los Padres de la Iglesia. Bergsma comenzó con san Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol san Juan. Según contó, en las cartas de san Ignacio encontró afirmaciones inequívocas sobre la autoridad episcopal y sobre la Eucaristía, descrita como «la carne de nuestro Salvador Jesucristo». Aquella formulación —indicó— no dejaba margen para replegarse en una interpretación meramente simbólica. Lo expresó así: «No había manera simbólica de eludirlo».
Después de meses de resistencia interior, Bergsma entró en la Iglesia católica en febrero de 2001. Ya como teólogo católico, explicó a los asistentes de SEEK que su camino terminó dependiendo, precisamente, de la Eucaristía: la misma doctrina que antes había condenado.
Tras su conferencia principal, Bergsma enlazó su testimonio con la situación espiritual y cultural que percibe en muchos jóvenes. Dijo que hay muchos que crecen «en la parte final de un desastre cultural y en medio del caos cultural», y que por eso «buscan algo sólido y duradero que pueda darles esperanza para el futuro». Al mencionar el número de jóvenes convertidos en diversas diócesis del país, añadió: «Están volviendo a la Iglesia católica precisamente porque la Iglesia se ha mantenido firme durante todo ese tiempo, y eso es un verdadero testimonio de que vamos por el buen camino».
Según su valoración, se está produciendo un renovado interés por la tradición y por lo estable «en medio de la inestabilidad y el caos del mundo moderno». Y describió cómo lo expresan muchos jóvenes con deseos muy concretos: «Los jóvenes dicen: “Quiero casarme. Quiero tener una familia. Quiero tener un futuro. Entonces, ¿sobre qué voy a construir?”». A esa pregunta, subrayó, la respuesta que él mismo terminó encontrando al final de su propia conversión es la Iglesia católica.








