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14.03.10

El deseo y la concupiscencia

Desear no es malo. Gracias al deseo aspiramos a conocer, a poseer o a disfrutar los bienes. Agrandar el deseo es aumentar nuestra capacidad de recepción. Un deseo infinitamente dilatado se convierte así en la mejor manera de abrir el espíritu a Dios, el Bien Supremo.

Si es en exceso vehemente, impetuoso, irreflexivo, si contraría a la razón, entonces el deseo se vuelve peligroso. Se parece, en este caso, a lo que el vocabulario cristiano llama “concupiscencia”, el deseo de los bienes terrenos o el apetito de los placeres deshonestos.

La concupiscencia, como tal, no es pecado, pero inclina al pecado, al desorden. San Juan nos habla de tres tipos de concupiscencia: la de la carne, la de los ojos, la del espíritu. La “carne”, si se resiste al “espíritu”, puede ser motivo de las tentaciones más bajas. Los ojos pueden dejarse deslumbrar más de la cuenta por los bienes materiales. Y el espíritu puede ser seducido por el canto de sirena de la soberbia o de una exagerada independencia.

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