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27.07.15

¿Por qué no lloramos en misa?

“San Ignacio de Loyola lloraba con frecuencia en la misa (Diario espiritual 14). Nosotros, hombres de poca fe, no lloramos, pues apenas sabemos lo que hacemos cuando asistimos a la misa”

Pues, eso, ¡no sabemos lo que hacemos!

Si lo supiéramos, lloraríamos. 

Por otro lado, cuando oramos, sabemos lo que hacemos?

Debe ser que tampoco lo sabemos y que, por eso, al orar no lloramos.

Por ejemplo, por qué no lloramos cuando oramos por el Papa y la Iglesia?

De un tiempo a esta parte lloro cuando oro por ellos.

Lo hago diario. A veces más de una vez al día.

O sea…

Que no pretendo dejar de orar ni de ir a misa por esa razón.

A pesar de todo, oro y voy a misa.

Aunque no es lo que prefiero verme con el alma de dolor partida. 

Es solo por gracia que –de a poco- le he tomado el gusto.

“Gran bien sufrir por la Iglesia. Muchos bienes reparte el Señor por las lágrimas, por la Comunión de los Santos" Alonso Gracián

24.06.15

Tratar con cada uno personalmente. Uno a la vez. Uno a cada instante.

Conocer el contexto histórico dentro del cual se movió Jesús sirve para comprender de qué manera desenvolvernos en el nuestro ya que tanto Jesús como nosotros nos movemos en un ambiente paganizado.

En tiempos de Jesús la mujer era tratada, literalmente, como una mercancía; cuando, sin descendencia enviudaba, se la enviaba a la indigencia e, incluso, se le invitaba a echarse al aceite hirviente para evitar tan amarga existencia; por otro lado, los niños eran considerados mano de obra, los ancianos o enfermos, un estorbo. Cada uno estaba por lo suyo, es decir, el caos socio-económico en el que vivió Jesús era dramáticamente cercano al nuestro.

Ahora bien, quizá por eso Jesús se tiró a la calle para tratar con cada uno personalmente. Uno a la vez. Uno a cada instante.

Sitúate en un laberinto con quienes, más desesperados que tú, caminan desorientados buscan la salida. Qué harías? Te esmerarías en salir por tus propios medios o procurarías ayudar a cada uno con el que te encontraras? O, por ejemplo, si estás en un gran barco que se hunde. Qué harías? Buscarías tu propia salvación o procurarías salvar a quien no encuentra la forma de sobrevivir?

En esto me hizo cavilar la promoción de una serie de televisión titulada Helix que trata sobre un virus que amenaza a la especie humana en la que locutor dice: - ¡Para establecer un nuevo orden siembra el caos!

Es solo una serie de televisión pero han escrito el guion muy cercano a la realidad de los cristianos ya que el protagonista, sin importar lo que sucederá al momento siguiente, trata personalmente de salvar a cada uno con el que se encuentra por lo que la trama cambia constantemente, lo que produce gran suspenso en el espectador.

El personaje principal es un experto que desconoce si podrá contener al virus por lo que, mientras lo descubre, reacciona ante las necesidades de los demás con la firmeza de sus convicciones en procura de salvarlos a pesar de que no tiene certeza de que sobrevivirán. Lo hace porque encuentra que es lo justo, lo razonable, lo único posible.

Deja la vida por salvar a cada uno. Uno a la vez. Uno a cada instante.

Actualmente vivimos un período en que el virus de la mentira ha penetrado hasta la médula de un gran porcentaje de la población produciendo en ellos indescriptible irracionalidad, por lo que es realista considerar que vamos camino a la desaparición de la cultura cristiana dentro de la cual hemos conocido a Dios.

Tendemos a angustiarnos y a desesperar ante dicha perspectiva de futuro pero es una tremenda tontería reaccionar de ese modo ya que lo que la realidad nos propone es volvernos a Jesús.

Si, es simple, mirarlo a los ojos y pedir su gracia para creer en su plan de salvación el cual siempre ha consistido tratar con cada uno personalmente. Uno a la vez. Uno cada instante.

Es, quizá, lo único justo, razonable y posible que a la vez podemos hacer por los demás mientras el resto, jugando a ser Dios, nos hacen pagar el precio*

No será hasta que termine la temporada de Helix que sabremos si el “nuevo orden” del que habla la promoción llegará a establecerse; por el momento, lo que necesitamos saber es que la serie tiene sentido únicamente debido a que el personaje principal sobrevive aferrado a sus convicciones.

Quizá de la misma forma muera y así concluya la temporada. No lo sabemos. Y, poco importa, ya que es solo una serie televisión y la vida espera al actor fuera de las puertas del estudio tal como a cada uno nos esperan fuera de este lugar.

*”Play God. Pay de Price” (lema de Helix que se puede leer en el cartel)

22.05.15

El mundo nos está abortando

“No pretendo sonar pesimista pero es realista admitir que el mundo nos está abortando".

Ha elegido abortarnos tal cual decide abortar una joven profesional para que la nueva vida no se interponga en la construcción de la imagen de lo que debería ser la suya.

Nos abortan para dar satisfacción a la  imagen que tienen de sí mismos.

Morimos por satisfacer un mero deseo de algo tan vacío y falso como la vida que pretenden llevar al asesinarnos tal cual, literalmente, asesinan a sus bébés. 

Muertos nos visualizan tal como visualiza y ejecuta a sus víctimas el Estado Islámico u Obama con sus políticas anti-natalistas y anti-religiosas, como con aún mayor saña –decididamente- lo hará lo Hillary Clinton y lo promueve Bill Gates, como lo hacen Cristina Kitchner y Bachelet en sus respectivos países o como pretende hacerlo en Costa Rica nuestra vice-presidente Ana Helena Chacón.

Nos abortarán pero tendremos tiempo suficiente para dar testimonio de nuestras convicciones.

Porque eso haremos, no moriremos sin dejar claro que lo suyo es profunda maldad y lo nuestro luz y vida. No moriremos con la cabeza baja sino en alto como aquellos que ha decapitado ISIS.

Mediante un absurdo decreto (N° 38999) firmado hace una semana por el poder ejecutivo pretenden luchar contra la discriminación a la población diversa pero dejando, entre otras, la libertad de conciencia completamente vulnerable 

No pocos ciudadanos se han percatado de las implicaciones y no pocos, tambien, están dispuestos a dar la batalla; muchos, sin embargo, ni se dan cuenta por lo que, lo más probable, es que el dichoso decreto -como embestida- se los “lleve entre las patas", apenas sin darse cuenta 

Los que vayamos cayendo en cuenta de las consecuencias hemos de proponernos dar la batalla tal como la dio Ana Frank desde aquél ático o como lo hizo Viktor Frankl en campos de concentración. Propongo que los tengamos como referencia así como deberíamos tener a los cristianos perseguidos en Asia y Oriente Medio.

Llenar nuestro día de lo que nos inspira el hecho de que han donado su vida por todos nosotros siguiendo el modelo de Nuestro Señor Jesucristo, porque, quien piense que cada mártir que ha existido desde la Resurrección, no es alguien que ha muerto por amor para darnos vida, es que todavía no ha comprendido nada. 

Si son ustedes, apreciados compatriotas y personas del ancho mundo que me leen, personas de armas tomar, les suplico por lo que más quieran,  no se queden impávidos esperando a ser convocados; no hagan como pudieron haber hecho muchos judíos tras la invasión de las tropas nazis de quedarse pensando que, probablemente, no pasará nada o que, quizá los tratarán bien. ¡No esperen a ser convertidos en pompas de jabón! ¡Por lo que más quieran!.

Líen los cuatro chuicas que tengan y con sus hijos tírense a la calle para advertir a todos del tenebroso lugar al que nos conducen nuestros gobernantes.

No esperen más. ¡Salgan de inmediato!.

Salgan, pero tengan claro que al salir, serán exilados; es decir, estarán expuestos a los avatares que sufren los mártires.

Ténganlo claro para que el auténtico significado de la muerte de Cristo se revele ante sus ojos en toda su dimensión; para que sus vidas tengan sentido, para que tenga sentido su muerte.  

Para que todo tenga sentido desde la creación del mundo.

 

 

1.05.15

La casera católica que ahora soy

Ya ven en lo que ha parado mi vida? Pasé de vivir holgadamente como cuidadora de mi anciano padre a, con limitados recursos, cuidar de extraños a los que les he abierto la puerta de mi casa y de mi corazón.

Hace días vengo muy ocupada atendiendo mi casa y con frenética actividad provida en redes sociales por lo que, embotada, no encuentro al final del día nada qué decir en el blog; sin embargo, tras haber leído a san Rafael Arnaiz en sus piruetas con los nabos y al padre Iraburu con lo de La alegría cristiana y sus cien motivos me dije que, quizá, un tema que me permitirá seguir en contacto con ustedes sería compartir algunas de las alegrías involucradas en mi vida reciente.

De primero, les contaré:

En los ocho meses que tengo de ser casera hemos llegado a ser cinco personas en esta casa: una joven paramédico de la Cruz Roja, un taxista, dos muy jóvenes estudiantes de provincia becados por el gobierno y yo.

Cualquiera hubiera apostado que el taxista sería el primero en salir despavorido de mí casa, sin embargo, es el único que se ha quedado y, no solo eso, se ha volcado en apoyarme de todas formas que le ha sido posible o que se le antoja ya que, definitivamente, no se deja mangonear. Qué va! En cuanto puede se escabulle de pequeños trabajos como, por ejemplo, limpiar ventanas o quitar alguna telaraña; sin embargo, ¡vaya que me ayuda en otro montón de tareas sin que se lo pida!. No tengo queja! En absoluto!

Aparte, es muy divertido ya que se la pasa bromeando o consigue, con astucia, hacerme ver lo ridículo de mis quejas cosa que, como aplicación de un correctivo inmediato, me hace mucho bien.

Michael fue mi primer inquilino y es taxista lo que en Costa Rica significa que pertenece a un gremio que, en mucho, es considerado problemático; por ese motivo lo entrevisté por largo rato tras lo que decidí apostar por él.

Mis hermanos quedaron preocupados por mi decisión ya que, de hecho, perdí un cliente cuando se enteró que aquí vivía un taxista (así de grave está la cosa), sin embargo, Michael ha probado estar hecho de buena madera y demostrado que, en mucho, es debido a que tiene una buena relación con Dios.

Es Bautista! Pueden imaginarlo? Y, claro, el pobre ha elegido vivir en una casa donde hay montones de imágenes de Jesús, María y varios crucifijos, una señora que va a misa, reza y ora, que tiene muchos libros sobre Dios, biblias por docenas muy poco semejantes a la suya pero que, además, es activista provida con agua bendita siempre a la mano; es decir, cualquier otro joven taxista-bautista hubiera cruzado la puerta de mi casa como alma que lleva, literalmente, el diablo; pero Michael no, al contrario, más tarde lo confesó, también apostó sobre su casera. Dichosamente, por gracia de Dios, ambos salimos ganando.

Porque les diré, convivir conmigo no es tan simple ya que en esta casa existen reglas y son estrictas; por ejemplo, no alquilo a parejas ni permito que nadie permanezca en la habitación con su novio o novia con la puerta cerrada o que se queden a dormir, que para eso existen otros lugares. Así de estricta soy por lo que siendo Michael un hombre joven era para que no estuviera perfectamente de acuerdo conmigo pero –afortunadamente- lo estuvo desde el primer momento.

En fin, que el taxista, contrario a la voz popular -en lugar de haber salido güero- resultó un angelote que no solo delira con cada uno de mis perros (literalmente los abraza y besa) y con Gato sino que me ayuda a cuidar de ellos e, incluso, lo hace mucho mejor que yo.  

Por otros motivos de mayor importancia estoy en deuda con él ya que, sin dudarlo y ni poner límite, me ha extendido la mano en más de una ocasión.

De tal manera, que ¡oh, bendito vuelco que ha dado a mi vida la Divina Providencia! ya que, no solo estoy en deuda con un taxista (con lo que eso implica) sino y, sobre todo, con mi padre Dios quien pone en mi camino las personas y acontecimientos que me moldean para ser la casera católica que ahora soy.  

Por supuesto, una casera con la cabecita un poco embotada pero alegre y en paz.

No es para menos ya que lo recé en la Liturgia de las Horas de hace unos días:

 “Yo, el Señor, soy el que te salva y el que te rescata. Aleluya”.

Ant. I, Vísperas, Viernes III, tiempo pascual

 

13.04.15

Ante la Misericordia somos todos iguales

«Si el hombre no graba en su corazón que es pecador, Dios no le escucha», sentenciaba un Padre del Desierto. Un hermano suyo le preguntó: «¿Por qué es tan importante sentirse pecador?». Y el anciano contestó: «Si uno tiene presentes sus pecados, no ve los pecados de su prójimo».

La semana pasada un funcionario del gobierno dijo en Twitter algunas cuestiones un tanto graves en contra del clero costarricense que resultó en una trifulca en las redes sociales que derivó en su renuncia.

Como la más aguerrida, fui de las primeras en responder procurando hacerle ver que, debido a su función como responsable de redes sociales de Casa Presidencial, era irresponsable expresarse de del modo en que lo hizo respecto de cualquier grupo humano.

Cuando supe de su renuncia, verdaderamente, pesó en mi alma y así lo manifesté ya que, responsabilizarse por sus palabras siendo funcionario le habría permitido crecer en estatura humana.

Su agresión no me la habría tomado con tanta calma de no haber sido porque una conocida me advirtió que Julia es un alma atribulada. Bastó con eso para que la gracia me ayudara a comprender que quizá la suya es un alma tan inconsolable como la mía.

Ayer domingo, Fiesta de la Misericordia, la funcionaria publicó en Facebook una reflexión que tituló “Las misas, los curas, las religiones, mi idea de Dios” sobre el que espero eviten sacar conclusiones antes de terminar de leerme. 

Mientras leía supe que Julia, en varios aspectos, es como una niña sobre quien nos abalanzamos como fieras sin siquiera considerar que nuestros pecados bien podrían ser mayores que los suyos. 

Ahora bien, por qué, según el anciano Padre del Desierto, es tan importante no ver los pecados del prójimo?

Porque de esa manera, por gracia, lo amarás por ser quien es.   

Y, quién es el prójimo? Uno que, al igual que tú, es amado.

Por esa razón fue que anoche le escribí a Julia para agradecer su articulito.

En la Fiesta de la Misericordia fue el día en que, por gracia, su corazón se instaló en el mío.

Una verdadera gracia. Como lo fue el que, durante la Fiesta de la Misericordia del año pasado, llorando junto a mi padre en su lecho de muerte, clamamos por Misericordia la última vez.

Una verdadera gracia.

Es cierto que hay mucho en juego si permitimos a funcionarios públicos agredir a los cristianos debido a que ponen en grave peligro nuestra condición de igualdad ante la Ley por lo que es justo presentar el debido reclamo; sin embargo, por gracia, bien sabemos que, ante la Misericordia, el que somos todos iguales, es ineludible.