InfoCatólica / Eleuterio Fernández Guzmán / Archivos para: Abril 2017, 24

24.04.17

Serie oraciones – expresiones de fe - Venerable Marta Robin - Vivir con la Madre

Orar

No sé cómo me llamo…

Tú lo sabes, Señor.
Tú conoces el nombre
que hay en tu corazón
y es solamente mío;
el nombre que tu amor
me dará para siempre
si respondo a tu voz.
Pronuncia esa palabra
De júbilo o dolor…
¡Llámame por el nombre 
que me diste, Señor!

Este poema de Ernestina de Champurcin habla de aquella llamada que hace quien así lo entiende importante para su vida. Se dirige a Dios para que, si es su voluntad, la voz del corazón del Padre se dirija a su corazón. Y lo espera con ansia porque conoce que es el Creador quien llama y, como mucho, quien responde es su criatura.

No obstante, con el Salmo 138 también pide algo que es, en sí mismo, una prueba de amor y de entrega:

“Señor, sondéame y conoce mi corazón, 
ponme a prueba y conoce mis sentimientos, 
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno”

Porque el camino que le lleva al definitivo Reino de Dios es, sin duda alguna, el que garantiza eternidad y el que, por eso mismo, es anhelado y soñado por todo hijo de Dios.

Sin embargo, además de ser las personas que quieren seguir una vocación cierta y segura, la de Dios, la del Hijo y la del Espíritu Santo y quieren manifestar tal voluntad perteneciendo al elegido pueblo de Dios que así lo manifiesta, también, el resto de creyentes en Dios estamos en disposición de hacer algo que puede resultar decisivo para que el Padre envíe viñadores: orar.

Orar es, por eso mismo, quizá decir esto:

-Estoy, Señor, aquí, porque no te olvido.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero tenerte presente.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero vivir el Evangelio en su plenitud. 

-Estoy, Señor, aquí, porque necesito tu impulso para compartir.

-Estoy, Señor, aquí, porque no puedo dejar de tener un corazón generoso. 

-Estoy, Señor, aquí, porque no quiero olvidar Quién es mi Creador. 

-Estoy, Señor, aquí, porque tu tienda espera para hospedarme en ella.

Pero orar es querer manifestar a Dios que creemos en nuestra filiación divina y que la tenemos como muy importante para nosotros.

Dice, a tal respecto, san Josemaría (Forja, 439) que “La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios. —¡Sí!, toda tu vida puede y debe ser oración”.

Por tanto, el santo de lo ordinario nos dice que es muy conveniente para nosotros, hijos de Dios que sabemos que lo somos, orar: nos hace eficaces en el mundo en el que nos movemos y existimos pero, sobre todo, nos hace felices. Y nos hace felices porque nos hace conscientes de quiénes somos y qué somos de cara al Padre. Es más, por eso nos dice san Josemaría que nuestra vida, nuestra existencia, nuestro devenir no sólo “puede” sino que “debe” ser oración.

Por otra parte, decía santa Teresita del Niño Jesús (ms autob. C 25r) que, para ella la oración “es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

Pero, como ejemplos de cómo ha de ser la oración, con qué perseverancia debemos llevarla a cabo, el evangelista san Lucas nos transmite tres parábolas que bien podemos considerarlas relacionadas directamente con la oración. Son a saber:

La del “amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13) y la de la “mujer importuna” (cf. Lc 18, 1-8), donde se nos invita a una oración insistente en la confianza de a Quién se pide.

La del “fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), que nos muestra que en la oración debemos ser humildes porque, en realidad, lo somos, recordando aquello sobre la compasión que pide el publicano a Dios cuando, encontrándose al final del templo se sabe pecador frente al fariseo que, en los primeros lugares del mismo, se alaba a sí mismo frente a Dios y no recuerda, eso parece, que es pecador.

Así, orar es, para nosotros, una manera de sentirnos cercanos a Dios porque, si bien es cierto que no siempre nos dirigimos a Dios sino a su propio Hijo, a su Madre o a los muchos santos y beatos que en el Cielo son y están, no es menos cierto que orando somos, sin duda alguna, mejores hijos pues manifestamos, de tal forma, una confianza sin límite en la bondad y misericordia del Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!).

Esta serie se dedica, por lo tanto, al orar o, mejor, a algunas de las oraciones de las que nos podemos valer en nuestra especial situación personal y pecadora.

Durante las semanas que Dios quiera vamos a traer a esta serie palabras de la Venerable Marta Robin contenidas en el libro “Ce que Marthe leur a dit” escrito por el postulador de la Causa de Canonización y por la vice postuladora, a la sazón, el sacerdote P. Bernard Peyrous y Marie-Thérèse Gille.

   

Vivir con la Madre

“Hacer que se conozca a la Santa Virgen, hacerla amar. Darla a las almas porque su gracia de Virgen está en virginizar las almas. Se siente con ella la necesidad de purificar el corazón. Con ella, el alma tiene un brillo que no tendría de otra forma.”

Los hijos de Dios, a su vez de María, no podemos “guardarnos” a nuestra Madre en el corazón y dejarla allí, para que anide junto al Espíritu Santo, en su templo. No. Nosotros no tenemos ese derecho porque es contrario, directamente contrario, a la voluntad de Dios.

La Venerable Marta Robin, que mantiene una relación más que especial con la Madre de Dios, sabe que eso no podemos hacerlo sino, mejor, otra cosa.

Lo que la Virgen María hace en el corazón de sus hijos tiene explicación al conocer que, siendo la Madre del Todopoderoso, todo lo que ella haga tiene el refrendo de Quien todo lo ha hecho y mantiene.

Queremos decir que los frutos de reconocer que la Santísima Virgen actúa en nosotros desde nuestra alma son grandes y pasan, en primer lugar, por reconocer que somos hijos suyos para, luego, aplicar eso en nuestra vida de fieles hijos de Dios.

De todas formas, debemos limpiar de hojarasca tal relación. Es decir, no nos valen los arrobamientos ni las miradas melosas a la Virgen maría si luego nada hacemos con el amor que nos viene desde ella. Y, no queriendo decir que eso no sea importante, vale la pena conocer y reconocer que lo es, más aún, saber que purifica nuestro corazón y que, por tanto, ¡debemos darlo puro!

Pero decíamos hace un rato que no podemos ser egoístas con el amor de María. Nosotros, sus hijos, sólo podemos (debemos, es mejor decir a tal respecto) hacer propio de nuestro prójimo el mismo. Es decir, transmitir (por activa y por pasiva) que la Theotokos, la Madre de Dios (que, por serlo, lo es de Cristo mismo) quiere que nuestras almas permanezcan alejadas del pecado y que, por si acaso eso no es así o no somos capaces de mantenerlas vírgenes ante el misterium iniquitatis, ahí está ella para interceder por nosotros ante Dios Nuestro Señor.

Eso es muchoQueremos decir que tener un seguro tan elevado a nuestro favor es como cuando se nos ponen las cosas muy fáciles y optamos por ellas. Si no actuamos así nos habremos hecho un flaco favor y nada sacaremos en claro. Sin embargo, si acogemos en nuestro corazón a una virginizadora de almas como es la Virgen María sabremos que no es imposible, ¡no lo es!, mantenerla en estado de gracia muy a pesar de las asechanzas del Maligno y de nuestras posibles caídas y opciones equivocadas.

Y, por si alguien creyera que sin la Virgen María podría mantener su corazón en un, digamos, estado virginal porque crea que poco importa tal relación y tal influencia, habría que decirle a quien eso crea, que sólo quien no tiene intención de acoger a la Madre en su corazón por prejuicios o por cualquier otra mala excusa de mal hijo, no sabe lo que le conviene.

Si, además, queremos un ejemplo al que imitar, nuestra Venerable Marta Robin está ahí, al servicio de los despistados y faltos de confianza. Para ellos es, sobre todo, esto. 

Eleuterio Fernández Guzmán

 

Nazareno

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Llama el Beato Manuel Lozano GarridoLolo, “panecillos de meditación” (En “Las golondrinas nunca saben la hora”) a los pequeños momentos que nos pueden servir para ahondar en determinada realidad. Un, a modo, de alimento espiritual del que podemos servirnos.

Panecillo de hoy:

Dirigirse a Dios es un privilegio que sólo tienen aquellos que creen en el Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!). Debemos hacer, por tanto, uso de tal instrumento espiritual siempre que seamos capaces de darnos cuenta de lo que supone.

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