InfoCatólica / Cor ad cor loquitur / Categoría: Espiritualidad cristiana

15.04.17

El que quiere... ¿puede?

De pequeño mi madre me solía decir “el que quiere, puede". Y es común ver a muchos cristianos empeñados en “entrenar” su fuerza de voluntad para obrar bien, como si tal cosa dependiera sobre todo de sus capacidades personales. Sus intenciones son buenas, ciertamente. Pero no, no funciona así la cosa. Esto es lo que puede nuestra fuerza de voluntad. Lo explica San Pablo en Romanos 7:

Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no.
Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal.
¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!

Jesucristo es la clave. Sin Él no podemos hacer literalmente NADA (Jn 15,5). Y NADA es NADA. Nada bueno, se sobreentiende. O mejor dicho, nada bueno en relación a nuestra salvación. Sin embargo, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4,13). Sin Él nada, con Él y en Él, todo.

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28.01.17

Eucaristía y pecado mortal. No oigamos a los que nos engañan (I)

Todos aquellos que sientan la tentación de comulgar estando claramente en pecado mortal -por ejemplo, adulterio-, deberían alejarse de los inicuos que con palabras de falsa misericordia les llevan a la segura condenación y, en cambio, leer las enseñanzas de los padres de la Iglesia.

Por ejemplo, San Basilio, en su obra Sobre el bautismo, aborda la pregunta de “si carece de peligro el que uno que no está limpio de toda mancha de cuerpo y espíritu, coma el cuerpo y beba la sangre del Señor": Tras mostrar lo que indicaba la ley mosaica acerca de los que se acercaba a las cosas sagradas en estado de impureza, dice:

Porque si aquel que se encuentra en sola impureza (y por ley sabemos típicamente la propiedad de la impureza), está sujeto a un juicio tan terrible, ¿cuánto más grave juicio se atraerá sobre sí el que estando en pecado se atreve a comer el cuerpo de Cristo? Limpiémonos pues de toda mancha (la diferencia entre mancha e impureza es cosa manifiesta para los prudentes y sabios), y así acerquémonos a las cosas sagradas, para que escapemos del juicio de aquellos que mataron al Señor, pues cualquiera que comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1ª Cor 11,27); y poseamos la vida eterna.
(San Basilio, Sobre el bautismo L2. cuestión 3)

San Efrén el sirio.

… En las aguas del bautismo, hermanos, os vestisteis las vestiduras blancas; no manchéis vuestras vestiduras con obras deshonestas. He aquí que os sentáis a un banquete que es la Iglesia santa, en la cual coméis el cuerpo vivo y bebéis la sangre propiciatoria. El que se sienta a este banquete y se deleita con estas delicias y a la vez obra la iniquidad y el pecado, ¡ay de él en el día de la resurrección; en aquel día en que el Rey vendrá con su pompa y establecerá su trono para el juicio y se sentará en él para tomar venganza y juzgar a las gentes y las tribus!
(San Efrén, Sermón del fin y de la amonestación, 7,13)

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12.12.16

A los siervos de Dios que lloráis

¿Por qué ocultarlo? ¿por qué negar la evidencia? ¿para qué callar? Son muchos los siervos de Dios que hoy están en una situación anímica muy difícil. Son muchos los que ven claramente que «con el Pontífice reinante, la trompeta emite ahora un sonido muy incierto en esta batalla contra los «principados y potestades» del enemigo, de forma que la barca de Pedro avanza peligrosamente a la deriva como un navío sin timón e incluso muestra síntomas de una desintegración incipiente». Muchos más de los que se atreven a decirlo públlicamente. Soy testigo directo de inquietudes, angustias, quejas, llantos, depresiones, tristeza profunda, ganas de dejarlo todo para retirarse a una catacumba, a una trapa donde no haya lugar para las noticias de entrevistas, exhortaciones confusas, dubias, dudas, líos.

También hay muchos a los que todo les parece de color de rosa. Creen que la Iglesia se está por fin librando de una supuesta carga nefasta de veinte siglos de dogmas, mandamientos, leyes, estrecheces, rigideces, profetas de calamidades, pastores amargados que parecen disfrutar de tener a los fieles sometidos a yugos insoportables.

Ahora bien, son muchos más los que viven como en los tiempos de Noé: "Comían y bebían, tomaban mujer o marido” (Luc 17,27); y en los tiempos de Lot: “comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y edificaban” (Luc 17,28). Es decir, no se enteran, con culpa y sin culpa por su parte.

A los primeros hablo. No penséis que sois los primeros en pasar por esto. Leed lo que aconteció al apóstol San Pablo en Mileto:

Desde Mileto envió un mensaje a Éfeso y convocó a los presbíteros de la iglesia. Cuando llegaron les dijo: -Vosotros sabéis cómo me he comportado en vuestra compañía desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas en medio de las dificultades que me han venido por las insidias de los judíos; cómo no dejé de hacer nada de cuanto podía aprovecharos -al predicaros y al enseñaros, en público y en vuestras casas-, cuando anunciaba a judíos y griegos la conversión a Dios y la fe en nuestro Señor Jesús.
Hech 20,17-21

Hoy no son judíos los que causan dificultades, sino “los falsos profetas, que se os acercan disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces” (Mt 7,15) de los que nos advirtió Cristo. Pero si San Pablo lloró, nosotros lloramos, vosotros lloráis. Y si él siguió sirviendo al Señor, vosotros y nosotros seguiremos sirviéndole, si Él nos lo concede, cada cual desde el estado en que esté, consagrado al ministerio o no.

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20.11.16

Los hijos no son excusa para vivir en adulterio

Uno de los argumentos más peculiares, y a la vez perversos, de los que quieren cargarse los sacramentos del matrimonio, la confesión y la Eucaristía admitiendo las relaciones adúlteras estables en las que la pareja adúltera tiene hijos, es que la separación de dicha pareja puede hacer daño a esos hijos.

Es decir, para evitar un posible mal se anima a seguir viviendo en pecado mortal -el adulterio lo es-. Pero como bien sabemos, el mal no se combate con el mal sino con el bien (Rom 12,21). 

Por otra parte, el mismísimo Cristo dijo que hay algo que está por encima al amor a los hijos:

Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
Mat 10-37-38

Ni que decir tiene que el amor a la pareja con la que se convive en adulterio no puede estar por encima del amor a Cristo. Pero tampoco lo está el amor a los hijos de esa relación. De hecho, si realmente se ama a esos hijos, lo mejor es darles ejemplos de fidelidad a Dios. Si se piensa que no hay manera de volver al primer matrimonio y/o se estima que la separación de la relación adúltera puede perjudicar gravemente a los hijos, la gracia de Dios capacita más que de sobra para vivir en castidad, conviviendo como hermanos y no como cónyuges. Lo mismo vale para las relaciones de amancebamiento sin pasar por el sacramento del matrimonio.

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23.10.16

De muros, puentes y desafíos pastorales

Hace unos días llegó a mis manos un documento en pdf sobre pastoral familiar de los “Equipos de Nuestra Señora” (en su web pueden ver lo que son), cuyo contenido llama la atención no tanto por una cierto iconoclasmo -habría costado muy poco poner alguna imagen religiosa en vez de emoticones-, como por algunos de sus presupuestos y ejemplos. Cito de la página 62:

La fragilidad de los lazos se evidencia por el creciente número de separaciones y divorcios. En muchas realidades se prefiere evitar los lazos del matrimonio y en cualquier caso el matrimonio civil supera al religioso. Son cada vez más numerosas las parejas que se presentan al matrimonio ya habiendo convivido, e incluso algunas con hijos; las separaciones y los divorcios, por lo menos en el mundo occidental, superan a los matrimonios, la crisis de la pareja no tiene edad (son muchas las parejas que después de muchos años de matrimonio sobre sus espaldas deciden separarse), la dificultad para la procreación también es creciente, teniendo en cuenta que se desean los niños en una edad más que madura.
Sin entrar en juicios morales, como iglesia de nuestro tiempo, debemos vivir el presente y acoger esta complejidad. Tenemos que vivir el hoy sin lástima y sin lecturas nostálgicas, insatisfechas o peor, demonizantes.

Sobre este tema, ya el Papa Juan XXIII, en el discurso de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962 usó unas palabras fuertes a propósito de los cristianos a los que llamó “profetas de calamidades”:…

A ver si lo entiendo. Como quiera que hoy en día el divorcio, el amancebamiento y el adulterio están a la orden del día, debemos abstenernos de emitir juicios morales sobre esas situaciones para no caer bajo la acusación de “profetas de calamidades” de San Juan XXIII. Se trata de “acoger esta complejidad” y no caer en la nostalgia.

Para empezar, ya que apelan al discurso de apertura del último concilio, no está de más recordar lo que el mismo dice sobre la situación de la institución familiar en esos momentos:

Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación.
Gaudium et spes,47

En otras palabras, la Iglesia emitió, sin la menor duda, un juicio moral sobre todo aquello que atenta contra el plan de Dios para el matrimonio. ¿A cuento de qué vamos ahora a hacer algo distinto?  Si hace 50 años la situación era digna de ese juicio moral, ¿qué no será en estos momentos?

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