(NCRegister/InfoCatólica) Shahida Bibi tenía solo 11 años cuando su madre abandonó a su padre para convivir con un musulmán, entregando a su hija al hermano de su nueva pareja. Según la abogada Tehmina Arora, de la organización Alliance Defending Freedom International (ADF International), «la mantuvo básicamente como esclava sexual en su casa». Durante años, Shahida fue víctima de reiterados abusos.
Al cumplir los 18, fue forzada a casarse con su captor y a convertirse al islam. Sin embargo, a diferencia de muchas otras víctimas, logró escapar. Tras trece años de aislamiento, consiguió huir junto con su hijo y reencontrarse con su padre. Este, con la ayuda de abogados de ADF International, emprendió acciones legales para disolver el matrimonio forzado.
Matrimonio nulo
En febrero de 2025, un tribunal civil de Bahawalpur declaró nulo el matrimonio de Shahida y reconoció oficialmente su identidad cristiana. La historia de esta joven evidencia la extrema vulnerabilidad de las niñas pertenecientes a minorías religiosas en Pakistán.
Se estima que cada año unas 1.000 niñas cristianas, hindúes y sij son secuestradas, obligadas a convertirse al islam y a casarse con sus raptores. Según ADF International, un 75 % de las víctimas tiene menos de 18 años, y el 18 %, menos de 14. A pesar de que la ley paquistaní fija la edad mínima para contraer matrimonio entre los 16 y 18 años, según la región, la ley islámica permite el matrimonio cuando la niña alcanza la pubertad.
A veces las familias aceptan
La abogada Arora subraya que muchas de estas menores son secuestradas con el consentimiento, voluntario o forzado, de sus propias familias, a menudo amenazadas o coaccionadas. En otros casos, las familias aceptan por desesperación, con la esperanza de mejorar su situación económica.
El problema se agrava por la falta de acceso a la educación entre las niñas cristianas, que no suelen asistir a escuelas públicas por temor a la discriminación. Esto las hace más vulnerables a manipulaciones y engaños, como firmar documentos que no saben leer.
En 2024, la Iglesia católica en Pakistán celebró una enmienda a la Ley de Matrimonio Cristiano que eleva la edad mínima para contraer matrimonio a los 18 años. Sin embargo, esta medida solo es aplicable en el Territorio de la Capital de Islamabad. Para el obispo Samson Shukardin, presidente de la Conferencia Episcopal Paquistaní, «esto nos da un poco de tranquilidad, no total, pero algo. Al menos tenemos una base legal para denunciar a quienes secuestran y casan a niñas menores de edad».
No sólo en Pakistán
Este tipo de abusos no se limita a Pakistán. En Nigeria, las niñas cristianas también son secuestradas, forzadas a casarse y convertidas al islam, como ocurrió con las 276 alumnas raptadas por Boko Haram en 2014. A día de hoy, muchas siguen en cautiverio. El pastor Gideon Para-Mallam, que lidera una fundación en defensa de los cristianos perseguidos, denuncia que grupos como Boko Haram, bandas armadas y pastores fulani cometen estos crímenes impunemente.
En Pakistán, la impunidad es también alarmante. Según Arora, la policía rara vez actúa cuando las familias denuncian los secuestros. Incluso cuando se presentan denuncias, los agentes no buscan a las niñas. En los tribunales, las víctimas se enfrentan a un entorno hostil, donde sufren amenazas e intimidaciones por parte de sus captores.
Cambiar la identidad religiosa es clave
Además, si en sus documentos oficiales figura que son musulmanas, se ven atrapadas en un sistema que impide su liberación. Cambiar su identidad religiosa en el carné de identidad es clave para poder escapar.
«Esto causó muchas dificultades en el caso de Shahida», explica Arora. «Es muy difícil abandonar a un esposo musulmán si tú misma figuras como musulmana. Incluso si trabajas para un empleador musulmán, no puedes irte».
Aunque se han conseguido avances, como la anulación del matrimonio de Shahida, los desafíos estructurales persisten. Las víctimas son frecuentemente ignoradas, tanto por la policía como por los servicios sociales. En algunos casos, incluso se les anima a permanecer en el islam.
«A menudo les dicen que convertirse al islam es algo positivo, y que deberían seguir en esa religión», denuncia Arora. «Eso crea una cultura de tolerancia hacia estos abusos».