En sus caminatas apostólicas, Jesús era seguido por muchas mujeres, que subieron luego con Él de Galilea a Jerusalén. En el relato de la Pasión según San Lucas, se señala que, en el camino al Calvario con la Cruz, una multitud lo acompañaba, y mujeres que se lamentaban llorando. Jesús se vuelve hacia ellas y dice: «Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, lloren por ustedes y por sus hijos, porque llegarán días en que se diga: ‘Felices las estériles y los vientres que no concibieron y los pechos que nadie mamó’. Y dirán a las montañas y a las colinas, ‘cúbrannos’ (Os 10, 8), porque si hacen esto con el leño verde, ¿qué no harán con el seco?» (Lc 23, 27 ss).
Varios milagros de Jesús benefician a mujeres, por ejemplo, la curación de la mujer que padecía flujos de sangre (la hemorroísa), la curación de la fiebre de la suegra de Pedro, la compasión de la viuda de Naím, la resurrección de la hijita de Jairo, pero al constituir su Iglesia, el Señor elige a varones, los Doce. Este hecho señala el futuro de la mujer en la Iglesia. En varios pasajes de las Cartas Apostólicas, se establecen o aconsejan actitudes femeninas: Col 3, 18: «Las mujeres estén sometidas a sus maridos (respétenlos), como corresponde en el Señor»; 1 Tm 2, 9 ss: «Las mujeres, con su vestimenta adecuada, con recato y modestia, sin usar peinados rebuscados, ni oro, ni perlas ni vestidos costosos. Que se adornen más bien con buenas obras, como conviene a personas que practican la piedad». Y agrega Pablo: «No permito que ellas enseñen, ni que pretendan imponer su autoridad sobre el marido, al contrario, que permanezcan calladas en las asambleas» (1 Tm 2, 12). «La mujer se salvará cumpliendo sus deberes de madre (dia tēs teknogonias) con tal que persevere en la fe, en el amor y en la santidad, con la debida discreción (sōphrosynēs)» (1 Tm 2, 15).
En las primeras comunidades cristianas, las mujeres tienen su lugar: las vírgenes y las viudas viven en una especie de consagración. Sin embargo, la consagración en sentido pleno es de carácter monástico: se remonta al comienzo del monacato benedictino, siglos V-VI; la Regla de San Benito puede fecharse hacia el 530, y Escolástica, la hermana de Benito de Nursia, es la figura inicial del monacato femenino. El ideal es la contemplación fundada en la lectura de la Biblia, y las tareas manuales: Ora et labora.
En la Edad Media, el monacato benedictino de ambos sexos se renueva en el Císter, y éste en el siglo XVII, se convierte en la Estricta Observancia, la Orden de la Trapa (OCSO). Después del Concilio de Trento se multiplicaron las fundaciones de congregaciones religiosas femeninas; varios, entre los fundadores, han sido canonizados.
Aunque diversamente, en todas las formas de consagración religiosa femenina se verifica la presencia del Ora et labora, es decir, de la oración o contemplación, y la acción y el trabajo. Tanto en las abadías benedictinas, como en los conventos carmelitanos, ello se expresa, por ejemplo, en la difusión del canto litúrgico, y el debido cuidado de todo el Culto; y, también, en la confección de ornamentos sacerdotales, y la preparación de otros productos (como dulces), que son vendidos como ingresos, para el sostenimiento de dichas instituciones. Numerosas religiosas, de diversas congregaciones, se empeñan en el servicio de la educación, de los pobres, de los ancianos, de los enfermos. Ellas señalan la presencia de la Iglesia en el mundo, son la novedad del Evangelio en medio de los hombres. Es ésta una realidad eclesial, independientemente de la política religiosa que profese el pontificado. Los gobiernos seculares saben respetar ese aporte de la Iglesia, salvo los regímenes totalitarios, que suelen perseguirla.
Además del aporte de las congregaciones religiosas, la concepción cristiana de la sociedad incluye la consagración de la mujer en el matrimonio y su papel de madre: la «tecnogonía», engendrar y educar hijos (1 Tm 2, 9 ss.). Es el servicio básico que sostiene a la humanidad sobre la Tierra.
Detrás del perfil de toda mujer, también de las religiosas consagradas, se encuentra la figura bíblica de Eva (Jawwâh), madre de todos los vivientes. La tecnogonía procede de las primeras páginas del libro del Génesis.
Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata.
Buenos Aires, viernes 28 de febrero de 2025.