Cada Semana Santa es, por supuesto, irrepetible. Y, por lo tanto, debe vivirse siempre como si fuese la primera, la única y la última. Llamada, con razón, «la Semana mayor de la Cristiandad» (aunque vale preguntarse si queda algo, hoy, en algún lado, de «Cristiandad»); en ella Dios, con su pedagogía, nos hace trepar, gradualmente, a la Cruz. Y, de ahí a la Luz.
Para nosotros, sacerdotes, son éstos los días más exigentes del año. Y cada uno de ellos tiene, por sus celebraciones y símbolos, un particular acento de eternidad. Son jornadas en las que nos sentimos, de modo particular, entre el Cielo y la tierra; arrebatados hasta las más altas moradas divinas, y aterrizados, de golpe, por las múltiples labores… Sí, no damos abasto con todos los preparativos y apostolados. Y, por supuesto, terminamos felizmente extenuados por tantas horas de confesiones, acciones litúrgicas y armado y desarmado de todo lo necesario… Siempre es bueno recordarnos, de cualquier modo, que el verdadero descanso vendrá, si Dios quiere, en el Cielo.
El Jueves Santo, en el comienzo del Sacro Triduo, vivimos con felicidad la institución del Sacerdocio y la Eucaristía. Sí, muy especialmente, también nos vemos nosotros recostados, como San Juan, en la Última Cena, sobre el Sagrado Corazón de Jesús. Y le pedimos que haga nuestro corazón semejante al Suyo. Y que siempre nos llene de gratitud ante cada Misa dignamente rezada.
Comencé este Jueves Santo, tempranísimo, como cada día, en el templo. En las primeras oraciones de la jornada, le pedí especialmente a Dios por todas las almas que hoy pondría en mi camino. Y le agradecí al Señor de los Ejércitos, por vivir, este 2 de Abril, el 44° aniversario del comienzo de la Gesta de Malvinas; en aquel memorable desembarco de 1982. Y, por supuesto, le manifesté mi gratitud a Dios porque –como bien se afirma- «Malvinas fue la última carga de la caballería hispano – católica contra el Nuevo Orden Mundial». Y por la fe de nuestros soldados que nada se guardaron por Dios y por la Patria. Y por los 21 sacerdotes –algunos voluntarios- que participaron en aquella Operación Virgen del Rosario. Y que durante 74 históricos días nutrieron a nuestros héroes con el Santísimo Sacramento del Altar; que, para algunos, constituyó el Santo Viático.
Y recordé, así, a uno de esos capellanes, Monseñor Roque Puyelli, que sirvió en la gloriosa Fuerza Aérea Argentina; y que fue para mí un gran apoyo, en mi camino al Sacerdocio. Y, también, al padre Domingo Renaudiere de Paulis –al que conocí, en su ancianidad, en Buenos Aires-; quien fue a la Gesta como voluntario, y que en su «Diario de Malvinas», nos dejó una invaluable pieza de doctrina cristiana. En el que afirma, por ejemplo, que «no sólo la guerra defensiva es justa sino la misma guerra ofensiva. Santo Tomás no habla de la justa guerra sólo como defensiva, sino como toda forma de guerra, tanto ofensiva como defensiva; por otra parte, en toda guerra, hay aspectos ofensivos y otros defensivos… Ésta es la guerra justa contra la paz injusta. Ésta es la lucha sagrada».
Y en otro párrafo de aquellas geniales páginas, nos muestra toda su esencia de sacerdote y soldado. Así, el 21 de mayo de 1982, escribió: «He terminado de decir mi Misa Santa; el Altar es mi campo de batalla. Ya se lucha detrás de estas colinas y monte. La flota rodea el Archipiélago. Se lucha en la batalla sagrada. Yo he luchado con el Ángel en la Misa Santa. Y he vencido».
Y recordé, asimismo, que el 2 de Abril de 2005, nos dejó San Juan Pablo II. Y que él marcó, sin duda, en buena medida, mi vocación sacerdotal. Y cómo en las horas difíciles, el evocarlo con la estola puesta hasta el fin, en medio de los múltiples sufrimientos por sus enfermedades y la situación de la Iglesia, me colma de renovadas fuerzas por el «buen combate» (2 Tm 4, 7). En aquel 2005 yo estaba en mi segundo año de Seminario; y me tocó, como seminarista, doblar las campanas en la parroquia Santa Lucía, de Palermo (Buenos Aires), para anunciar la infausta noticia.
¿Qué me deparará, además de lo previsto, este nuevo Jueves Santo?», me pregunté mientras iba hacia el hospital. Al llegar allí el Señor puso en mi camino a Juan; un joven y brillante infectólogo, que se muestra, sin disimulos, como católico.
- ¡Que tengas un Jueves Santo lleno de regalos del Cielo, Juan! ¡Y gracias por tu testimonio! Aquí te dejo de regalo un Rosario que traje del Vaticano…
- ¡Muy amable, padre! Pero mejor déjelo para algún paciente.
- ¡Ante Dios todos somos pacientes, hijo! ¡Todos somos enfermos en sanación; pecadores en conversión…!
Bendición, abrazo de despedida, y un anticipado «¡Feliz Pascua!»; por si no volvíamos a cruzarnos antes del Domingo. Luego de mi habitual recorrida por el centro de salud, al ganar la calle, Dios puso en mi camino otra gran sorpresa.
En una esquina, vendiendo los pancitos que elabora con sus propias manos, me encontré con Martín; un humilde trabajador, muy piadoso, que muestra con alegría su fe. Y que jamás mezquina una sonrisa para sus interlocutores.
- ¡Padre! ¡Me puede dar su bendición! Ahora, cuando termine de trabajar, me voy para la parroquia. ¡Soy uno de los elegidos para el lavatorio de los pies! ¡Tengo una emoción muy grande! ¡Cómo nos sana el Señor de todos nuestros pecados!
Lo bendije, lo felicité por su laboriosidad y perseverancia. Y, sobre todo, por su valentía de ser católico «que –como bien sabes, Martín- es lo mejor que nos pasó en la vida. Estar en la única religión verdadera; en la Iglesia que fundó Cristo nos debe hacer estallar el corazón de felicidad…».
Abrazo de despedida, nuevos saludos anticipados por la Pascua, y deseos de un pronto rencuentro. En la partida me quedé mirando los pancitos de Martín. «¿Qué forma habrán tenido los de la Última Cena?», pensé. Y, meditando en ello, fui a la parroquia a prepararme para la Misa vespertina de la Cena del Señor. En un par de horas más, mis manos sacerdotales harán bajar a Cristo, nuevamente, sobre el Altar. Y lleno de emoción por haber tenido sacerdotes como los padres Puyelli y Renaudiere de Paulis; y tantos otros –como los beneméritos Padres Bayoneses, de mi niñez y adolescencia rosarinas-, que forjaron nuestro corazón católico y argentino, recordé lo que cantamos en «Cristo Jesús»; el bello canto que nos acompaña desde nuestra infancia: «¡Haz que, por Ti, la patria en que vivimos sea un anuncio de la Celestial!». Y mientras una lágrima buscaba abrirse camino por mi mejilla, alcé los ojos al Cielo. ¡Gracias, Señor, por permitirnos elegir la mejor parte, que no nos será quitada! (cf. Lc 10, 42).
+ Pater Christian Viña.
La Plata, 2 de Abril de 2026.
Jueves Santo.
A 44 años del comienzo de la Gesta de Malvinas








