El Misterio, la tía Aura, y el «farmeo» que se nos vino
© P. Christian

El Misterio, la tía Aura, y el «farmeo» que se nos vino

- Venite a «farmear aura» aquí, a plaza San Martín. ¡Con ese camisón y esa «alta facha», seguro que causarás impacto!

- Mira, hijo. Tengo 65 años, parezco de 45 y me siento de 25. Igualmente, no estoy para ese concurso… Además, esto no es un camisón, se llama sotana y significa que pertenezco solo a Dios, estoy muerto para el mundo, y soy un servidor del Misterio…

- Muerto vivo, Misterio… ¡Sos, entonces, uno de los nuestros…!

- Sí, y no… Soy hijo de Dios, como seguramente muchos de ustedes. Soy sacerdote católico y fui llamado por Dios para darle gloria, hacer nuevos hijos de Él, y llevarlos al Cielo…

Así, a puro va y viene, comenzó en la fresca mañana, en pleno centro de La Plata, la conversación entre este cura y el verborrágico «farmeador». Y, por supuesto, me dio pie para el anuncio y el testimonio de Cristo.

- ¿Sos creyente, hijo? ¿Estás bautizado?

- Ni idea. Me parece que mis padres me presentaron en un culto, ante no sé qué pastor. ¡Pero yo no creo en nada!

- ¿Cómo no crees en nada? ¿No crees en el aura, y en quien lo tiene, o sea una persona? ¿Y de dónde venimos las personas?

- Dicen que de los monos. Y debe ser así, nomás. Porque muchos son como ellos…

- ¿Y los monos de dónde vienen? ¿Se hicieron solos?

- Bueno, vinieron del azar. De una serie de fuerzas y energías…

- ¡De la nada, nada sale, hijo! ¡El Creador de todas las energías, y de todo lo que ves, es Dios! Que es Padre y que, para salvarnos, para que seamos verdaderamente felices, y llegásemos ganadores en la carrera al Cielo, nos mandó a su Hijo, Jesús, que murió y resucitó. Él pagó por todos nosotros. Gracias a Él, no necesitamos competir contra otros, sino contra nosotros mismos. Para luchar contra el mal, o sea, el pecado, que nos quita el brillo; que ensucia el aura… Y que termina por destruirnos; como una mancha que crece y nos come por dentro. ¡Yo estoy felicísimo, como sacerdote, por servir a tan grande Misterio de Amor!

- Me gusta lo del Misterio… Y ustedes, también, se juntan para acumular puntos de carisma, estilo, presencia y respeto frente a los demás. Para mostrarse seguros y ganadores…

- Nos juntamos, en el templo, en la Iglesia, para adorar al Misterio. Para asistir a la representación de la Muerte y Resurrección de Jesús, en la Misa. Él hace todo por nosotros. No vamos ahí para actuar ni ponernos en pose. Al contrario, cuanto más silenciosos y humildes estamos; cuanto más nos reconocemos sucios y pecadores, Él nos llena de su Luz; para ser nosotros, luz del mundo (Mt 5, 14). Él, por nosotros, los Sacerdotes, baja del Cielo, y se queda presente, por nuestras manos consagradas, «escondido» en un poco de pan y un poco de vino. Y, los que están en condiciones para recibirlo, se alimentan con Él; para poder seguir caminando hacia la felicidad definitiva del Cielo. Todos los alimentos, tras ser ingeridos, se transforman en nuestro cuerpo. En cambio, alimentándonos de Él, pasamos a ser transformados por Él, y en Él. Y, en verdad, eso se refleja en la luz que muestran, en su rostro, los que están llenos del Señor…

- ¡Guaauuu! ¿O sea, salen de allí a plena aura?

- ¡Salimos totalmente renovados! Pero, como te decía, debemos luchar, todo el tiempo, contra la oscuridad de nosotros mismos. El mundo, el demonio y nuestras propias debilidades buscan robarnos, todo el tiempo, a la Luz. Por eso, te repito, la verdadera competencia es contra el mal que tenemos, y las trampas del diablo, y las estructuras perversas de la sociedad. Y, para poder dar batalla, debemos ser muy humildes. No se trata, ni mucho menos, de mostrarse como ganador. ¡El verdadero Ganador es Jesucristo, que le ganó por goleada a Satanás! Y que nos invita, todo el tiempo, a seguirlo hasta la Luz que no tiene fin…

- ¡Me dejaste pensando! ¿Y yo puedo ir, también, a ver cómo es?

- Sí, por supuesto. La entrada es libre y gratuita. Dios nos llama a todos. Eso sí: para participar en el «concurso», hay que estar bautizado y recibir otros sacramentos. Pero con los principiantes se va de a poco. Lo más importante es dar el primer paso… Después, todos los otros vienen solos. ¿Quieres sumarte? ¿Quieres participar?

- Parece buena la idea. ¿Dónde puedo ubicarte? ¿Dónde se juntan?

- Yo sirvo al Misterio en la Misa de todos los sábados, a las cinco de la tarde, en el Hospital Español. Me puedes encontrar ahí. O en las redes sociales; las utilizo mucho…

- ¡Estás ATR (A todo ritmo)!

- Sí, por supuesto. ¡También allí le debo dar batalla al demonio, que busca sepultarnos en un pozo de oscuridad sin fin! Porque, en el infierno, no hay Luz; solo llamas para el tormento definitivo. Y allí van los que rechazan y traicionan el Amor de Dios. La hora de nuestra muerte nos debe encontrar bien limpitos; con la más brillante aura. Para poder ir, impecablemente vestidos, a la «alta fiesta»; que no se termina, y que cada vez se pone más buena…Toma, te regalo un Rosario. Mientras otras cadenas, las del pecado, te esclavizan, ésta te une con Dios, a través de su Madre, la Virgen María. ¡Te esperamos, hijo! ¡Tu aura brillará de un modo inimaginable…!

Mientras iba para el hospital, ofrecí él Ángelus por el joven. Y recordé a la inolvidable tía Aura; la mayor de mis tías paternas, nacida en Nueva York, el 18 de octubre de 1919 y fallecida en Rosario, el 10 de noviembre de 1981. Plenamente, en ella, su nombre marcó su vocación. Pulcra, dueña de sí misma, inteligente, recatada, de suaves modos y de sabia presencia de ánimo, incluso en las horas más difíciles, nos dejó un legado de honor, honradez, sobriedad, respeto y servicial entrega. Jamás salió de su boca una palabrota, una grosería, una descalificación amarga hacia el prójimo, o alguna expresión no edificante. Sus gestos y sus palabras hablaban de una nobleza no fingida; espontánea, abrevada desde la cuna, y coherente hasta el fin. Fiel hasta la muerte en su matrimonio, no tuvo hijos. Y nos dejó a sus sobrinos no solo un sinfín de obsequios materiales, sino fundamentalmente el ejemplo de una vida admirable; en la que supo hacer, de cada espina, una hermosa rosa. Fue la única Aura que conocí en mi vida. Con ella me basta y sobra para pedirle al Señor que nuestra propia aura le pertenezca a Él por completo, y sea, para nosotros, otro instrumento a su servicio.

Y frente al «farmeo» que se nos vino, quiera Dios que podamos escuchar, también, allí, el grito de tantos jóvenes que desean ser tenidos en cuenta por lo que son; y no como meros y descartables consumidores. Y que no necesitan de un robot que los maneje desde un celular. Sino de padres, maestros y, por supuesto, de sacerdotes y religiosas que les hagamos reconocer su propia, única, e irrepetible dignidad, venida de Dios. Que jamás encontrarán en prácticas narcisistas; también contaminadas de formas esotéricas y de ocultismo. Solo en Cristo, Luz del mundo (Jn 8, 12), somos también nosotros luz para nuestros hermanos…

+ Pater Christian Viña.
La Plata, sábado 5 de septiembre de 2026.

Santa Teresa de Calcuta, virgen.

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