31.10.26

Siempre con sed

“Mi alma tiene sed del Dios vivo” Sal 42

Hay tanto por lo que regocijarse y agradecer.

Miren, acaso no es para llenársele a uno el alma de gratitud echarse a dormir en una cama limpia y suave? Acaso no es de alegrarse infinitamente, despertar habiendo descansado lo suficiente?

En la madrugada de hoy pensaba: “Dios, es que no hay una célula de mi cuerpo que no te pertenezca. No hay nada de mí que no ansíe tu presencia y estar contigo para siempre. Qué largas se hacen las noches en que no logro dormir bien; así es esta vida, como una larga noche en que no conseguimos dormir lo necesario. Santa Teresa decía que era como una noche en una mala posada; pues, coincido con ella y, sin embargo, el ansia por Ti es tan grande como la certeza de que te encargas de poner delante de mi lo que me haga falta para no desfallecer ni desesperar. Lo necesario para continuar amando y esperando”

De cierto que, siendo que el alma se da cuenta de su ansia por Dios, es Dios quien la inflama en ese deseo y también quien la satisface en lo que es necesario para nuestra santificación.

“No sabría yo, Señor, que me hacía falta adelantar en paciencia. Gracias” Decimos cuando en el médico nos hacen esperar cuatro horas.

“Yo suponía que había adelantado bastante en el perdón y, sin embargo, mira qué mal traté a esa persona que me hizo mal! Gracias, Señor, por hacérmelo ver para corregirme”

De esto hablábamos ayer mi hermano y yo en la sobremesa.

Decía la “tapada de boca” espiritual que le había dado Tere, nuestra ayudante en el invernadero, la vez que, angustiado, soltó un comentario sobre un asunto laboral que le preocupaba. Me contó que Tere lo escuchó mientras continuaba barriendo y, para cuando mi hermano se detuvo,  lo miró y dijo,  simplemente “Y, usted? De qué se preocupa? No confía en Dios?”

Dice mi hermano que quedó petrificado. Era lo que tenía que escuchar y fue dicho por boca de la mujer más sencilla en los alrededores.

Qué momento grandioso para regocijarse, sonreír y agradecer. Bendito Dios.

A mi me pasa continuamente, porque soy testaruda y desconfiada; me sucede cuando voy al médico y en la sala de espera, sintiendo mucha lástima de mi misma, resulta que la ancianita a mi lado ya recibió 17 sesiones de radioterapia y está en la 6ta de 17 de quimioterapia que tendrá que recibir.

Es de risa, cada vez que recuerdo lo cobarde que soy pero también, lo que ha hecho Dios por mí, me deshace el corazón de ternura.

Cómo no sentir anhelo de vivir para siempre en la casa de Dios?

Y, está Jeni, ella es la joven esposa de un ahijado que tengo hijo de un peón de lechería a quien llevé a bautizar por petición de su mamá. Jeni, me contó hace unos días que llevará a su hijito menor a unas terapias por tener signos de autismo.

Cuando quise consolarla (uno, que piensa que todo el mundo necesita consuelo!) me dijo que no se lo toma de esa manera sino que lo ve con la mayor naturalidad: el niño no habla, ya hablará; no le gusta relacionarse con nadie, ya lo hará; se relaciona solo son con su mamá y su papa, está bien; le asustan los ruidos fuerte, habrá que evitarlos y enseñarle a gestionar el miedo. Y, para terminar de “taparme la boca” nunca Jeni se aleja de mí sin hablarme de Dios.

Y Jeni solo es una mamá muy joven, esposa de un peón de lechería, que apenas terminó el colegio, que elabora y vende repostería y que, además de cuidar su casa e hijitos, confía en Dios.

Confía mucho más que lo que yo jamás he confiado. Esa es la medida de la confianza que le he venido pidiendo a Dios desde hace años y que me viene dando poco a poco, ya sabe que soy lenta de entendimiento y por eso, me da a Jeni, para que me lo haga saber. Me refiero a que me hace saber lo lenta que soy. Pero está bien.

Yo seguiré en este camino al cielo.

Bebiendo a sorbitos en los manantiales de Dios.

Siempre sedienta.

(Y agradecida)

27.10.26

Con aroma a mandarina

Por no verme pecando de ingratitud a Dios, no estoy dispuesta a dejar pasar por alto muchísimos detalles de la vida cotidiana que me evocan el sentido de bienestar y seguridad de mis mejores años; tal como un rico almuerzo familiar, tomar café con mis amigas o viajar con mi hermano hasta la provincia vecina para almorzar en el mercado.

Esos viejos edificios con sus pisos de mosaicos multicolores muy antiguos, los muros y paredes viejísimas y bien conservadas, me recuerdan a mi abuela y con ella, su cariño y sentido de bienestar. Los tramos llenos de verduras frescas y el montón de carnicerías y pescaderías que exhiben productos de la tierra o el mar que hace tiempo no se veían, dan una sensación de prosperidad, trabajo y alegría que alguna vez tuve y de, las que viéndolas delante de mí, no pasaré  de largo.

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24.10.26

Saltos de fe

“Tu luz nos hace ver la luz” Salmo 36

Empiezo por disculparme.

Yo sé que no es necesario pero, igual, prefiero hacerlo ya que, sea como sea, quise comprometerme a escribir prolíficamente y no lo hago.

Hoy salió el sol como todos los días, aunque su luz llegó hoy golpeando de mi alma la puerta. 

Supe que era el momento de escribir. 

Momentos antes pensaba que existe en mí una vergüenza (o vanidad herida) de no ser persona intelectual al lado de tantos que publican aquí con tanto acierto.

Pensando que mi blog no es cosa mía sino de Dios, fue por lo que empecé en “Blogger” de donde me trajo el querido Juanjo Romero, en quien confío por lo que, debería confiar en Dios que le haya iluminado para traerme aquí. A olvidarme de mis carencias!

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20.06.26

Ay! Cuanto me gustan los perritos!

Episodio IV de la Serie “Hacerse viejo como buen hijo de Dios”

He titulado esta conversación de esta manera porque hoy día es muy popular que nos gusten los animalitos especialmente gatos y perritos.Nos gustan tanto que algunos se vuelven acumuladores y llegan a tener hasta más de una decena..

Otros, en cambio, los tratan como personas y les dan los cuidados que deberían dar a un hijo si lo estuvieran.

Con todo el afecto del mundo se refieren a ellos como "perrijos” o “gatijos".

Por otro lado, nosotros los católicos, también tenemos la responsabilidad de cuidar de la naturaleza, lo que incluye a estos animalitos que nos pone Dios por delante tanto como el aire que respiramos, ya que se les ve por todas partes y te llegan de no se sabe dónde, necesitando los cuidados que algún “padre o madre” no quisieron o supieron darle. Algunos llegan en bastante mala situación.

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14.06.26

Hacerse viejo como buen hijo de Dios (II)

Siguiendo la norma 
Maricruz, edad 66

Desde hace 3 años vengo ajustándome a la norma de estar enfermita de cualquier tontería que me presenta a Dios. 

Voy a escribir sobre el tema pero entiéndase que no es una queja sino un aporte, tanto para quienes están enfermos como para los que no, ya que podrían enfermarse en cualquier momento y podría ser que no tengan o les falte recursos espirituales y mentales para hacer frente a la situación. 

A mí es que me vienen capacitando desde niña ya que casi muero al nacer y después empecé a tener problemas respiratorios hasta el día de hoy. 

Pasé muchas horas de mi infancia solita en la cama leyendo, jugando con mis muñecas, reponiéndome de algún medicamento muy fuerte o escribiendo poemas a Dios o jugando con mi hermano pequeño. 

Muchas décadas de mi vida pasé bastante saludable pero tengo como una decada de ir decayendo y supongo que por la edad y debido al material con que me hicieron que tal vez no es de la mejor calidad, aunque totalmente digno y valioso.

De esta última década debo decir que también se me ha capacitado muy eficientemente de parte de María santísima ya que, primero, el Espíritu Santo me inspiró consagrarme a ella y, luego, rezar el rosario diariamente. 

María es el mejor recurso para conservarse en gracia y recibir de Dios los dones que tiene reservados para ti en cualquier momento, con la condición que pongas de tu parte, frecuentes la misa y los sacramentos. 

Estés o no estés enfermito, no puedes ni debes pasar por la vida sin frecuentar a la señora María (y a San José, ya lo veremos más adelante) porque tiene todo lo que una madre guarda en su corazón  todo para ti. 

Durante estos últimos años, de hecho, varias veces he tenido ganas de escribir sobre este tema pero lo desecho ya que suponía que nadie o muy pocos querrían estar leyendo sobre las dolencias de los demás. 

Yo he aprendido a hacerlo porque en las salas de espera de los hospitales casi lo único que se conversa es de lo que cada uno de nosotros padecemos y así es como aprende uno a compadecerse y a tenerse mayor paciencia. Uno aprende a escuchar y también a reconocer que no es el ombligo del mundo.

Repito, lo que yo tengo no es de gravedad aunque en una ocasión tuve un cáncer pequeño pero ya no. Lo que tengo me hace pasar dolor, quietud, soledad y varias otras cosas que a casi nadie nos gustan. Eso, nada más. 

Estoy consciente que existen personas infinitamente más enfermas que yo y basta que se me olvide para que Dios me presente alguna persona que ha superado cosas gravísimas; como aquel día que me sentía muy abrumada por esperar tanto en una fila y se me apareció una señora que ha tenido como tres infartos y dos cáncer y la extirpación de alguna cosa. Algo brutal y estaba ahí sin mayor problema mientras yo me retorcía del colerón por la larga espera. 

En verdad, es una parte muy graciosa y bella esa en la que Dios interviene para que no se te olvide el lugar que ocupas en el universo y ante su mirada. Que es una preciosidad cómo nos mira y nos comprende y nos apoya y nos consuela y nos alegra y nos da fuerza y nos da compasión y esperanza y otras tantas cosas que nos da todos los días desde que abrimos los ojos. 

Esa mirada de Dios que te mira contento de que sabes sufrir y lo haces lo mejor que puedes y que has podido entregarle todo lo que tienes y eres por el bien de las almas tanto como lo hizo su Hijo, aunque salvando las distancias, digo, esa mirada de Dios es una preciosidad. Por saber que así te mira darías la vida. 

Sí, Dios llega a mirarte muy contento y te das cuenta porque sientes una alegría preciosa y una gratitud infinita por estas enfermedades que Te llevaron más cerca suyo y te hicieron más semejante a Jesús, a quien ya perteneces y te lleva dentro de sus llagas.

Porque, resulta que un día que te sentías muy abrumado y dolorido por la enfermedad decidiste pedirle que te escondiera en sus llagas (como en el poema) y, así lo hizo desde aquel día, y así es como te lleva dentro suyo de manera que su sangre corre por tus venas y hace que cada vez más te le parezcas casi sin apenas notarlo y, obviamente, sin sentir orgullo, ya que sabes que todo, todo es obra de suya.

Otra cosa que estoy notando mientras escribo es que, cosa rara, es que Dios me dé hablar de estas cosas; pero la verdad, no tanto, porque ya me ha dado hablar sobre otras también un poco extrañas y no ha salido mal porque, como siempre, ha sido inspiración suya. Es cosa de Dios, absolutamente.

En fin, he tratado de contarles brevemente cómo han sido los últimos años y espero que también sirva un poco como justificación por haber dejado de ser tan prolífica en este blog. 

Doy muchas gracias a Dios que Juanjo Romero me reclutó y que junto a los suyos me quiere tanto porque eso me da ánimo, no solo durante la enfermedad, sino en vistas a mi futuro en este blog.

Ellos, allá en casa de Juanjo, dicen que me quieren mucho y yo digo que los quiero más. 

Es bueno saber que al otro lado del océano alguien te aguarda con el corazón inmenso lleno de cariño. 

Pues sí, la norma en ese periodo es estar enferma y doy gracias a Dios que puedo hablar de ello con naturalidad y espero que sea de bien para las personas que me lean. 

A Dios sea toda la gloria!