Toda guerra necesita un lenguaje que la legitime. La escalada en Oriente Próximo ya lo tiene: la apelación a los supuestos valores «judeocristianos» de Occidente, repetida con insistencia por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, cuyo entusiasmo por el alineamiento europeo con Israel parece crecer al mismo ritmo que el conflicto.
El problema es que esa «tradición judeocristiana» es, por emplear una expresión de Gustavo Bueno, una hipóstasis: una abstracción ideológica convertida retrospectivamente en mito histórico.
Porque ni los Padres de la Iglesia, ni los grandes teólogos medievales, ni los pensadores de la Cristiandad moderna describieron jamás la civilización cristiana como «judeocristiana».
Esto, por supuesto, no significaba negar el origen judío de la fe cristiana. Jesús y los apóstoles eran judíos, y las Escrituras cristianas incluyen el Antiguo Testamento, la Antigua Alianza. Pero la Nueva Alianza definió el cristianismo precisamente en contraste con el judaísmo. Y el judaísmo posterior a Cristo fue universalmente entendido como lo que realmente fue: una tradición separada que había rechazado, y de manera muy «expresa», a Dios hecho hombre.
Según el paradigma teológico clásico, el cristianismo cumple las promesas del Antiguo Testamento, la Iglesia es el nuevo Israel y el judaísmo rabínico que pervivió queda teológicamente superado. Desde el minuto cero del cristianismo los Padres distinguieron claramente entre el Israel bíblico y el judaísmo posterior. El propio término «Sión» cambió de significado. El Sion al que se refieren los Salmos –la ciudad santa, la figura espiritual del pueblo redimido por Dios– no es el Sion del sionismo moderno, que bien mirado, en muchos aspectos, es su exacta contrafigura.
Desde la teología cristiana clásica la explicación es sencilla: quienes no son hijos de Cristo no son herederos de Abraham. San Pablo ya lo había formulado con claridad: «no todos los descendientes de Israel son Israel» (Rm 9,6). La filiación abrahámica no es una cuestión biológica, sino teológica. Como repetirán después los Padres de la Iglesia, hijos de Abraham no son simplemente quienes descienden de su sangre, sino quienes participan de su fe. Y san Agustín –siempre hay que acudir al santo de Hipona– lo dijo con su inspiración incontestable: no todos los nacidos de Abraham son hijos de Abraham, sino aquellos que imitan su fe. Y esa fe, para el cristianismo, tiene un nombre propio: Jesucristo. También en época reciente Benedicto XVI recordó la misma verdad al explicar que la promesa hecha a Abraham alcanza su cumplimiento definitivo en Cristo y en el nuevo pueblo de Dios que nace de Él.
En este marco conceptual la expresión «judeocristiano» carecía de sentido.
Hablar de Occidente, de Europa, era hablar de civilización cristiana, esto es, de Cristiandad (Christianitas), un concepto que designaba una comunidad religiosa y política –Iglesia y Estado unidos sin confusión, separados sin división– y cuanto podamos entender por cultura europea. Por eso los pensadores cristianos nunca hablaron de una civilización compartida.
Cuando hoy se habla de «civilización judeocristiana», por tanto, se utiliza un concepto que no formaba parte del vocabulario histórico de la Cristiandad. En el mejor de los casos el judaísmo podía aparecer como una religión verdadera en su origen, pero «incompleta» tras Cristo, que es como la define santo Tomás de Aquino.
Tampoco cambió el paradigma tras el Renacimiento. Entre los siglos XVI y XVIII, los pensadores hablan de religión cristiana, de civilización cristiana o de Europa cristiana, pero en ningún caso de una tradición judeocristiana compartida. Bossuet, en su Discurso sobre la historia universal, interpreta la historia de Europa como el despliegue providencial del cristianismo. Giambattista Vico, al estudiar los fundamentos de las naciones europeas, remite su origen moral al cristianismo. Edmund Burke, al defender el orden social tradicional frente a la Revolución francesa, insiste en que la civilización europea se sostiene sobre instituciones cristianas. Incluso cuando estos autores discuten sobre política o cultura, el presupuesto moral compartido es que el cristianismo constituye el fundamento de la civilización occidental. El judaísmo estaba presente en Europa, pero no formaba parte del concepto de Cristiandad.
El término «judeocristiano» apareció en el siglo XIX dentro del ámbito académico. Fue el teólogo alemán Ferdinand Christian Baur quien lo acuñó en la década de 1830, pero como categoría historiográfica para referirse a una corriente del cristianismo primitivo en tensión con el cristianismo paulino, es decir, con un significado muy distinto del actual.
Su uso cultural y civilizatorio se produjo en el siglo XX, entre los años 1930 y 1950, y fue como reacción contra el antisemitismo nazi. En ese periodo, el término adquirió un nuevo significado para alimentar la idea de una tradición moral compartida por judíos y cristianos.
El siguiente paso se dio en Estados Unidos. Durante la Guerra Fría el concepto se convirtió en un instrumento ideológico muy útil, pues frente al comunismo ateo, el bloque occidental se definía como religioso y heredero de la Biblia.
Pero en la conformación de este nuevo bloque se deslizó una peligrosa idea «ecuménica»: hablar de valores judeocristianos permitía unir en un mismo discurso protestantes, católicos y judíos, sacrificando la religión cristiana en las aras de esa religión universal tan grata a la masonería que nutrió a los padres fundadores de Estados Unidos.
La categoría «judeocristiana» es, por lo dicho, además de una simplificación histórica que oculta siglos de conflictos entre judíos y cristianos –incluyendo nada menos que la acusación tradicional de «pueblo deicida»– una reinterpretación moderna de la tradición occidental, elaborada expresamente como herramienta de instrumentalización política.
En el ámbito norteamericano, el judaísmo sionista ha sido probablemente el más interesado en extender la especie de esa unión judeocristiana. No es difícil entender por qué: presentar a Israel como heredero natural de la civilización occidental refuerza su legitimidad política y cultural ante las sociedades cristianas.
Pero la distancia entre ambas tradiciones es mucho mayor de lo que sugiere esa fórmula.
La moral judía tradicional y la moral cristiana, por ejemplo, no podrían estar más alejadas. El cristianismo introduce una revolución moral sin precedentes en la historia religiosa: la superación de la ley del talión por el mandamiento del amor. «Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente; pero yo os digo: amad a vuestros enemigos», dice Cristo en el Sermón de la Montaña. El cristianismo universaliza la caridad y rompe la lógica tribal que había caracterizado a muchas religiones antiguas.
Incluso el gran eslogan político del Estado de Israel –ser «la única democracia de la región»– debería levantar sospechas entre los cristianos. La tradición política cristiana nunca se identificó plenamente con el modelo democrático moderno. Su fórmula clásica, como se ha dicho, era otra: Iglesia y Estado unidos sin confusión, separados sin división. Y esa fórmula está tan alejada de la confusión de la teocracia, que elimina la libertad de conciencia, como de la división del laicismo moderno, donde la ética religiosa es expulsada de la esfera pública.
Por eso la cuestión no es meramente terminológica. Está en el centro del debate contemporáneo sobre las raíces de Europa, cerrado en falso.
Pero también resulta crucial para comprender algo más inquietante: cómo determinados «pactos de familia» pueden convertirse en trampas mortales.
La historia europea ofrece ejemplos elocuentes. Los llamados pactos de familia entre los Borbones españoles y franceses arrastraron a España a guerras que beneficiaban sobre todo a Francia. Durante décadas España se desangró en conflictos ajenos para sostener intereses dinásticos que no eran los suyos. Y cuando finalmente aquella sangría terminó, fue precisamente Francia la que invadió España.
Algo semejante podría ocurrirle a Europa si olvida cuáles son sus verdaderas raíces.
Porque una civilización que deja de saber quién es acaba pereciendo, luchando siempre en las guerras de otros.







