18.07.08

No confundamos la salida con la llegada

Madrid es una ciudad bastante aficionada a correr. No me refiero a los coches (aunque también es cierto), sino a las carreras de atletismo. A la antigua usanza, con un pie delante de otro y mucho sudor y esfuerzo.

Quizá la más popular de las carreras que tienen lugar en Madrid es la San Silvestre Vallecana, llamada así porque se corre el 31 de diciembre, el día de San Silvestre, papa del s. IV. En esta carrera, que atraviesa una buena parte de la ciudad, suelen participar unos 15.000 madrileños. Los lectores que la hayan visto o hayan participado en ella conocerán bien la aglomeración que supone una multitud de quince mil personas saliendo todas del mismo sitio y corriendo unas junto a otras.

Voy a proponer a los lectores un experimento. Imagínense que un año, por una confusión, en lugar de que todos los corredores saliesen del mismo sitio y corriesen en la misma dirección, unos empezasen por el principio y otros por el final, cada uno corriendo en su propia dirección. Sería el caos. No es fácil imaginar los detalles, pero, sin duda, ese día tendrían trabajo extra la policía, intentando solucionar los altercados entre corredores, e incluso las ambulancias, por los accidentes que se ocasionarían al chocar unos participantes con otros.

Con esta imagen en mente, me ha parecido muy afortunada la comparación que ha hecho Benedicto XVI en Sidney del ecumenismo con una carrera. Es un símil que ha utilizado en un encuentro ecuménico que tuvo lugar el otro día, con representantes de otras confesiones cristianas, en la cripta de la catedral de Santa María de Sydney.

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17.07.08

Dos mejor que uno. Respuesta a una objeción

Quaestio Quodlibetalis 9. Hace unos días, afirmé que las leyes de plazos en lo relativo al aborto no tienen sentido, ya que ponen límites arbitrarios en un proceso continuo que sólo tiene un salto cualitativo en el momento de la concepción.

Generalmente, quienes niegan que el embrión sea un ser humano, suelen evitar dar razones para ello y se limitan a hablar de otros temas (como el derecho a decidir de la mujer, que no afecta realmente a la cuestión y sólo sirve para confundir el asunto). Sin embargo, una lectora, Asun, me presentó la que, en mi opinión, es la única objeción a esa afirmación que tiene un poco de peso argumental:

Yo veo clarísimo que un cigoto no es un ser humano, puesto que puede dar lugar a dos seres humanos (gemelos monocigóticos).
Si fuera cierto lo que dice Darwin de que el problema es el alma, en este caso en el momento de la concepción no veo como se puede tener un alma que después se divide en dos almas.
Así que si un cigoto aún no tiene alma porque no se sabe si va a ser uno o dos seres humanos, no se le puede considerar un ser humano. […]No puede haber un ser humano aún puesto que podría haber dos si se gemina-o ninguno, si no arraiga el óvulo fecundado. ¿Puede un ser humano existente dividirse en dos? ¿Puede un alma dividirse en dos, si lo ponemos en términos religiosos? Yo diría que no. Ergo, no hay aún ser humano en fase de cigoto.

Esta forma de argumentar es muy gráfica, pero, a mi juicio, resulta engañosa. Es lo que yo suelo llamar un argumento “de caja negra”. Se basa en nuestra falta de conocimiento sobre un tema, para sacar conclusiones que no están bien justificadas, pero de manera que esa falta de conocimiento camufle el error en el razonamiento.

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5.07.08

Una última oportunidad para Lérida

Probablemente, todos los lectores conocerán el culebrón de los diez años de litigio por la propiedad de las obras de arte de parroquias que antes pertenecían a la diócesis de Lérida y ahora son de Barbastro. A mí, personalmente, me ha causado una gran tristeza, a pesar de que no tengo ninguna relación con esas dos diócesis, más allá de ser católico, que ya es bastante.

Lo cierto es que ya me parece poco adecuado litigar por una causa así ante los tribunales eclesiásticos. Más me gustaría que las diócesis españolas compitiesen por ver cuál es más generosa en favor de las demás, no sólo compartiendo lo que les sobre, sino incluso dando de lo que necesiten para vivir, como la viuda del Evangelio.

Lo peor, sin embargo, es que la cosa no quedó ahí, en un simple acudir de buena fe y amigablemente a la mediación de la Iglesia. La disputa se fue convirtiendo en un circo, con cruces de acusaciones, resistencia continua a obedecer las decisiones de los tribunales eclesiásticos o guiños a las autoridades civiles autonómicas.

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4.07.08

Qué hace falta para volver a la comunión con la Iglesia

Es del dominio público que Mons. Fellay, principal líder de la Sociedad San Pío X fundada por Marcel Lefebvre, rechazó, hace unos días, la generosa oferta de la Santa Sede para volver a la comunión con la Iglesia.

La Sociedad San Pío X exige que, antes de cualquier negociación, se anulen las excomuniones que pesan sobre todos los obispos lefebvrianos, por haber sido ordenados en contra de la prohibición expresa del Vaticano. En mi opinión, no cabe duda de que esta condición es totalmente desproporcionada, ya que equivale a pedir que la Iglesia apruebe formalmente la gravísima desobediencia de un acto cismático. A mi juicio, aceptar algo así implicaría el peligro constante de que se volviese a romper la comunión con nuevos actos cismáticos, en cuanto el Papa tomase alguna otra decisión que no gustase a Mons. Fellay y sus seguidores. De alguna forma, este grupo ha ido colocando sus propios criterios por encima de los de la Iglesia, hasta el punto que resulta imposible una obediencia sincera sin un cambio radical.

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3.07.08

Una catequesis con ocho siglos de antigüedad

Una cosa que me llamó bastante la atención en el viaje que realicé hace poco tierras danesas y que no mencioné en un artículo anterior sobre el tema es que muchas iglesias y catedrales protestantes de Dinamarca son hoy más católicas que nunca.

Como sucedió en otros países, con el triunfo del Protestantismo que rechazaba las imágenes y el culto a la Virgen o a los santos, se destruyeron o vendieron las imágenes y retablos de las iglesias y se cubrieron de pintura los frescos. Los teólogos protestantes, que creían que la naturaleza humana era totalmente depravada y no podía hacer nada bueno por sí sola, desconfiaban de las imágenes y las asociaban a la idolatría. Esa es la razón (junto con la ausencia del Santísimo) por la que las iglesias protestantes suelen ser tan tristes, con las paredes totalmente desnudas.

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