El riesgo en la utilización del término «inculturación» según Benedicto XVI

El riesgo en la utilización del término «inculturación» según Benedicto XVI

El Papa Benedicto XVI ha mostrado una marcada reserva en lo que respecta al uso y abuso del término «inculturación».

En este sentido, son cuatro los aspectos que provocan la discreción señalada: 1) el empleo del término «inculturación» presupone una idea estática de la cultura; 2) el vocablo no refiere realmente el encuentro entre el Evangelio y la cultura, el cual transforma a ambos términos; 3) la palabra empleada entraña el riesgo del relativismo cultural; 4) supone, además, el peligro de sostener la existencia de un cristianismo «acultural» que, de hecho, nunca existió.

El término referido es utilizado frecuentemente por los que adhieren a la denominada «teología del pueblo», entre los cuales se cuentan el actual Prefecto de la Doctrina de la Fe, Cardenal Víctor Fernández.

Benedicto entendía que la utilización de este vocablo podía vehiculizar una idea de verdad como producto exclusivo de una determinada cultura. En ese caso, el cristianismo perdía su pretensión de universalidad. Por eso, nos decía, es menester insistir en este punto: el encuentro entre la fe y las culturas solo es posible porque la verdad del Evangelio las trasciende, aunque nunca se exprese sino a través de ellas.

El Papa Benedicto rechazaba el término inculturación toda vez que este proponía que el contenido de la fe quedaba determinado o redefinido por cada cultura. Y precisamente es este el riesgo en la posición del actual Prefecto de la Fe, el Cardenal Víctor Fernández y de la «teología del pueblo». El referido Cardenal lo ha expresado, sin titubeos, en la exposición que ofreciera en la Urbaniana y que yo comentara en Caminante Wanderer.

Para el Papa Benedicto XVI, y para toda la tradición eclesial antes que él, el Evangelio de Jesucristo tiene un destino universal. No se dirige únicamente al pueblo de Israel, sino a toda la humanidad.

Ahora bien, cuando el cristianismo sale del ámbito judío tiene que expresarse en un lenguaje comprensible para el mundo mediterráneo cuya lengua era el griego y cuya cultura estaba profundamente marcada por la filosofía. Pero, según Ratzinger, esto no significó una simple traducción lingüística. Para él hay un dato clave: la filosofía griega había descubierto una idea decisiva, y es que el hombre podía conocer la verdad mediante la razón. Esto por un lado. Por el otro, la revelación bíblica presentaba a un Dios que había creado al mundo con sabiduría y que podía ser conocido, aunque de modo imperfecto, por la inteligencia humana.

Por eso el fallecido Papa cita frecuentemente el prólogo del Evangelio según San Juan: «En el principio era el Logos». La elección del término griego Logos no es casual. Expresa que Dios no es pura voluntad arbitraria ni irracionalidad, sino Razón, Palabra y Sentido.

Consecuentemente, los dogmas de la Iglesia católica fueron formulados mediante categorías griegas, tales como ousía (esencia o sustancia), physis (naturaleza), hypóstasis (persona), prósopon (persona), logos. Gracias a estas categorías fue posible expresar con precisión doctrinas como la de la Trinidad, la Encarnación, la unión de las dos naturalezas en Cristo.

Para Ratzinger, estos conceptos no son simples envolturas culturales intercambiables, sino categorías intelectuales que permitieron formular fiel y correctamente la fe. De allí que, cuando algunos pretenden deshelenizar la fe católica, el riesgo que se corre, doctrinalmente hablando, es grave.

Algunos teólogos sostienen que habría que despegar y desembarazar al cristianismo de su herencia griega para adaptarlo a otras culturas. A esto, Ratzinger responde que una deshelenización radical significaría abandonar categorías que expresan verdades objetivas sobre Dios y Cristo. Por ejemplo, si desapareciera o se birlara el concepto de naturaleza (operación que analizamos en la entrevista realizada a Mons. Vincenzo Paglia, encomendada por el mismo Papa Francisco,  resultaría muy difícil formular el dogma cristológico del Concilio de Calcedonia. Según el mismo, Cristo posee dos naturalezas en una sola persona. Lo mismo ocurre con la doctrina trinitaria elaborada en el Concilio de Nicea.

Los elementos aportados por el pensamiento griego (que la Iglesia católica debiera conservar celosamente) son la garantía de la existencia de una verdad objetiva. Una verdad objetiva que la razón humana puede alcanzar, aunque sea de modo parcial y humilde. Una verdad que la razón puede alcanzar y que no se contrapone a la fe, sino que la presupone y la perfecciona.

En este sentido, resulta inadmisible la asunción de corrientes de pensamiento contemporáneas que conciben a la verdad como el producto de construcciones culturales o históricas. Corrientes de pensamiento que, en la elaboración teológica, reemplazan livianamente la categoría «ser» por la de «estar».

Afirma Ratzinger: «Lo característico de la filosofía griega era que no se contentaba con las religiones tradicionales ni con las imágenes del mito, sino que con toda seriedad planteaba la cuestión acerca de la verdad. Y ya en este lugar podemos ver quizás el dedo de la Providencia: porque el encuentro entre la fe de la Biblia y la filosofía griega fue verdaderamente "providencial’.»[1] Y más adelante concluye: «Por eso, el encuentro con la ontología de los griegos –con la cuestión acerca del «es»– no es una alienación filosófica de la fe cristiana, sino que llegó a ser su expresión indispensable.»[2]

El Papa Benedicto no tenía duda alguna: las categorías griegas, y no la sabiduría sapiencial de los pueblos a lo largo de los tiempos, han llegado a expresar de manera normativa el contenido de la revelación cristiana. El encuentro entre la fe bíblica y la filosofía griega dio lugar a formulaciones dogmáticas que la Iglesia considera vinculantes. Esas formulaciones pueden traducirse a nuevos lenguajes y categorías culturales, pero la traducción debe conservar el mismo contenido de verdad.

Y conservar este contenido supone privilegiar el «ser» sobre el «estar». Este último, que la teología del pueblo coloca por encima del ser, denota la idea de situacionalidad, de facticidad, de historicidad; el primero, por el contrario, remite a la idea de inmutabilidad, de permanencia. Por eso Ratzinger distingue entre las formas accidentales de una cultura que pueden cambiar– y aquellas categorías racionales que han demostrado ser adecuadas para expresar el núcleo de la fe. En su opinión, renunciar a estas últimas no supondría una simple adaptación cultural, sino una modificación del contenido doctrinal mismo. Esta es la razón más profunda de su cautela frente a ciertos usos demasiado livianos del término «inculturación».

Si los dogmas han resistido el paso de los siglos merecen una presunción de sabiduría, precisamente porque han sobrevivido. No cometamos la torpeza (bastante frecuente por nuestros días) de derribar la valla, como decía Chesterton, hasta que no sepamos por qué fue puesta.

La cautela de Ratzinger, como hemos podido advertir en virtud del contenido de la conferencia que el Card. Fernández diera en la Universidad Urbaniana, tenía sobrados fundamentos o sospechas.

Claro está que, quizás la imaginación de Benedicto nunca llegó tan lejos como las decisiones de un Papa y la de su Prefecto de la Fe.

Carlos Daniel Lasa

 

[1] Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2005, 4ª edición, p. 85.

[2]Ibidem, p. 93.

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