(Abadía del Valle de los Caídos/InfoCatólica) El sábado 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María a los Cielos, tuvo lugar la profesión de votos temporales por parte de uno de los jóvenes monjes de la Abadía benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, Fr. Pablo A. M. La ceremonia se celebró dentro de la Misa conventual de 11 h. en la Basílica pontificia. Ingresó en la Abadía hace dos años; cabe recordar que durante el año 2019 han entrado asimismo varios jóvenes más y en este 2020 ha habido tres tomas de hábito.
La pasada festividad de San José compartían la dicha de la toma de hábito de Fr. J. A. M., un joven graduado en Filosofía y el 19 de junio la de Fr. Joaquín. En plena vorágine mediática se incorporaban dos nuevos postulantes, de 29 y 23 años de edad.
Homilía en la Profesión pronunciada por el P. Santiago Cantera, prior administrador de la Abadía
Querido Fr. Pablo:
Tus pasos en la vida monástica benedictina en esta Abadía han ido siempre de la mano de la Santísima Virgen María desde los mismos momentos de tu ingreso. Tomaste el hábito el día de Nuestra Señora de Guadalupe y comenzaste tu noviciado canónico hace un año, con motivo de la misma solemnidad que hoy celebramos: la Asunción de María a los Cielos en cuerpo y alma, verdad proclamada como dogma por el Venerable Pío XII en 1950; el Papa precisamente que ocho años después erigió nuestro monasterio en abadía.
Sin duda alguna, la Virgen María te muestra el camino para llegar a Dios: Jesucristo, a quien como monje –según nos enseña Nuestro Padre San Benito–nada debes anteponer, siendo Él–como verdadero Hijo de Dios– el verdadero centro de todos tus amores (cf. RB4,21; 72,11). Un joven monje de nuestro tiempo como San Rafael Arnáiz señaló la ruta con claridad: «Todo por Jesús, y a Jesús por María».
María, en el texto del Evangelio de San Lucas que hoy se ha proclamado (Lc 1,39-56), se convierte en Maestra para los monjes, porque nos enseña a alabar a Dios, a proclamar su grandeza y su misericordia, a vernos pequeños ante su magnificencia, la cual precisamente se fija en los humildes. En este cántico del Magníficat que San Benito dispuso que los monjes recitáramos diariamente (RB 17,7-8), María nos enseña a confiar en la capacidad de Dios para obrar proezas con su brazo todopoderoso y nos exhorta a confiar en la Providencia del buen Dios que colma de bienes a los hambrientos y auxilia a su pueblo elegido, del cual los monjes estamos llamados a ser una porción considerable. En estos preciosos versos, María nos invita a la alegría, a vivir alegres en Dios nuestro Salvador, quien se complace en los pequeños y humildes.
Pequeño y humilde debe ser el monje, según nos enseña también San Benito en su Santa Regla. En el capítulo VII que dedica a la humildad, escoge la imagen de la escala de Jacob (cf. Gn 28,12-15) para ascender hasta el perfecto amor de Dios y el Cielo. Y María, en el misterio de su Asunción gloriosa, nos recuerda que toda nuestra meta está en Dios y en el Cielo y que sólo podemos alcanzarla por la imitación de su divino Hijo, que es manso y humilde de corazón (cf. Mt 11,29).
De este modo, uno de los grandes beneficios de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma los Cielos es que nos infunde esperanza en la vida eterna, pues en este privilegio observamos cuál es el verdadero fin al que estamos llamados: participar de la gloria infinita de Dios, de su visión beatífica y de la unión con Él. Somos peregrinos en este mundo y nuestra meta última es el Cielo.
Y al contemplar la humildad de la Virgen y su Asunción gloriosa, siendo llevada por los ángeles al cielo, así como al meditar el camino de la humildad que San Benito nos propone valiéndose de la imagen de la escala de Jacob por la que subían y bajaban ángeles del cielo, te invito a que como monje acudas con frecuencia a la intercesión de los santos ángeles de Dios. Nuestra vida monástica, que es profecía de la vida eterna en el Cielo, está llamada a realizar en la tierra la misión de los ángeles en el Cielo: alabar, adorar y amar a Dios. Y por eso, valiéndome de la riqueza espiritual del Oriente cristiano, te recuerdo que en la fórmula de profesión del «Pequeño Hábito» y del «Gran Hábito» del Eucologio bizantino, el higúmeno o abad le dice al monje que va a profesar: «Mira, hijo mío, qué pacto concluyes ahora con Cristo, el Señor. Los ángeles están aquí invisiblemente presentes. Ellos anotan cuidadosamente por escrito esta promesa, que es la tuya, sobre la cual serás examinado cuando tenga lugar la Parusía de Nuestro Señor Jesucristo».
Querido Fray Pablo: quiero concluir teniendo presente el estrecho abrazo que en tu persona se dan México, España y Francia, y el hecho de que tú mismo así lo sientes en lo más profundo de ti. Esto es una bendición para este santo lugar del Valle de los Caídos, donde los monjes asumimos una misión especial de orar por España, por su paz, por su prosperidad y por la reconciliación entre los españoles. Y al orar por España, ¿cómo no orar por las Españas de Ultramar y por todo el conjunto de esa Hispanidad que tiene su Patrona en la Virgen del Pilar, a la que se dedica una de las capillas de nuestra Basílica? Y al orar como benedictinos, ¿cómo no hacerlo por toda Europa, que tiene a San Benito por Patrón, y por todas las patrias y pueblos de Europa y de la Cristiandad?
En este día de la Asunción de María, Patrona principal de Francia y cuya representación saliendo de la montaña de Montserrat se encuentra en el mosaico de Santiago Padrós sobre nuestras cabezas, te ponemos bajo su amparo. Y quiero recordarte quela segunda Patrona de Francia, Santa Juana de Arco, se encuentra representada en la reja de José Espinós en la entrada de nuestra Basílica, donde también está nuestra Santa Teresa de Jesús, y están hermanados en una misma columna los reyes San Luis de Francia, su primo San Fernando (el unificador de Castilla y León y reconquistador de Andalucía) y San Eduardo de Inglaterra.
En tu corazón laten al unísono los ardores de amor al Corazón de Jesús de los mártires por Cristo Rey de la Vendée francesa, de México y de España, algunos de los cuales están sepultados en nuestra Basílica. Que todos ellos y la Sierva de Dios María Angélica, religiosa salesa que volcó su alma en el reinado del Corazón de Jesús en España y en México y a la que tienes particular devoción, te alcancen de Dios y de la Santísima Virgen la perseverancia en el monasterio hasta la muerte, como desea Nuestro Padre San Benito (RB, Pról., 50).