InfoCatólica / Cor ad cor loquitur / Categoría: Liturgia

14.02.16

Si dudas si ir hoy a Misa

En las últimas décadas la práctica religiosa ha caído en picado en España y buena parte del resto de Europa. No tiene nada de extraño que aquellos que dejaron su fe en el baúl de los recuerdos no cumplan con el precepto dominical. Pero quedan muchos fieles que sí le dan importancia a su relación con Dios y aun así creen que no ir a Misa de vez en cuando, por no decir la mayor parte de los domingos, es cosa sin demasiada importancia. Que Dios no lo tiene en cuenta y que, desde luego, ya no es pecado mortal como se nos decía tiempo atrás. A todos ellos, y a mí mismo, les digo que tengan en cuenta estos puntos:

1- Hay cristianos en el mundo que se juegan literalmente la vida cada vez que van a Misa. Por ejemplo, en Oriente Medio hay familias que han decidido no ir todos juntos para evitar que la muerte les llegue a todos a la vez en caso de sufrir un atentado. Así que a menos que solo tengan una Misa a la que ir, van en dos o tres turnos. Si ya es triste que para nosotros el acudir a Misa sea un motivo de incomodidad, cuando debería ser ocasión de gozo, imaginemos por un momento cómo quedamos ante el cielo entero cuando decidimos quedarnos en casa mientras otros hermanos en la fe enfrentan la posibilidad del martirio antes que permanecer “a salvo” en sus hogares.

2- No le hacemos un favor a Dios atendiendo a Misa. Es Dios quien nos hace el favor concediéndonos el don de recibir las gracias que nos ofrece a través de la liturgia, especialmente por medio del sacrificio eucarístico y nuestra comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

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16.04.15

¿Nos creemos lo que rezamos en Misa?

En no pocas ocasiones participamos de la Misa, yo el primero, sin poner demasiada atención a lo que dice el sacerdote y a lo que respondemos nosotros. Convertimos la mayor fuente de gracia en un ritual cansino, en el que no ponemos toda el alma. Y sin embargo, es la Santa Misa, la liturgia, el lugar donde todos manifestamos la fe que profesamos, tanto a nivel personal como comunitario.

Vayamos por partes. Tras la antífona de entrada, llega el acto penitencial. Dice el sacerdote:

Hermanos: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.

Paremos un momento. ¿Somos conscientes de que no celebraremos dignamente la Misa si no reconocemos nuestra condición pecadora? Incluso aunque por gracia estemos libres de pecado mortal, y salvo que acabemos de confesarnos, es seguro que acarreamos pecados veniales que dificultan nuestra plena comunión con Dios. Y si en ese momento concreto no es así, lo será en muchas otras ocasiones.

A los fieles nos toca confesar lo siguiente:

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.

¿Y bien? ¿eso lo decimos por decir o porque de verdad lo creemos? No decimos “he cometido algún pecadillo sin importancia“, no. Decimos “he pecado MUCHO” de las diferentes formas en que he podido pecar. Sigue:

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

No por la culpa de la esposa, los hijos, la familia, los amigos, las circunstancias sociales, personales o lo que sea. No, pecamos por nuestra culpa. Y no cualquier culpa. Es una GRAN culpa. ¿Por qué es una gran culpa? Porque bien sabemos, o deberíamos saber, que:

No os ha sobrevenido ninguna tentación que supere lo humano, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación, os dará también el modo de poder soportarla con éxito.

1ª Cor 10,13

Por tanto, no hay excusa que valga. No hay culpa ajena. Seguimos diciendo:

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor.

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8.03.15

De la abundancia del corazón, habla la boca

El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca.

Lucas 6,45

Ese principio establecido por Cristo es una realidad fácilmente comprobable en la vida diaria. Es imposible que una persona llena de maldad tenga un discurso bueno. Y a su vez, quienes tienen el alma llena del amor de Dios, hablarán las cosas del Señor para mayor gloria suya. Entre ambos extremos hay un amplio rango de situaciones y comportamientos. 

En la primera lectura de la Misa de hoy se nos dan lo Diez Mandamientos, guía segura para el pueblo de Dios, que Cristo resumió en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. El mismo Dios que liberó a Israel de la esclavitud de Egipto es quien hoy quiere conceder a su pueblo la liberación de la esclavitud del pecado y del sometimiento al espíritu de un mundo que sigue sirviendo a Satanás. 

Si somos liberados del espíritu mundano, necesariamente deberemos hablar el lenguaje de Dios y no el del mundo. Pero tal cosa no la podremos hacer si el Espíritu Santo no empapa nuestras almas de la gracia divina. Solo de esa manera podremos cumplir los mandamientos de Dios -y de paso los de la Iglesia- de corazón, no de forma meramente externa. La diferencia entre el hijo y el esclavo es que aquel sirve al padre por amor y el último lo hace por imposición. Si cumplimos los preceptos divinos por mera inercia, porque nos viene impuesto, no alcanzamos la esencia de aquello que Dios quiere para nosotros. Y aun así, es mejor cumplir los mandamientos y preceptos de la ley de Dios que rebelarse contra ellos. Antes o después, quien por gracia es fiel a la ley por ser ley -poquísimos hoy-, recibirá la gracia de ser fiel a la ley por puro amor al Autor de la ley. Y, por supuesto, se engaña quien dice que ama a Dios y no cumple sus mandamientos.

Para saber cuál es el estado de salud espiritual del pueblo de Dios hay dos termómetros imprescindibles: su forma de rendir culto al Señor y su forma de servir a los más necesitados. Y por ese orden, además. 

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28.03.13

Misa Crismal del Papa: liturgia, sacerdocio, gracia

Una de las cosas que, como cristiano, siempre me ha llamado mucho la atención es que que la Revelación de Dios, por más que la conozcamos o por más que la hayamos oído predicada en boca de sus ministros, siempre es una novedad para el alma. Es decir, el fiel que vive en comunión con el Señor nunca debe cansarse de oír el mensaje del evangelio y las doctrinas que marcan el camino de la salvación. La Escritura no pierde un ápice de interés por mucho que la hayamos leído mil veces. Y las buenas homilías son alimento para el alma aunque se prediquen, con ligeras variaciones, vez tras vez. De la misma manera que nunca ponemos reparos a comer los alimentos que consideramos más sabrosos, tampoco nos incomoda lo más mínimo nutrir nuestro espíritu con buenas predicaciones.

La llegada de un nuevo Papa tiene como consecuencia inevitable el que todo el mundo esté pendiente de cuáles son los primeros mensajes que da al pueblo de Dios y al mundo. Sin necesidad de caer en comparaciones estériles y estúpidas con sus antecesores, se puede apreciar en el nuevo Pontífice las características personales que el Señor va a usar para enriquecer y fortalecer a su pueblo. Por tanto, empezamos a saborear el plato de la sana doctrina católica según nos la prepara el papa Francisco. Los ingredientes son los mismos que la Iglesia ha usado en sus veinte siglos de existencia, pero él le da un toque personal a la cocción y la fritura que, sin la menor duda, gustará a unos y no agradará tanto a otros.

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11.11.12

El cardenal Rouco Varela hizo "la pregunta del millón" en el Sínodo

Es cosa buena y recomendable analizar todas las intervenciones que se dieron en el último Sínodo de obispos celebrado en Roma, que buscaba reafirmar a la Iglesia en la tarea de la Nueva Evangelización. A mí lo de “nueva” no me acaba de convencer porque se supone que Iglesia y evangelización deben ir siempre de la mano y no deberíamos llamar novedad a lo que es el cumplimiento de la tarea más importante del Cuerpo de Cristo.

En todo caso, para llevar a cabo la obra de llevar el evangelio a todo el mundo, tanto a los que nunca lo han conocido como a los que alguna vez han sido iluminados por Cristo pero se han alejado de Él, es fundamental que la Iglesia esté fuerte y con sus pies asentados sobre tierra firme. Dado que está formada por seres humanos, es imposible que el pecado no esté presente. Los escándalos son inevitables. Lo que sí se puede evitar es abordarlos de manera inadecuada e incluso irresponsable.

Sin embargo, hay algo mucho más peligroso que el hecho de que haya miembros de la Iglesia, incluso curas y obispos, que hayan llevado o lleven una vida moralmente incompatible con la acción de la gracia de Dios en sus vidas. El cardenal Rouco Varela hizo la pregunta clave en el Sínodo:

“El examen de conciencia tiene que ver con el peligro de la secularización interna de la Iglesia, tal y como lo dijo alguna vez Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¿Nos hemos dejado penetrar por el espíritu del mundo? Ese examen de conciencia tenemos que hacerlo porque, si no, no vamos a estar libres y generosamente dispuestos, o vamos a ser mucho menos capaces de evangelizar al mundo de hoy”

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