¡El Señor te llamó a su encuentro, querido Vittorio, el Viernes Santo!
Vittorio Messori

¡El Señor te llamó a su encuentro, querido Vittorio, el Viernes Santo!

Dios que, por supuesto, está en todos sus detalles, quiso llamar a su encuentro al querido y admirado Vittorio Messori, en este Viernes Santo. ¿Coincidencia? Por supuesto que no. En el Señor todo es Providencia. Una vida fiel, generosamente entregada a Cristo y su amadísima Iglesia, bien valía tener esta «fecha de vencimiento». Que remarca, claro está, el sentido de todo dolor y sacrificio asociado a la Cruz. A horas, nada más, del Domingo de Pascua.

En este Sábado Santo, en que los sacerdotes no damos abasto en la atención de confesiones, y los preparativos para la Vigilia Pascual, dudé en escribir este artículo. ¡Imposible hacerme tiempo! Pero, periodista al fin, no pude con mi genio... No quise demorar mi homenaje al destacadísimo colega que, en las últimas décadas, me honró con su amistad.

Leí su gran libro «Informe sobre la Fe», de 1984, de entrevista al entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en 1999. Fue, también ello, obra de la Providencia. En aquellos días, luego de mi conversión, participaba junto a otros muchachos en la «Noche de la Caridad»; un apostolado consistente en llevar la Palabra de Dios, y algo de comida caliente para los pobres más pobres, que habitan en las calles de Buenos Aires. Un día, luego de compartir un intenso diálogo con uno de esos hermanos, gravemente enfermo, me encontré entre la basura con un ejemplar del mismo. Obviamente, lo llevé; y, literalmente, «me lo devoré», como decimos en Argentina. Por entonces, ya participaba activamente en distintas obras de evangelización, aunque, aún, no había sentido, con fuerza, el llamado al Sacerdocio; que volvió, después de varios años, con la decisión de mi primera infancia rosarina.

Sus páginas me conmovieron. Comprobar la lucidez y el coraje del entonces Cardenal Joseph Ratzinger -luego Papa Benedicto XVI-, y su claro diagnóstico de la deriva progresista posconciliar, me enfrentaron a preguntas decisivas: ¿Estoy llamado a ser parte de la solución o del problema? ¿Tendré yo, también, la valentía de ponerme la Iglesia al hombro, y de anunciar sin descuentos, ni ideologías, a Jesucristo?

Cinco años después, ya en el Seminario, y luego de haber leído otros trabajos del gran Vittorio, comencé con él un intercambio epistolar. Se sorprendió de que otro colega, desde Argentina, le hiciera llegar su reconocimiento. En un gremio como el nuestro, tan plagado de envidias, las palabras de elogio a otro periodista, no suelen abundar; y, cuando aparecen, en no pocos casos, solo responden a meras conveniencias mundanas... Más se sorprendió, de cualquier modo, de que hubiese ingresado al Seminario, con 43 años... Y, ahí nomás, me dio una serie de consejos que jamás olvidaré.

Con recato y discreción me hizo conocer, en distintos momentos, los altos precios que tuvo que pagar por ser fiel y consecuente hijo de la Iglesia. Sin ponerse en víctima, pero con el peor de todos los dolores -que viene siempre de los más cercanos-, me fue narrando algunas de las múltiples pruebas que debió atravesar. Estoy seguro de que muchísimas de ellas las llevó a su tumba. Y habrán quedado, también, en el sigilo absoluto de la Confesión; con el Señor y su sacerdote como silentes testigos.

Supe, así, de las amenazas de muerte que recibió por «Informe sobre la Fe». Y cómo varios «colegas» de entre los llamados «vaticanistas» (periodistas acreditados ante la Santa Sede) dejaron de hablarle, y le hicieron sentir todo su desprecio. Y cómo, también, perdió trabajos; y nunca lo llamaron de otros posibles empleos. Y cómo, igualmente, padeció «cancelaciones editoriales», por la presión del progresismo. Lejos de debilitarlo, todo ello aumentó su fe, fortaleció su esperanza, y enriqueció su caridad. Todos los males sufridos, lo confirmaron en su valiente entrega al Bien Supremo.

Particularmente cercano estuvo conmigo a finales de 2008; cuando, sin motivos morales ni vocacionales, sino por cuestiones «de estilo» y formas exteriores, fui expulsado del Seminario Metropolitano de Buenos Aires. Sus palabras de aliento quedarán en mi memoria para siempre: «Coraje y más coraje, caro Christian. El Señor, que te llamó, te mostrará dónde seguir en tu camino al Sacerdocio. Conserva siempre esa alegría y ese entusiasmo que muestras en todo momento». Poco tiempo después, el entonces arzobispo de La Plata, Monseñor Héctor Aguer, me invitó a la diócesis. Y, por gracia de Dios, fui ordenado Sacerdote el 30 de noviembre de 2012.

Su estilo claro y sencillo; su ortodoxia de fondo, y su realismo sin escepticismo, le confirieron a todos sus libros y artículos, un valor extraordinario; en tiempos bien recios... Jamás se dejó vencer por el desaliento, ni permitió justificarse, cómodamente, a la hora de nuevos emprendimientos. Sabía, con humildad pero, también, con absoluta certeza, que podía escribir sin miedo a ser «misericordiado». Y que jamás lograrían echarlo de su trinchera. Hasta el fin, incluso con las enfermedades y achaques propios de la edad, fue bien probado. Nunca desperdició oportunidades, de cualquier modo, de dirigir su mirada a lo alto, y de mostrar la Victoria definitiva del Señor.

Sí, su muerte -aunque sea una frase muy repetida en las necrológicas- «deja un gran vacío». Pero más allá de él deja una posta. Porque, gracias a Dios, se multiplican aquí y allá los jóvenes periodistas, escritores, apologetas y ahora, también, los «influencers» que, sin ningún tipo de temores; sin andar pidiendo perdón, ni permiso, inundan los distintos medios con el mensaje salvífico del Señor. No pocos de ellos conocieron la fe, o volvieron a ella, gracias a los siempre beligerantes -por el «buen combate» (2 Tm 4, 7)-, escritos de Vittorio. Dios siempre escribe derecho, en renglones torcidos...

¡Gracias, Señor, por el regalo de su vida! Y a ti, caro Vittorio, mi gratitud de todos los tiempos. Ofreceré la Santa Misa de este Domingo de Pascua, en sufragio de tu alma. Para que, cuando llegues a la Bienaventuranza eterna, cara a cara con la Buena Noticia, le pidas, también, por nosotros. Para que podamos anunciar siempre, con creciente valentía, la Cruz del Viernes Santo; con su «ubicación transitoria». Y que, en todo momento, con los ángeles, podamos dar la mejor de todas las Noticias: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5, 6).

 

+ Pater Christian Viña

La Plata, 4 de abril de 2026.
Sábado Santo. -

 

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