El aborto, el grito del Padre
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El aborto, el grito del Padre

«Clama a voz en grito, no te moderes; levanta tu voz como cuerno y denuncia a mi pueblo su rebeldía y a la casa de Jacob sus pecados» (Is. LVIII, 1) «Y el Rey les dirá: 'En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis'» (Mat. XXV, 40).

Qué olvidado está en la conciencia del católico el grave pecado del aborto. Qué sociedad más indiferente ante el gran problema por el que se juega su continuidad histórica. Han pasado tantos años desde su primera legalización en nuestra España, que ya está en la conciencia de las generaciones no solo su indiferencia o promoción, sino que es cómo debe estar. Es el gran elefante en la habitación del debate político. Y dentro de nuestra Iglesia se suelen llenar la boca diciendo lo horrible que es, pero sin llegar a soluciones concretas que pueda impedirlo.

Este artículo tiene como único objetivo incitar a la reflexión profunda para actuar coherentemente. Quiere alejarse del silencio cobarde ante el crimen, del que todos somos culpables, y de la promoción ardiente de la vida sin soluciones eficaces. Pienso que el debate provida está agotado, porque la ceguera ideológica es tan fuerte que no se puede debatir. No es una cuestión de diálogo, sino de conciencia, que es la voz de Dios en nuestro interior.

Viene muy a cuento lo que decía San Anselmo de Canterbury sobre la razón y la fe en su famosa obra del Proslogion, «No busco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo esto: que si no creyere, no entendería». Y si no creemos que es Dios el que da la vida y que nuestro deber en este mundo es buscarle para encontrarle y amarle, todo pierde sentido. El sufrimiento sin la óptica sobrenatural se vuelve un obstáculo infranqueable cuya única solución es su eliminación. Pero el dolor sana y fortalece al hombre, ¿o acaso no se sufre con el deporte para mejorar la condición física? Eliminarlo sin más lleva a unos atajos diabólicos, como son el aborto y la eutanasia. El diablo quiere lo contrario de Dios, «El cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (I Tim. II, 4), quiere la muerte del hombre y su condenación.

El derecho al aborto, ¿cuál es su origen?

No podemos hablar de algo sin antes saber lo que es, así que primero definamos el hecho terminológico y biológico para después pasar a sus connotaciones ideológicas y morales.

Sin más preámbulos, ¿qué es el aborto? Según la definición dada por el Diccionario panhispánico del español jurídico en su acepción primera es la «Interrupción de un embarazo»; y en su tercera es la «Muerte provocada del feto de cualquier manera que se produzca desde el momento de su concepción»[1].

Definido terminológicamente, pasemos al ámbito médico. Según la Real Academia Nacional de Medicina es la «Interrupción del embarazo por causas naturales o provocadas, con la consiguiente muerte del producto de la concepción antes de que sea viable»[2].

Queda claro lo que es el aborto voluntario: la eliminación de un ser, de una vida, de un feto, una muerte. Y la pregunta es cómo justificar lo injustificable, verdaderamente a primera vista es inexplicable, hace falta razonar con un enrevesamiento digno de los más fuertes dolores de cabeza. Matar a un bebé antes de nacer, voluntariamente, dentro del seno de su madre, ¿por qué? Y aquí está el verdadero argumento ¿para qué? Para ser «libre».

En ningún texto legal se encontrará una justificación biológica para este procedimiento médico, y es aquí donde se denota su irracionalidad. Se construye la casa por el tejado, un derecho sin base real, puesto que, si verdaderamente se analizara fríamente y con corazón el procedimiento, nadie en su sano juicio lo defendería.

¿Cuál es su origen histórico? En la Antigua Roma el hijo era portio viscerum matris (parte de las vísceras de la madre), pero el padre tenía patria potestas. Si la mujer abortaba sin permiso del marido, se la castigaba porque le estaba robando su descendencia. Aunque esta concepción cambia con el cristianismo, que aboga por la protección ontológica del niño, como don de Dios.

Para el origen del aborto moderno debemos acudir a finales del XIX, con autores como Thomas Malthus y su idea de la «superpoblación», y para remediar este peligro el aborto era visto como una herramienta de «higiene social». Es Margaret Sanger cuando funda Planned Parenthood la que promueve el control de natalidad para eliminar a los «no aptos». Este aborto no es humanista, no es garantista de derechos, sino utilitarista. El origen del aborto moderno es la eliminación de hijos que carecían de utilidad.

Y aquí entra el punto donde la biología se une a la política: Mayo del 68 y la Sentencia Roe v. Wade de 1973. El eslogan «nosotras parimos, nosotras decidimos» como forma de liberación sexual, «mon corps est à moi» (mi cuerpo es mío). Es la separación y ruptura total entre sexo y procreación.

Y me pregunto, ¿dónde queda el padre en todo este desarrollo? El nosotras parimos se olvida de dónde viene el niño, de otra voluntad: la del padre. El hijo es fruto de dos voluntades que se unen: una madre y un padre. Cuando se habla de igualdad se destruye toda posibilidad si en lo más básico no se alcanza: la vida. El origen de la sociedad es la familia, que nace de la procreación, y destruir el acto más sagrado de colaboración del hombre con Dios es acabar con todo.

El ejercicio del aborto, su justificación jurídica

Para ejercer el aborto debe haber unos procedimientos a seguir, y en un Estado de Derecho debe hacerse según la ley. Es cierto que en muchos otros países es ilegal y se hace sin reconocimiento jurídico y con persecución más o menos severa del delito, pero aquí analizamos el caso español.

La primera vez que se recoge el aborto en nuestra historia reciente, más allá del caso breve y parcial de la segunda república, fue con la sentencia 53/1985 del Tribunal Constitucional que posibilitó el cambio del Código Penal para despenalizar el aborto en determinadas circunstancias. Veamos esta sentencia tan triste que afirma: «La vida del nasciturus, en cuanto que este es un devenir, una vida que se desarrolla en el seno materno, pero que no se confunde con la de la madre, es un bien jurídico cuya protección encuentra fundamento constitucional». Parte reconociendo la realidad de que es una vida distinta, un tercero, y que su protección tiene fundamento constitucional, pero esto es desplazado, ¿por qué? Por la madre, para evitar un conflicto mayor. Concluye el tribunal, «La despenalización no significa que el aborto sea un derecho, sino que en ciertos casos de conflicto extremo, el legislador puede renunciar a la sanción penal.».

Después de esta sentencia en la que se reconoce que el hijo es un tercero que proteger, que el Estado debe defender la vida y que desmiente que el aborto sea un derecho, falla a favor de su despenalización. Y me pregunto, ¿desde cuándo para evitar un sufrimiento a un ciudadano se elimina el derecho de su existencia a otro?

El gran olvidado: el padre.

Ya hemos visto que el aborto es la eliminación de un feto, un genoma único y distinto de la madre, ¿de dónde procede la otra mitad del mapa genético que la ley y la ideología olvidan? Es la victoria de la locura, algo que es de tres (madre, padre e hijo) se ha convertido en un monólogo destructor de una parte. La democracia es la elección de la mayoría, pero aquí se promueve la dictadura de la voluntad de una parte. Se le ha expulsado al padre del origen de la vida y de cualquier tipo de decisión sobre su hijo. Pero no se puede negar la biología, el niño no puede nacer con exclusiva decisión de la madre, ni en los casos de fecundación in vitro de «donantes anónimos», siempre debe haber un varón y una mujer en el origen de la vida humana. El hijo no es un órgano de la madre, sino un ser humano cuya existencia es testimonio vivo de la coautoría.

Jurídicamente es un absoluto desastre. Hay una contradicción flagrante que hiere el sentido común y la razón de cualquier persona con un mínimo de inteligencia. Al padre, varón, se le exige una corresponsabilidad total si el niño nace: pensiones de alimentos, deberes de cuidado y responsabilidades legales por décadas. Pero en el momento vital más importante, su continuidad, el padre es un fantasma, un completo ausente.

Un padre no tiene legitimación activa ninguna para poder salvar a su hijo. Si alguien acude al juzgado para pedir medidas cautelares para salvar la vida de su hijo, sería inadmitido. La ley obliga a ser responsable de la vida, pero le prohíbe ser su defensor. En resumen, la ley dice «a pagar y a callar», es la castración civil de la paternidad.

La ley del aborto es la máxima expresión de la injusticia, la voluntad del padre que por naturaleza debería estar orientada a la protección de sus hijos, es completamente anulada por el Estado. Esto es lo que pasa cuando la ley se escapa y huye de su fundamento: la verdad. Y cuando actúa en contra de la razón la ley se vuelve una anti-ley.

Si un padre acude a un abortorio a evitar el asesinato de su hijo no puede expresar ni una sola palabra en contra, pues podría ser interpretado como un delito de coacciones y amenazas o de acoso, no puede impedir el libre ejercicio del derecho de la madre a matar a su hijo. Las clínicas abortistas tienen protocolos para evitar cualquier medida de sana coacción, de negativa incluso velada. Su papel es el de mero espectador, no se le pregunta ni se le respeta.

Hoy, el Estado actúa como un Herodes administrativo que no necesita soldados, sino burocracia y clínicas, para eliminar al niño. Y ante ese Herodes, el sistema impide que existan «Josés» que protejan a los más pequeños. El grito del padre es el grito de aquel que quiere cumplir con su deber de protección y se encuentra con el muro de un Estado que le dice: «Tú aquí no eres nadie».

Digamos con fuerza: sin padre no hay familia, y sin familia no hay sociedad. El Estado se ha convertido en la defensa de la anti-ley, pero no temamos «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae» (Luc. XI, 17). Es cuestión de coraje y tiempo que las conciencias despierten para defender la verdad, no guardemos silencio.

 



[1] https://dpej.rae.es/lema/aborto

[2] Diccionario de Términos Médicos, Real Academia Nacional de Medicina de España. Ed. Panamericana

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