InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Mayo 2017

6.05.17

Serie “Al hilo de la Biblia- Y Jesús dijo…” – El sacrificio del Buen Pastor

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia? “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

Por otra parte, es bien cierto que Jesucristo, a lo largo de la llamada “vida pública” se dirigió en múltiples ocasiones a los que querían escucharle e, incluso, a los que preferían tenerlo lejos porque no gustaban con lo que le oían decir.

Sin embargo, en muchas ocasiones Jesús decía lo que era muy importante que se supiera y lo que, sobre todo, sus discípulos tenían que comprender y, también, aprender para luego transmitirlo a los demás.

Vamos, pues, a traer a esta serie sobre la Santa Biblia parte de aquellos momentos en los que, precisamente, Jesús dijo.

El sacrificio del Buen Pastor

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Y Jesús dijo… (Jn 10, 11 )

“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.”

Los simbolismos y las imágenes bíblicas fueron puestas en tales textos sagrados por inspiración de Dios. Por eso, miles de años después de que fueran fijadas por escrito o en la memoria de la Tradición tienen la misma validez que tuvieron en su día y es que sólo así se explica, precisamente, un sentido tan actual.

Una de las imágenes más evocadores de Dios, de Jesucristo, es la del Pastor. Pero no hablamos de un pastor cualquiera que pastorea cualquier rebaño de animales sino de un Pastor que, además, es Buen Pastor. Y nos referimos, como podemos imaginar, al Hijo de Dios, enviado al mundo por el Todopoderoso para eso: para que pastoreara a su grey.

De un pastor tenemos un conocimiento bastante cercano a la realidad. Sabemos, por ejemplo, que cada día saca a las ovejas, cabras y otro ganado, a dar largos paseos para que se alimenten. También podemos imaginar que las cuida en el sentido de que procura que no se pierdan y si alguna se extravía acude a toda prisa a buscarla y a incorporarla al resto de miembros de rebaño, la integra en su redil.

Eso es lo que, digamos, hace Jesucristo.

Como Pastor que es también lleva a pastar a sus ovejas a fértiles campos. Lo que pasa es que aquí no se trata de pastos para comer, digamos, físicamente sino para alimentar el alma. Por eso nos lleva por los caminos de las Sagradas Escrituras, nos hace reposar en verdes pastos (como dice el salmista) y nos lleva donde brota agua fresca, el Agua Viva de la Palabra de Dios que buscamos como la cierva quiere corrientes frescas de agua .

Como Buen Pastor no quiere que ninguna de sus ovejas se pierda aunque sepa que, de vez en cuando, las mismas, alguna de ellas, puede desviarse del camino buscando lo que cree mejores pastos y se pierde. Ella se pierde conscientemente o, lo que es lo mismo, debe saber que no está con el resto del rebaño pero, a pesar de eso, insiste en el error y persiste, persevera, en estar perdida. Pero el Pastor, el Buen Pastor, sale a buscarla, la llama por su nombre (Cristo conoce el nombre de sus ovejas, como dice Él mismo) y cuando la encuentra la cura si está herida y la reincorpora el redil de donde no debería haber salido porque había sido puesta allí por su Creador y Padre que, más que nadie, sabe qué le convenía.

Cristo, pues, como Buen Pastor hace eso. Pero, ciertamente, hace mucho más y, en eso, también en eso, va mucho más allá que la labor de un pastor, digamos, ordinario.

El caso es que este Buen Pastor no sólo cuida de sus ovejas, sino que ¡da la vida por ellas!

Esto, dar la vida por las ovejas sólo es posible hacerlo si se tiene un amor tan grande por ellas que no se tiene en cuenta la propia existencia. Por eso el Hijo de Dios hizo lo que hizo cuando llegó el momento de aceptar o no el cáliz que su Padre le estaba ofreciendo. ¿No lo iba a beber si eso suponía la culminación de su obra humano-divina?

Dar la vida por las ovejas era la máxima expresión de Amor, así, con mayúscula porque no había amor más grande que dar la vida por los amigos. Y eso es lo que hizo Jesucristo.

Este Buen Pastor no es un pastor al uso. Y es que Cristo no era un hombre al uso sino, en todo, Dios mismo hecho hombre. Y el destino de su vida, muy entrevisto en el Antiguo Testamento, iba a cumplirse palabra a palabra, tilde a tilde de la que no iba a cambiar ni una sola en su venida al mundo.

Eleuterio Fernández Guzmán

Nazareno

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5.05.17

Serie el sufrimiento – 6- Oración y sufrimiento

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El tema del sufrimiento tiene mucho que ver con nuestra vida de hombres, de seres creados por una voluntad santa cuyo dueño es Dios mismo, Creador y Todopoderoso. 

Todos sufrimos. Queremos decir que en determinados momentos de nuestra vida somos visitados por alguien a quien no quisiéramos recibir pero que se presenta y no hay forma humana de deshacerse de él. Está presente y no podemos negar que muchas veces se hacer notar y de qué manera. 

El caso es que para el ser humano común el dolor es expresión de un mal momento. Así, cuando una persona se ve sometida por los influjos de la enfermedad no parece que pase por el mejor momento de su vida. Lo físico, en el hombre, es componente esencial de su existencia. 

Pero hay muchas formas de ver la enfermedad y de enfrentarse a ella. No todo es decaimiento y pensamiento negativo al respecto del momento por el que se está pasando. Y así lo han entendido muchos creyentes que han sabido obtener, para su vida, lo que parecía imposible. 

Dice San Josemaría, en el número 208 de “Camino”, “Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor… ¡Glorificado sea el dolor!” porque entiende que no es sólo fuente de perjuicio físico sino que el mismo puede ser causa de santificación del hijo de Dios. 

Por eso en “Surco” dice el santo de lo ordinario algo que es muy importante: 

“Al pensar en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios, deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar ningún dolor. —Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad el desperdiciarlo?”

Por lo tanto, no vale la pena deshacerse en maledicencias contra lo que padecemos. Espiritualmente, el dolor puede ser fuente de provecho para nuestra alma y para nuestro corazón; el sufrimiento, una forma de tener el alma más limpia. 

En el sentido aquí expuesto abunda el emérito Papa Benedicto XVI cuando, en una ocasión, en el momento del rezo del Ángelus, dijo que

 

“Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil.”

 

Sin embargo, en determinados momentos y enfermedades, el hecho mismo de salir bien parado de la misma no es cosa fácil y se nos pone a prueba para algo más que para soportar lo que nos está pasando. 

Entonces,

“Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada –la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos–, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios.”

Fe en Dios. Recomienda el Papa Alemán que no olvidemos lo único que nos puede sustentar en los momentos difíciles de nuestra vida y, siendo la enfermedad uno de los más destacados, no podemos dejar de lado lo que nos une con nuestro Creador. 

En realidad, lo que nos viene muy bien a la hora de poder soportar con gozo el dolor es el hecho de que nos sirva para comprender que somos muy limitados y que, en cuanto a la naturaleza, con poco nos venimos abajo físicamente. Nuestra perfección corporal (creación de la inteligencia superior de Dios) tiene, también, sus límites que no debemos olvidar. 

Pero también el dolor puede servirnos para humanizarnos y alcanzar un grado de solidaridad social que antes no teníamos. Así, ver la situación en la que nos encontramos puede resultar crucial para, por ejemplo, pedir en oración por el resto de personas enfermas que en el mundo padecen diversos males físicos o espirituales. 

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Es bien cierto que la humanidad sufre y que, cada uno de nosotros, en determinados momentos, vamos a pasar por enfermedades o simples dolores que es posible disminuyan nuestra capacidad material. Sin embargo, no deberíamos dejar pasar la oportunidad que se nos brinda para, en primer lugar, revisar nuestra vida por si acaso actuamos llevados por nuestro egoísmo y, en segundo lugar, tener en cuenta a los que también sufren. 

Y si, acaso, no comprendemos lo que aquí se quiere decir, bastará con conocer al Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, como para darnos cuenta de lo que en verdad hacemos negando, si así lo hacemos: el bien que podemos hacernos al gozar del dolor o hacer, del mismo, algo gozoso. 

Sufrimos: sí. ¿Podemos cambiar el negativo peso de espada de Damocles sobre nuestra vida que tiene el sufrimiento por liberación del alma?: también podemos responder a esto afirmativamente. Pero no podemos negar, ni queremos, que no es cosa fácil y que es más que probable que nos dejemos ir por el camino con una carga muy pesada. De todas formas, es seguro que podemos caminar mucho mejor sabiendo que tal carga la comparte con nosotros nuestro hermano Jesucristo. No miraremos, así, para otro lado y afrontaremos las circunstancias según las afrontaba el Mesías: de cara para no darles nunca la espalda. 

6 - Oración y sufrimiento

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“¿Sufre alguno entre ustedes? Que ore.”

Santiago 5,13

El sufrimiento de aquí abajo no tiene proporción con la gloria del cielo.

San Pablo, 2 Cor 4, 17

En las Sagradas Escrituras podemos encontrar muchos textos en los que el sufrimiento es preparación para la salvación eterna y, en un sentido más que cierto, es oración. Aquí traemos, al menos, unos cuantos:

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4.05.17

El rincón del hermano Rafael – “Saber esperar”- La verdad más exacta

“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

             

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

“Saber Esperar” - La verdad más exacta

“Una cosa me hace sufrir en el mundo…, es el olvido de las criaturas a su Creador.”

Este corto texto del hermano Rafael es síntoma de mucho de lo malo que, entonces, en su tiempo (años 30 del siglo pasado, el XX) pasaba. Podemos imaginar lo que ahora mismo, pleno siglo XXI, sucede al respecto de lo que nos dice el bueno de San Rafael Arnáiz.

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3.05.17

Serie “Santos y Beatos” - San José Sánchez del Río - En Sahuayo, Michoacán (México)

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En su infinita Sabiduría, el Padre Dios ha sabido suscitar, a lo largo de los siglos, de entre sus hijos, a una cantidad relativamente significativa de los mismos para demostrarnos que no es imposible ser fieles a su Voluntad. Tales de entre nosotros han subido a los altares y, bien como santos bien como Beatos, nos muestran un camino a seguir.

Debemos decir, como es bien conocido y para que nadie se lleve a engaño, que los Santos y Beatos que a lo largo de la historia de la catolicidad han sido tales no siempre han llevado una vida perfecta porque como hombres o mujeres han podido tener sus momentos espirituales de cierta caída. Al fin y al cabo también eran pecadores.

Pues bien, el emérito Papa Benedicto XVI, en la Audiencia General del 13 de abril de 2011 dijo esto que sigue acerca de la santidad:

“La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya. Es ser semejantes a Jesús, como afirma san Pablo: ‘Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo’ (Rm 8, 29). Y san Agustín exclama: ‘Viva será mi vida llena de ti’ (Confesiones, 10, 28). El concilio Vaticano II, en la constitución sobre la Iglesia, habla con claridad de la llamada universal a la santidad, afirmando que nadie está excluido de ella: ‘En los diversos géneros de vida y ocupación, todos cultivan la misma santidad. En efecto, todos, por la acción del Espíritu de Dios, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para merecer tener parte en su gloria’ (Lumen gentium, n. 41).”

Pues bien, aquellos hermanos nuestros que vamos a traer aquí han sabido cumplir lo mejor posible lo que nos dice el Papa. Seamos, nosotros mismos, fieles en lo poco para poder serlo en lo mucho.

 

San José Sánchez del Río - En Sahuayo, Michoacán (México)

 

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El 28 de marzo 1913 nace en Sahuayo, Michoacán (México), un niño a quien ponen el nombre de José Luis. Sus padres, Macario Sánchez y María del Río, eran fervientes católicos con una fe bien asentada en el corazón. 

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2.05.17

Un amigo de Lolo – Lágrimas como fruto del amor.

Presentación

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Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infligían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

 

Libro de oración

 

En el libro “Rezar con el Beato Manuel Lozano, Lolo” (Publicado por Editorial Cobel, www.cobelediciones.com ) se hace referencia a una serie de textos del Beato de Linares (Jaén-España) en el que refleja la fe de nuestro amigo. Vamos a traer una selección de los mismos.

Lágrimas como fruto del amor

“El sentimiento es, pues, como un azogue, que le da al llanto su categoría de espejo del corazón. Por eso procuramos siempre que manen en silencio, para evitar un panorama de carne viva, de llagas y desgarrones. Son también como el mosto purísimo del dolor, que va más allá del hollejo, para quedarse en el néctar, que siempre es amor. (”Si tus lágrimas rodasen hacia dentro”de “Desde este lado de la tapia").

Cuando nuestra alma sufre algún tipo de perjuicio y se siente arrasada por un padecimiento, que surjan de ella las lágrimas es lo que, en verdad, se espera. Sería expresión de tener un corazón de piedra cuando, ante tal tipo de situaciones, nada fuese lo que sucediese en tal sentido.

El Beato Manuel Lozano Garrido entiende tal situación muy bien porque tuvo mucho que sufrir y, en materia de sentimientos, era un verdadero maestro. Por eso sabe más que bien cómo explicar lo que puede resultar casi imposible de explicar.

Digamos, por ejemplo, por lo dicho arriba acerca de las lágrimas como expresión necesaria de un padecer, es bien cierto que el llanto es, por decirlo así, un espejo que refleja la situación por la que pasa nuestra alma: si abundante, alma de carne; si escaso, camino vamos de tener alma de piedra.

En realidad, en este tipo de materias, debería ser suficiente con reconocer que es que nuestro llanto muchas veces es callado. Es decir, si bien las lágrimas pueden emanar, digamos, con testigos, la mayor parte de las ocasiones preferimos, en palabras también de Lolo, un dolor “de escafandra” que es lo mismo que decir que en silencio, para nosotros mismos, sin testigos.

Tal llanto no deja de serlo por eso, sino que, al contrario, arraiga en nuestro corazón y nuestra alma se esponja al saber que tiene tal escape y que no ha de parecer impasible ante lo que le sucede al ser humano donde habita.

Pero hay más. Y es que Manuel Lozano Garrido nos muestra una imagen que dice mucho de lo que, en el fondo, son o pueden ser nuestras lágrimas. Y es que, si destilamos el dolor, el sufrimiento que podamos estar padeciendo, en materia espiritual, obtendremos un fruto. ¡Sí!, por muy absurdo que a muchos pueda parecer (no son capaces de entender el sufrimiento también como fuente y no sólo como fosa) se puede obtener fruto del sufrimiento, del dolor. Y es, como dice Lolo, como el “mosto” del mismo o, lo que es lo mismo, como un agradable gozo del que podemos, además, alcanzar a tener un sentido más cercano a lo que debe ser el Cielo: de lo que era sufrimiento, se ha obtenido la vida eterna…

Lo que nos muestra nuestro Beato es lo que pudiera parecer imposible de concebir: del dolor, de la situación en la que, en principio, creemos no tener más salida que el paso del tiempo y el final definitivo, podemos, puede salir algo bueno. ¿Es que, acaso, no salió nada bueno de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo?

La respuesta a eso es, seguramente, otra fuente de Agua Viva que salta hasta la vida que no muere nunca.

 

Eleuterio Fernández Guzmán

 Nazareno

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Panecillo de hoy:

Las lágrimas expresan, las más de las veces, la hondura de nuestra alma. 

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