12.12.15

Muchos somos soldados

“Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt., 18,20). 

Uno, para todo, pide y espera la gracia para ser lo más honrado consigo mismo que sea posible para, de esa manera, poder dar cara a la realidad habiendo realizado juicios veraces ya que, sin razonar desde la fe ante las circunstancias, sería imposible dar una respuesta cristiana. 

Ahora bien, la gracia actuando a sus anchas da salud a nuestras emociones y sentimientos aunque, podría suceder, que –sin culpa de nuestra parte- dichas emociones y sentimientos no obtengan nunca la salud. 

Es el caso de muchos de quienes padecen el trastorno de estrés post-traumático en el que se presentan algunos síntomas como temor, confusión y enojo los que, si no son tratados, se desarrollan en otros síntomas de todavía mayor cuidado.

Los expertos señalan que dicho trastorno se debe a haber estado expuesto a muy fuertes experiencias en las que la propia vida estuvo en peligro o se perdió la de nuestros amigos, seres queridos o compatriotas; aunque, cuando leo este tipo de estas cosas, me pregunto si no son este tipo de experiencias las que muchos tenemos en nuestra vida diaria?

Es lo que me digo, algunos de nosotros, diariamente damos la cara a situaciones que exigen un enorme esfuerzo físico, emocional y espiritual hasta dentro de nuestras propias familias y, otros, por tan solo salir a trabajar.

Acaso, no es una fuerte experiencia movilizarse en determinados medios de transporte o carreteras durante varias horas al día, utilizar ciertas herramientas o equipo por largo tiempo, realizar determinadas tareas en la oficina, lidiar con ciertos jefes, compañeros de trabajo que son un verdadero peligro o, también, con personas desequilibradas o enfermas a las que atendemos ya que son nuestros parientes o mejores clientes? Qué me dicen del estrés por cuidar de la seguridad de los hijos, por conservar el empleo o por ganar el sustento de alguna forma cuando se está desempleado?

Desde mi perspectiva, la vida moderna es un verdadero campo de batalla; por eso es comprensible que, entre otros, exista tensión y violencia entre ciudadanos supuestamente normales y corrientes.

Ahora bien, todo esto me lleva a la liturgia.

Si se preguntan cómo puede ser posible se los diré después que miren la fotografía.

Acaso no es en un muy semejante contexto espiritual y emocional dentro del que llegamos a misa para ofrendarnos al final de la semana?.

Acaso no llegamos con la misma disposición ante Cristo para, en su gracia, hallar refugio, consuelo, fortaleza, salud física y emocional, tal como quien ve delante de si el final de sus días?

El caso es que muchos llegamos como soldados que se postran ante Cristo (aunque no existan reclinatorios) a causa de la certeza adquirida en combate de que aquella podría ser nuestra última misa, nuestra última comunión, nuestra última oportunidad de pedir la gracia de ser transformado en ofrenda. 

Por eso, muy queridos sacerdotes, esta es nuestra súplica: al celebrar la santa misa consideren que, efectivamente, muchos somos soldados.

“por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo (la liturgia) es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (SC n. 7)

10.12.15

Un momento de gracia

Un niño de 9 o 10 años, esperando que iniciara la misa, le preguntaba de diferentes maneras a su abuela que cómo Dios puede partirse en dos para ser Hijo y Padre a la vez. 

A cada una de las preguntas la abuela solo atinaba a responder: - “Dios todo lo puede”. Recuerdo que a la tercera, no tuve más remedio que meterme en la conversación. 

Como si me hubiesen invitado, desde la banca de atrás, dije al niño: - “Si, cierto: Dios todo lo puede porque es más poderoso que cualquier superhéroe conocido jamás”

Aquí hice una pausa para identificar su reacción ya que pretendía despertar su interés en lugar de que me viera como una metiche.

Como me sonrió tímidamente y luego miró a su abuela en busca de aprobación y, como la abuela me la concedió, proseguí: -“Dios es tan infinitamente poderoso que por eso decimos que sus cosas son un Misterio; aunque, la cosa genial es que podremos comprender completamente el Misterio el día que lleguemos a su presencia”

A todo esto, el niño me miraba con los ojos muy abiertos.

En seguida, aprovechando que no había perdido su atención, añadí: - “Por cierto, estoy segura que has notado que lo “misterioso” de Dios nos da como una sed de saber más?

El niño saltó en su asiento y movió la cabeza afirmativamente, por lo que continué: - “Esa sed, Dios nos la da para asegurarse de que siempre tengamos ganas de saber quien es”.

Ahí, sonreí y guardé silencio. 

El niño se lanzó en brazos de su abuela como encantado por aquél descubrimiento y, acurrucándose en su hombro, se dejó abrazar. 

La abuela sonrió, besó a su nieto y, volviéndose hacia mí, me agradeció.

Fue en ese momento que, casi con lágrimas, recordé lo que la gracia me permitió hacer durante los años que fui catequista de niños y adultos en mi parroquia.

Al momento del signo de la paz el niño se volvió hacia mí y, en lugar del apretón de manos, levantó su pulgar en señal de ME GUSTA; le respondí levantando el mío y, en seguida, como amigos, casi riendo, chocamos palmas.

Fue un momento de gracia, definitivamente.

18.11.15

¿Cómo colaborar con la gracia para darnos de baja del propio infierno personal?

El Señor es tan grande que hasta nos dejó el medio que educa y sana la conciencia en el Sacramento de la Reconciliación.

No soy experta en moral pero puedo decir que mientras mi conciencia solo fue esa vocecita que se presentaba como un diablo o un angelito, anduve más perdida que “Pagola en reunión de lefebvristas” [cita de un amigo]

Traigo el tema porque he visto que muchos católicos hoy en día andamos así de perdidos, tal como anduve, por falta de quien me hablara de la conciencia, de moral, del pecado, de la gracia y me revelara el estado de mis sentimientos. 

Tendríamos que saltar de alegría y gratitud si, cuando llegáramos a confesarnos, el sacerdote nos dijera: - ¡No tienes moral!, ¡Has de educar la conciencia! o ¡Qué desmadre de sentimientos, caramba! 

Sería el principio de nuestra salud tan solo debido a que el sacerdote ha  llamado a las cosas por su nombre: - “Si, hombre, ¡que eres pecador!”, tal como, de un batacazo, solía decir el padre Pio quien, no obstante, tenía claro lo de la autonomía de la conciencia -como confesor- se reconocía como “el custodio de la justicia y el honor divinos” lo que, por defecto, le capacitaba como custodio de almas. 

Ya sabemos cuán poco le importaron al padre Pío los respetos humanos cuando de la salud de un alma se trataba. Sin el menor reparo entraba hasta lo más profundo de la herida. El sabía lo que de eso la gracia obtendría. Lo tenía clarísimo. 

Con esto quiero decir que un confesor, cuando observa que nuestra conciencia requiere educarse, que nuestra estructura moral anda chueca o que nuestros sentimientos son un caos, ha de ejercer su función judicial, es decir, debe juzgar “conforme a la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia y custodiada por el Magisterio”  

De no ser así, “la “autonomía” de la conciencia del penitente estaría siendo juzgada únicamente por la “autonomía” de la conciencia del confesor lo que, más que ser ejercicio de la función judicial de Cristo, sería relativismo y complicidad” con el pecador.

Del ejercicio de su función judicial es que el confesor posee autoridad para indicarnos que nuestro pecado es grave, que el daño provocado exige enmienda pero también movernos al compromiso con Dios de no volver a pecar más.

Dos confesores me ha concedido el Señor que actuaran conmigo de esa forma: aquél que, efectivamente, me dijera “No tienes moral” y aquél que, de la mano, me condujera hasta el consultorio del psicólogo.

Estos dos sacerdotes conocían bien el don de su ministerio lo que produjo que me iniciara en la educación de mi conciencia, en formar una estructura moral y poner orden en mis sentimientos lo que posibilitó que la gracia actuara a sus anchas para sanar concienzudamente mi alma a lo largo de toda mi vida.  

En este sentido tengo una recomendación: en caso de dudar del nivel de educación de la propia conciencia, en caso de no tener claro en qué estado se encuentra nuestra estructura moral y la situación de los sentimientos, recurramos confiados al confesor que pueda y quiera ayudarnos ya que así estaremos colaborando con la gracia al consiguir admitir con humildad y sencillez el pecado, la culpa y las heridas emocionales.

Tomémonos como una verdad la eficacia de la gracia que derrama sobre nosotros el Sacramento de la Reconciliación ya que relativizarlo es lo que nos tiene tal y como estamos, sin conocer cómo colaborar con la gracia para darnos de baja del propio infierno personal.

NOTA: Con la cursiva estoy indicando lo que un confesor me confiara de manera privada.

 

9.11.15

Con el mundo cómplices en el pecado

Quién presiona a los gobernantes y a la Iglesia para que descarten la Ley Natural y el Evangelio?

Existe una presión fortísima sobre los gobernantes para que introduzcan leyes contrarias a la Ley Natural y, por ende, que atentan contra la vida y la familia. Es la misma presión que ha sometido el entendimiento de una parte del clero y de los fieles católicos, quienes a la vez presionan a la Iglesia cuando pretenden que acepte el pecado sin pasar por el arrepentimiento y la enmienda.

“Pero, de qué presión se trata?”, más de uno se preguntará. Me explico.

La presión la ejerce una ideología, es decir, una estructura cerrada de pensamiento que ha llegado hasta el tuétano de la Iglesia sin que apenas nos hallamos dado cuenta.

Cómo reconocerla? Se reconoce en las consecuencias que arrojaría un cambio y/o actitud personal de los obispos y sacerdotes ante la doctrina.

Cuáles consecuencias? Las que algunos anticipamos leyendo los signos de los tiempos y la que todos veremos al dejar desprotegidos los sacramentos.

Es imperativo que se entienda que por no reconocer el pecado y dar cabida a la comunión a quienes no viven en castidad, sean divorciados o personas homosexuales, dejamos completamente vulnerables los sacramentos, sobre todo, el sacramento del matrimonio y con ello a la familia.

De qué manera? Si, por ejemplo, un sacerdote permite que comulgue una pareja de divorciados que no viven en castidad es porque, antes –al menos- debió confesarlos. Al actuar de ese modo ambos sacramentos quedan profanados. Un acto al margen de la doctrina los convierte en mero procedimiento debido a que les vacía de contenido. Se vuelven, nada más ni nada menos, que en el acto de un hombre colocado al margen de la doctrina.

La Redención, el sacramento del matrimonio y el mismo orden sacerdotal resultarán innecesarios, ya que, si no existe pecado, vano fue que muriera Cristo.

Se volverán innecesarios el sacramento de la Reconciliación, del Matrimonio, de la Eucaristía y del Orden Sacerdotal.

Qué deviene de lo anterior? Deviene el que, cualesquiera dos o más personas podrían pedir dichos sacramentos sin que existan razones para oponernos debido a que -por ejemplo- las tres mujeres cuya unión civil se realizó en Brasil recientemente, podrían pedir el sacramento del matrimonio ya que, así como para el Estado no existe pecado tampoco existiría para la Iglesia, por lo que tampoco que existen razones para negar el resto de los sacramentos o para oponerse a la adopción o a que recurran a la FIV.

La dignidad de la vida humana desde la concepción quedará completamente vulnerable.

Es que ni siquiera muchos de los sacerdotes y obispos miden las consecuencias, es decir, que se exponen a ser considerados por el Estado como meros funcionarios públicos.

Por influencia de dicha ideología muchos dentro de la Iglesia se han inventado su propia noción de misericordia basada en los sentimientos tal como las personas homosexuales, las abortistas, etc. se han inventado que el Derecho regula sus deseos.

Los primeros reclaman Misericordia a la Iglesia y, los segundos reclaman al Estado unos supuestos “derechos” que imponen y que, a la vez, despojan de sus derechos a quienes piensan de manera diferente. 

Llegados a este punto, nótese de qué manera, los católicos somos calificados de inmisericordes cuando denunciamos la presión ideológica y, nótese también que, cuando algunos católicos denuncian la presión que dicha ideología ejerce desde dentro de la Iglesia, para ellos el resultado es el mismo.

De esta circunstancia no me habría percatado de no tener años de ser activista provida en redes sociales ya que, cuando se trata de proteger la vida y la familia, se recibe la misma presión de parte de los promotores de la Cultura de la Muerte que de ciertos sacerdotes y fieles católicos.

Acaso, el que extremos (supuestamente) opuestos ejerzan el mismo tipo de presión no los convierte en cómplices?

Con esto solo pretendo dejar claro, una vez más, que el enemigo es uno y no está fuera de la Iglesia sino que está presente, en mayor o menor grado, en cada laico o ministro ordenado, sea cual sea la posición de autoridad que ocupe, mientras confunda Misericordia con la satisfacción de deseos o sentimientos

A los católicos que no temen ver la realidad de frente los exhorto a mantenerse firmes en la fe sostenidos por la gracia que les dará paz, confianza, sostendrá en la Esperanza, mantendrá cerca de los sacramentos y de la oración.  

Hagan su mejor esfuerzo para no perderla. Será lo único en lo que hallarán asidero.

A los católicos que, por enterarse de estas cosas tiemblan por temor a perder su fe les digo que, si encuentran que su fe es tan débil que no sirve para admitir que el pecado de la Iglesia es el pecado del mundo, para empezar pidan la gracia para reconocer su propio pecado ya que, una vez reconocido, no solo se comprende su gravedad, la de aquello a lo que nos enfrentamos sino también el sentido de la Misericordia.

Empiecen por ahí y verán que podrán, con la ayuda de Dios, hacerse cargo de su fe con toda responsabilidad.

Háganlo, porque, si bien en Occidente la presión sobre los cristianos ha tomado la forma de una ideología, en Oriente, la tiene en la figura del Estado Islámico.

Ellos están muriendo por mantenerse firmes en la fe.

Acaso no es lo mismo que se nos está pidiendo?

3.11.15

¡Qué pedazo de cielo fue esa misa!

Anoche asistí a misa de Requiem la que fue celebrada bajo el novus ordo en latín y ad orientem.

El Coro Lírico Herediano, de gran prestigio, engalanó la celebración.

Ha sido el padre Sixto Varela, de la Diócesis de Alajuela cuyo obispo es Monseñor Angel SanCasimiro, quien celebró bajo esa forma del rito latino.

Fue, Sebastián Camacho, un joven acólito y amigo, quien -para colaborar con el padre Sixto- buscó apoyo en el grupo de fieles que promovemos la celebración de ambas formas del rito latino; aunque, a decir verdad, creo que fue por la colaboración entre padre Sixto y Sebastián con la gracia, que la misa de Requien de 2 de noviembre del 2015, es hoy un hecho consumado.  

Como pocas veces en mi vida estuve absorta durante toda la celebración pero, cómo no estarlo si, desde la procesión de entrada, estuvo colmada de belleza?

En cierto momento, durante la plegaria eucarística, me di cuenta que había permanecido inmóvil durante mucho tiempo. Fue cuando también noté el apaciguado ritmo de mí respiración y el hecho de que estaba, muy pero muy en paz. 

Y cómo no estarlo si, ante mi estaba el padre Sixto - in persona Christi-  de cara al Padre?

Mientras tanto, arriba -en el coro- los ángeles cantaban.

Una y otra vez, el padre Sixto entregaba sus oraciones junto a las nuestras. Nuestras alegrías, nuestros fracasos. Nuestros temores y tristezas. Nuestra súplica vehemente pero, también, nuestra alabanza y nuestra gratitud…

Muy pero muy cerquita del Padre, literalmente, ofrendándose por Cristo, con El y en El.

Presentándonos como un ramillete puesto a los pies de la Cruz.

El querido padre Sixto también al lado de María. Mi entrañable “María de la Cruz”. Yo misma, ahí estaba y estaban mi padre y mi madre. Mis abuelitos. Teresita y Teresa, también Benedicta de la Cruz. Ahí estuvimos todos. En medio del coro celestial cantando Sanctus, Sanctus, Sanctus, ¡Deus sabaoth!

Cómo podría alguno no quedar absorto pero, principalmente, transformado?

Por mi mente pasaron las palabras de Pedro durante la Transfiguración: - “Qué bien se está aquí!”

Aunque, supe de inmediato que aquello no sería para siempre, que era lo justo que fuera de ese modo ya que, tan solo de estar en contacto con la gracia abundantemente prodigada en la misa, quedaríamos capacitados para regresar a cumplir lo encomendado.

Sea lo que fuere y adonde fuere. Del modo que fuere.

No creo que nunca antes me hubiese quedado tan claro.

¡Qué pedazo de cielo fue esa misa!

La recordaré por siempre.

Gracias, padre Sixto y agradezca por mí a su obispo.

Gracias Sebastián, Dios te guarde; también a usted, querido José Pablo y, por supuesto, a don Didier querido.

Gracias, Señor, por haberme dado a entender tantas cosas a través de la Liturgia.

Tu amada Liturgia.

Que tu generosidad de Padre tiene a bien compartir con nosotros.

Gracias, Padre.